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¿Por qué decimos malas palabras cuando sentimos dolor?

Publicado 15 Dic 2015 – 05:00 PM EST | Actualizado 5 Abr 2018 – 01:47 PM EDT
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Pocos eventos cotidianos propician improperios tan coloridos y contundentes como golpearse el dedo pequeño del pie con algún mueble. Algunas de las injurias más creativas probablemente se hayan ideado en contextos similares.

Pero, ¿por qué lo hacemos? ¿Qué ganamos con insultar a la pata de la mesa? El daño hecho está y, a decir verdad, quizás la culpa no sea tanto de la mesa por estar allí sino más de nosotros por no ver el obstáculo en el camino. Maldecir en estos casos parece ser algo casi instintivo y, de hecho, cumple una función.

¿Malas? palabras

Antes de entender para qué sirven, debemos entender cómo funcionan y en qué consisten las malas palabras.

Algo es claro: no todos tenemos el mismo concepto de «mala palabra», ¿o acaso nunca has horrorizado a una abuela con una palabra que a ti no te haría ni pestañear? El problema es que el concepto de «mala palabra» está muy ligado a lo emocional y el efecto que estas tienen sobre nosotros.

Varios estudios realizados sobre el acto de maldecir han concluido que los efectos de enunciar improperios son visibles en nuestros cerebros. Mientras que las sosas «buenas palabras» generan actividad en una pequeña porción de nuestro hemisferio izquierdo, las « palabrotas» encienden nuestra amígdala, un grupo de neuronas que se encarga en gran parte de procesar nuestras emociones. Queda claro que las «malas palabras» son mucho más que palabras: son también las emociones fuertes que estas nos hacen sentir.

¡Maldición!

El vínculo emocional con las malas palabras es tan importante que cuánto más las decimos y, por consiguiente, más más nos acostumbramos a escucharlas, pierden esta  carga emocional y se despojan del «malas» para pasar a ser simplemente «palabras». En otras palabras, si los usas demasiado, los insultos perderán su efecto.

Pero ¿cuál es este efecto del que hablamos? Para responder a esta pregunta, deberemos volver al escenario del comienzo del artículo. Cuando maldecimos porque nos golpeamos el pie con una mesa, ¿por qué estamos respondiendo de esa manera? ¿Se debe al enojo por no haber visto la mesa? No, probablemente, se debe al fuerte e inmediato dolor que sentimos.

Al sentir ese dolor, es perfectamente normal que respondamos con improperios, ya que los expertos han demostrado que maldecir nos ayuda a lidiar con el dolor. Parece que las malas palabras no son tan «malas» después de todo.

Uno de los famosos estudios que ayudaron a llegar a esta conclusión fue llevado a cabo por profesores un tanto sádicos y con ganas de ver sufrir a sus estudiantes. A estos últimos los invitaron a colocar una mano en agua fría, muy fría. Tanto, que al poco tiempo los estudiantes comenzaron a sentir dolor, pero a la mitad se les pidió que mantuvieran su lenguaje en un rango apropiado para todo público, mientras que al otro le fue permitido maldecir con total libertad.

¿Adivina qué grupo aguantó más tiempo? Maldecir, después de todo, no es tan malo, así que, si quieres sentir menos dolor, la próxima vez que tu torpeza ataque, deja que los improperios fluyan.

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