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Luis Miguel

Por qué no vuelvo a pagar para ver a Luis Miguel en concierto

Tras treinta años de seguir puntualmente la carrera del cantante, asistí al concierto del domingo en Miami. A diferencia de otras ocasiones, nada resultó como lo tenía pensado.
24 Jun 2019 – 5:48 PM EDT

He visto a Luis Miguel en concierto en diez ocasiones en un lapso de 29 años, la última el domingo pasado en su presentación en el American Airlines Arena de Miami.

Y nunca antes había sentido estas ganas irremediables de no volver.

El artista inició su concierto 137 de 150 que planea llevar a cabo en 79 ciudades y 15 países como parte de la gira ‘México por siempre Tour’ vistiendo un formal traje oscuro, con corbata y camisa de mancuernillas que, como es su costumbre, abotona y desabotona casi frenéticamente.

Abrió -como siempre- con un retraso de una hora. Un detalle que se olvida apenas se oyen los poderosos metales y su famosa silueta oscura se perfila sobre un fondo blanco en la monumental pantalla que cubre el escenario. Las trompetas se sintonizaron con sus calculados gestos teatrales en la apertura de ‘Si te vas’.

Hasta ahí parecía que no había nada que temer.

Sin embargo, apenas empezó a cantar algo distinto sucedió. O más bien, sucedió eso que últimamente se vuelve viral en redes sociales y acapara los titulares: Luis Miguel no está en su mejor forma, tiene cincuenta años y se le notan todos... y eso no se le perdona.

El auditorio frío, con la parte superior cerrada y algunas butacas vacías, revelaba que esta presentación no había sido un 'sold out' como la de cualquier reggaetonero de paso.

Lo que tenía enfrente no era aquel Luis Miguel que durante décadas había dado conciertos llenos a reventar exigiendo perfección a su 'crew', revisando obsesivamente cada detalle, concentrado más en la música que en convivir con su público. Ya no es aquel todopoderoso que se tocaba el pelo, entrecerraba los ojos y sonreía de lado a la megapantalla ocasionando que su público fuera arrastrado por el frenesí.

Era él pero ahora con dificultad para encender el escenario con una energía menguante, sin esa capacidad innata de levantar pasiones. Lo de ahora era un artista consagrado peleando con problemas de audio y gesticulando de forma desarticulada.

Durante toda la primera parte del concierto, esa maldita pantalla que él había usado estratégicamente por años para hacernos enamorar de sus gestos de macho alfa, estaba convirtiéndose en su peor enemiga. Ahora resaltaba el pelo pajizo obtenido en laboratorio y la mirada ligeramente perdida al cantar. Dejaba ver la lengua que sorprendentemente le jugaba trampas para entonar los versos más complejos de baladas como ‘Un hombre busca una mujer’ y ‘Oro de ley’. Sobre todo, nos mostraba a un hombre de mediana edad con un sex-appeal gastado y una evidente dificultad aeróbica para realizar esos famosos saltos (que alguna vez resultaron eróticos) en los que se ajustaba la entrepierna del pantalón.

Luis Miguel: esta es su vida en fotos

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La decepción

Empecé a sentirme incómoda. Luis Miguel estaba dejando que empezara a mirarle los defectos. Una sutileza que no me había permitido en más de 30 años de fanatismo light.

Me senté en mi butaca decepcionada.

Lo que tenía enfrente ahora era a este Luis Miguel, tan leyenda como siempre, pero más parecido a Julio Iglesias que a Chayanne. Rodeado de una audiencia que rondaba(mos) seguramente la misma edad y que, entre tacones y maquillaje, habíamos hecho esa noche el mismo esfuerzo que el cantante para fingir una juventud que se nos escapa de las manos y que delata los excesos cometidos en el camino.

No habían pasado 40 minutos de concierto cuando hice mi primera sentencia. “No vuelvo a pagar por verlo”, dije convencida de que mi asiento privilegiado en la fila 17 no valía el costo de mirar cómo se derrumbaba frente a mí el ídolo construido -melodía tras melodía- en todos estos años.

Por fortuna, para todos, llegó el mariachi. Las trompetas, los sombreros y sus figuras en contraste frente a una monumental bandera mexicana apelaron a los sentimientos nacionalistas más profundos. Como para olvidarnos de lo que estábamos viendo.

Con chaleco y camisa abierta, Luis Miguel apareció otra vez. El pecho al aire ya no se parecía a aquel que solía presumir a bordo de su yate pero que igual se henchía para entonar ‘La Bikina’, ‘La fiesta del mariachi’ y ‘México en la piel’. Milagrosamente la voz había mejorado. Entonó esas canciones que nos hacen perdonarle los defectos por puro amor patriótico. Incluso hubo un gesto de esos que solo en pocas ocasiones suceden: cantó ‘De qué manera te olvido’, el éxito de Vicente Fernández.

Luego llegó también un piano y la interpretación de boleros como ‘La barca’ y ‘La mentira’. Sentado en un banco frente al público interpretó un nuevo set de juegos vocales con ese tono que solo los prodigiosos con su voz pueden lograr, aunque más para sí mismo que para una audiencia que aplaudió poco.

Hubo incluso un regalo para reivindicar a los fans de siempre: ‘Decídete’, ‘Isabel’ y ‘Muchachos de hoy’, canciones pensadas para los que hemos estado ahí mucho antes del Luis Miguel del diminuto vestido de baño blanco en una playa de Acapulco que una vez conquistó al mundo entero.

Llegó la segunda sentencia. De seguir así, a Luis Miguel lo podía seguir oyendo en Spotify, viendo en YouTube y quedar bien servida.

Dos horas después, sin mayor emoción y faltando su tema clave ‘Será que no me amas’, el cantante se despidió. Entregó flores inclinado hacia las asistentes de la primera fila mientras su guardaespaldas lo detenía de la pretina del pantalón. Las fanáticas más acérrimas aplaudían agradecidas, los otros asistentes se retiraron sin exigir “otra”.

Lo que quedaba en el escenario eran restos del Luis Miguel de siempre que no pensaba disculparse por las fallas del concierto. Con la misma sonrisa calculada, con la misma soberbia que lo había hecho famoso. Pero aunque ahora ya no era un dios, no iba a bajar la cabeza si nunca antes lo había hecho.

Treinta años después, yo seguía admirando el trabajo de Luis Miguel pero no su ejecución. La balanza se había inclinado peligrosamente. Me gustó, pero no me bastó.

El encuentro

A la salida de la sala de conciertos, un río de mujeres de mediana edad nos retirábamos tarareando las memorias de tres décadas de amores, desengaños y lágrimas derramadas al ritmo de sus canciones.

Sin embargo, una barricada y unas cuantas fans fuera de las puertas del garage del auditorio nos dieron la esperanza de que esta noche algo podría ser distinto. Y lo fue.

De pronto, casi como una aparición, Luis Miguel salió de una de tres camionetas negras de vidrios oscuros. Bajó del auto, se abrió el abrigo, se quitó los guantes y se dirigió caminando despacio hacia las fans que gritaban enloquecidas. Era él. Miraba a cada una mientras les daba la mano. Sí, tenía 50 pero el magnetismo intacto de los 20.

El corazón me latió con una fuerza inusitada. Sentí que la piernas me temblaban, que hiperventilaba al tiempo que se acercaba peligrosamente a mí. Entre decenas le tomé la mano, la apretujé, forcejé con el guardaespaldas que intentó que lo soltara. Me miró. Era Luis Miguel de siempre y el de nunca.

Había tenido un gesto de humildad acercándose a quienes lo hemos mantenido durante décadas en la iconografía de los ídolos mexicanos. Sonrió, saludó y abrazó a más de una de nosotras. Había bajado de ese Olimpo en el que ha vivido estos años a pagar el peaje del amor incondicional.

El gesto (aunque probablemente movido por un interés de mercadeo, audiencia e imágen) me convenció de su veracidad y de que, en un año largo, estaré yo ahí otra vez, en la fila 17, aplaudiendo cada uno de sus calculados movimientos. Con boleto pagado.


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