null: nullpx

Marcha por “la familia”: ¿quién piensa en los niños?

Ante un atónito sector liberal de la sociedad mexicana, el Frente Nacional por la Familia para Defensa del Matrimonio y los Niños realiza una marcha en contra del matrimonio igualitario y el derecho a la adopción de parejas homosexuales en el país. ¿Dónde queda entonces el famoso amor al prójimo que predicaba Cristo?
Opinión
Narrador, periodista y crítico cinematográfico. Nació y creció en la Ciudad de México, se le puede encontrar habitualmente viendo películas (o hablando de ellas), aunque la cantidad de temas que le interesan son demasiados como para abarcar un solo renglón. Tiene una gata adoptiva y padece de insomnio. Le encanta escuchar historias para contarlas después.
2016-09-10T19:31:41-04:00

Cuando yo era niño, encontré la palabra “homosexual” en un artículo periodístico, en un contexto científico: era 1981 y la epidemia del SIDA apenas aparecía. Yo tenía siete años. Le pregunté a mi abuelo paterno qué significaba la palabra; a qué se refería.

En lugar de decirme una mentira —por blanca que ésta fuera—, algo que suele ser muy común incluso todavía, el viejo me dijo que tal término se aplicaba a una persona que sentía atracción por alguien que era de su mismo sexo: hombre por hombre o mujer por mujer, pero que básicamente eran personas iguales a él o a mí, aunque también fueran distintas. “Todos somos personas diferentes”. En ese momento, la respuesta me bastó y aún ahora, tantos años después, me sigue pareciendo justa y suficiente.

No obstante, este no es un mundo ideal, y precisamente, como todos somos diferentes, habrá siempre alguien que piense distinto. Esto no tiene nada de malo… al menos hasta que la otra persona busca imponer su pensamiento por encima del tuyo, atropellándote de paso, con argumentos falsos y tretas publicitarias.

Nosotros, los 'otros'

Como un homosexual abiertamente reconocido, he visto con creciente horror cómo lo que comenzó como un disparate, se ha convertido en una potencial amenaza a mis derechos y libertades.

Aunque la Iglesia Católica oficialmente asegura que no se encuentra detrás del movimiento en México contra el matrimonio igualitario y la adopción gay (que ha convocado a movilizaciones en diversas ciudades de todo el país), los indicios señalan una intervención religiosa —basta oír los comentarios de prelados como el señor obispo Norberto Rivera Carrera que han demostrado una ignorancia, insensibilidad y oscurantismo que rayan en lo extraordinario— que imposibilita la discusión con miembros del movimiento, porque la situación ya carece de matices y queda en dos planos de percepción completamente distintos.

Algunos buscamos el diálogo, pero la masa se cierra ante lo que considera doctrina, mediante una conveniente (y muy personal) interpretación de lo que se conoce como las Sagradas Escrituras, que es completamente carente de empatía y de la ostensible caridad cristiana de la que tanto se habla y que aquí brilla por su ausencia.

Es como si por alguna paradoja temporal volviésemos al siglo XII. Ni las declaraciones del Papa Francisco desde el Vaticano (“¿quién soy yo para juzgar?”), ni la corriente del pensamiento de apertura valen para nada a la luz de los presentes acontecimientos.

Cualquier intento de diálogo por parte de nosotros, los otros, los que tenemos otros esquemas familiares como pueden ser el ser una persona sola, o una familia homoparental, o —¡dios nos libre!— una madre soltera, ha sido tomado como una amenaza directa y los blancos de esta obcecación son precisamente los niños, que aquí no tienen ni voz ni voto y que en vez de encontrar naturalidad en la diversidad —racial, ideológica o sexual, como fuera— están recibiendo y repitiendo un mensaje de odio y confusión que seguirá propagándose. Como si estuviésemos en un retroceso donde se les usa, en toda su inocencia, como un pretexto para justificar lo obtuso de otros, que son adultos y en cierta forma están abusando de ellos.

Con el falaz argumento de que no están discriminando a nadie y que solo ejercen su derecho a manifestarse para defender sus derechos (aunque sea buscando negar los que tantos años nos ha costado lograr a nosotros, los 'otros'), los manifestantes y sus portavoces, buscan minimizar el efecto negativo de lo que está aconteciendo. Yo me pregunto cuáles serán las consecuencias. Lo mismo, no sucede nada. Pero lo que me asusta, es que se le ha dado voz a grupos y personas que ahora verán bien la posibilidad de, en nombre de Los Niños o La Familia, denostar, agredir verbal, física o psicológicamente a otras personas, solo por el hecho de ser y/o pensar distinto. Ahora mismo hay familias enfrentadas por esto: padres contra hijos, hermanos contra hermanos. ¿Dónde queda entonces el famoso amor al prójimo que predicaba Cristo?

¿De dónde vino Frente Nacional por la Familia?

El pasado 17 de mayo, en el marco del Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto anunció una iniciativa para modificar el marco legal con el fin de garantizar el matrimonio igualitario entre adultos en todo el territorio nacional. En sus palabras, la medida nació “para que las personas puedan contraer matrimonio sin discriminación por motivos étnico, nacional, discapacidad, condición social, religión, género o preferencias sexuales”. Sus niveles de aceptación y popularidad, históricamente bajos, han servido a los detractores de esta enmienda para señalar la acción como una táctica política presidencial para congraciarse con 'la agenda homosexual', pues el matrimonio igualitario otorgaría a las parejas del mismo sexo un derecho más, contra el que se han manifestado desde hace décadas las corrientes políticas más conservadoras, representadas principalmente por el Partido Acción Nacional: el de adoptar niños.

El anuncio presidencial provocó una inusitada división en la sociedad civil: donde un sector aclama la medida que colocaría a México a la par de otros países del continente, como Estados Unidos, Uruguay, Argentina y Brasil, y otro amplio sector de la sociedad civil rechaza lo que considera un 'atentado contra la institución de la familia' y conforma, casi inmediatamente después del anuncio, el Frente Nacional por la Familia para Defensa del Matrimonio y los Niños, una asociación civil cuya principal filosofía es la defensa de la institución de la 'familia natural' y el matrimonio como unión única y exclusivamente de un hombre y una mujer.

Si bien en épocas anteriores las protestas encabezadas por otros movimientos tenían un carácter local y no alcanzaban mayor resonancia a nivel nacional en México, la era de las redes sociales — y un muy efectivo uso de ellas, con hashtags tales como #DefendamosLaFamilia #NoTeMetasConMisHijos y más — ha permitido que este movimiento surgido en mayo pasado, conformado por más de mil instituciones de la sociedad civil organizada que trabajan a favor de la Familia en todo el país, haya causado un impacto sin precedentes. Tanto, que la convocatoria que lanzó para marchar hoy en contra del matrimonio igualitario y del derecho a la adopción de parejas gay ha movilizado a simpatizantes en más de 15 ciudades de México.

En el marco de una sociedad como lo es la mexicana, que por décadas ha sostenido los 'valores familiares' como una de sus marcas de identidad, la realidad del #AmorEsAmor que convierte a las parejas del mismo sexo en parte de la institución familiar tradicional, impacta en muchos aspectos. La homofobia en México sigue presentando índices muy elevados (aunque no existan cifras definitivas se habla de que uno de cada tres homosexuales es objeto de algún tipo de discriminación por su orientación sexual , y el país ostenta un elevado número de crímenes por homofobia) y este verano, tras el surgimiento del FNF, la satanización ha ido al alza de un modo alarmante.

Utilizando la estratagema atribuida a Josef Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, que reza: “toda mentira repetida mil veces se termina convirtiendo en verdad”, el FNF ha recurrido a toda suerte de extravagantes argumentos para sustentar sus ataques mediáticos y la convocatoria a esta marcha, tales como: ' los niños adoptados por homosexuales sufren daños psicológicos', ' se les impondrá ideología de género', ' el matrimonio igualitario es una táctica para despoblar al país'(!), etcétera.

En otro momento, tales argumentos podrían ser descartados como mera superstición o ignorancia, pero lo terrible es la masa crítica que están consiguiendo para la marcha de hoy.

Desde luego que estoy de acuerdo con el derecho que tiene cualquiera para manifestarse. Lo que no quiero, es que su derecho pisotée o me arrebate los míos, ni siembre la discordia en mi familia. De ahí mi llamado, con su propio argumento, y con genuina preocupación que toca a muchas familias, incluyendo la propia: ¿alguien quiere pensar en los niños?


Ver también:


Publicidad