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Cuando Cuba era una aventura de escritores y bohemios

En vísperas de la histórica reunión Obama-Castro desempolvamos archivos. Además de una novela de espías, Cuba es un libro de aventuras.
21 Mar 2016 – 11:42 PM EDT

Hubo un tiempo en que Cuba era sinónimo de intriga, Guerra Fría y mucho sabor.

Ese coctel generó grandes obras maestras, tanto de espías como de aventuras y descontrol, cuyos protagonistas encontraron una encrucijada y debieron encarar su destino.

Los escritores llegaron ya...

El cliché del turismo literario del siglo XX dicta la obligada visita a los lugares de esparcimiento del escritor, periodista, pescador y bohemio Ernest Hemingway (1899-1961), que vivió durante 20 años en la isla y concibió su clásico El viejo y la mar en Cojímar, donde tenía anclado su yate.

Beberse la combinación de plátano y ron junto a la estatua que descansa en la barra de El Floridita, o unos mojitos en la Bodeguita del Medio o visitar La Finca Vigía, su casa-estudio en San Francisco de Paula son el must de las guías de lugar común.

Pero a los lectores exigentes siempre les quedará mejor el británico Graham Greene (1904-1991), quien supo combinar la intriga y la aventura en su obra, lo que casi lo lleva al Nobel.

Greene llegó a La Habana en 1957 y estaba lejos de imaginar que le serviría de escenario ideal para escribir la novela que lo consagraría. Ya había escrito Tren a Estambul (1932), El poder y la gloria (1940) y El tercer hombre (1950) y en la isla se inspiraría para crear Nuestro hombre en la Habana (1958). Aunque falló como periodista al intentar en vano entrevistar al líder revolucionario Fidel Castro, la crónica de los días de Greene en la isla ha sido compilada por los escritores locales y luego "sintetizada" en Nocturno en La Habana, la polémica obra de T. J. English.



A decir de los cronistas locales, Greene se sintió en Cuba tan libre de ataduras que cultivó con singular alegría su pasatiempo favorito: visitar burdeles como el de doña Marina. Todo un escándalo.

Ahogado en ron añejo, historias oscuras cundieron a su alrededor. Resulta que "nuestro hombre en La Habana" tenía sus formas de “levantarse” el ánimo tras una gran borrachera: inhalar cocaína. Una vez pidió a su taxista de confianza que le consiguiera un pase y éste le consiguió un sobre de bicarbonato. A los dos días, el taxista lo encontró y le devolvió el dinero disculpándose porque "a él también lo habían engañado". El escritor británico, heredero de un gran imperio de whiskey, solía contar esta anécdota "como ejemplo de la honestidad del pueblo cubano".

Oh, sí: ahora muy pocos se escandalizan de las adicciones de Greene. Pero al morir y ventilarse su papel como espía para los servicios secretos británicos, su recuerdo adquirió esa aura de misterio de sus novelas.

Cumbre mafiosi

Cincuenta y tres años antes que Rihanna, otros aventureros protagonizarían trágicas y surrealistas aventuras en Cuba. Frank Sinatra hizo de las suyas.

En la mítica Conferencia de la Habana en el Hotel Nacional, los últimos días de 1946, Charles "Lucky" Luciano, el poderoso jefe de la mafia estadounidense, justificó así la presencia de Frank Sinatra: "Era un buen chico, estábamos orgullosos de él".


La dichosa reunión de las familias más poderosas de América y las italianas fue ampliamente investigada y difundida por el escritor Enrique Cirules en sus libros El imperio de La Habana y La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana, en los que probó la existencia de un "clan mafioso Habana-Las Vegas" que apoyaba la tiranía de Batista y estableció en la isla un Estado delictivo que gobernaba según sus intereses.

Sí, Frank Sinatra sería el pretexto ideal para enmascarar la histórica cumbre de capos como si fuera un "sencillo" homenaje al chico de Nueva Jersey que ya se había encumbrado como "la voz" y era el ejemplo del emigrante luchador que tanto enorgullecía al capo de tutti Lucky Luciano. Los cronistas cubanos han sido prolíficos al respecto: Frankie ni se registró, ocupó la habitación 214 y se comunicaba a través de la 213 hasta la 211 con sus anfitriones que rentaron todos los pisos y reservaron el Casino Parisién para oírlo cantar. El crooner ordenó que no se le molestara y durante una semana "sus amigos" le ofrecieron whiskey caro, ron criollo, champán francés, canapés de caviar, pechugas de venado, estofados de carey, langostinos de Cojímar, ostiones de Saguey y venado. Fotos hay pocas, así que cuando una revista publicó el hecho, Frankie, ofendido, los demandó.

Y aunque son raras las fotos de este insólito concierto mafiosi, no así las posteriores visitas del cantante a la isla, una de ellas para festejar su luna de miel con Ava Gardner en 1951. El Havana Post documentó a fondo el momento nupcial y las recurrentes visitas de la pareja serían la comidilla de toda una década. Ambos serían los adornos de una "época dorada" en la que "hombres de negocios" de Chicago y Nueva York poseían fincas de caña, casinos, hoteles y clubes que daban forma a la noche habanera.

Las congas de Marlon Brando

Acababa de ganar el Oscar por La Ley del silencio. Era el año de 1956 y nadie sabía que detrás de esa mirada seductora “mátalas callando” estaba un verdadero amateur de la conga y el cha cha chá. Un día Marlon Brando se encontraba en Miami cuando se le ocurrió comprar una conga. Estaba obsesionado con conseguir “la tumbadora perfecta” y así como estaba se fue a Cuba.


Josefina Ortega cuenta que después de un tour de tres días por los mejores cabarets cubanos, el actor creyó encontrar sus preciados instrumentos en la colección del célebre director de la Orquesta del Tropicana, Armando Romeu, pero obviamente el director se negó a vendérsela. La aventura por los bares habaneros acompañado por el ex-beisbolista Sungo Carrera lo llevó a intentar comprar las congas de Luciano Chano Pozo -célebre percusionista que tenía por costumbre tocar ritmos rituales en sus congas y se hizo famosos con Manteca al lado de Dizzie Gillespie- y hasta las de Silvano Shueg "El Chori" Echeverría.

La historia de esa noche de chachachá termina con el actor “cumpliendo su sueño adolescente” de tocar en palomazo improvisado con la excéntrica leyenda de los congales de Playa del Mariano, que tocaba timbales, tambores, sartenes y botellas y gritaba los excesos de la noche. Los exigentes testigos aseguran que Brando no lo hizo mal.

Sería este el inicio de un loco romance permanente con la isla caribeña que, a juzgar por las escenas del musical Guys and dolls (1958), al lado del mismísimo Sinatra y Jean Simmons, estaría lleno de coreografías rumberas kitsch y mucho, mucho ron.

La última del pirata Flynn

Y como toda isla tiene su pirata, el galán de bigote sexi y corsario de las pantallas hollywoodenses Errol Flyn no podía faltar. Flynn pasó en Cuba sus últimos días filmando Cuban Rebel Girls, un documental “que examinaba la educación política de una campesina”.


El guapo rompecorazones salió de su papel de consagrado vividor para interpretar a un corresponsal de guerra y documentalista procastrista que sigue a los guerrilleros en su lucha contra Fulgencio Batista. El filme fue financiado por él mismo, dirigido por Barry Mahon y co-estelarizado por su “novia” de 17 años Beverly Aadeler, además de tener la anuencia de Castro. Su estreno pasó sin pena ni gloria hasta que dos años más tarde un infarto se llevaría al pirata guerrillero, dejando esta joya fílmica como su epitafio.

Secuestro "macanudo"

El que sí vivió una verdadera aventura guerrillera en la isla fue el campeón argentino Juan Manuel Fangio. Atraído por el Gran Prix Cubano de 1958, la estrella latina del automovilismo deportivo de esos años aterrizaba en el Caribe después de llevarse el Gran Prix de Mónaco y antes de eso otros cuatro premios mundiales consecutivos. Al volante de su Maserati 450S rodaba veloz por el malecón habanero. Había detectado un bache en el circuito que lo hacía perder el control y justo estaba comentándolo con sus mecánicos cuando un comando de rebeldes entró al Hotel Lincoln a secuestrarlo. Durante tres días los amables guerrilleros lo llevaron de casa en casa sin vendarle los ojos o hacerle daño, le presentaban a sus esposas e hijos, le servían filete con papas de cena y arroz con frijoles de desayuno y le contaban historias de resistencia de la Sierra Maestra.


La carrera originalmente planeada para lavarle la cara a Batista (ya duramente criticado en le mundo) resultó un fracaso, no sólo por la noticia del secuestro, sino porque la competencia terminó en tragedia. Seis muertos y 40 heridos dejó el accidente del piloto cubano García Cifuentes que perdió el control de su Ferrari y arrolló al público.

Ese mismo día, Fangio fue liberado con visibles síntomas del síndrome de Estocolmo. Dijo a los periodistas que había "charlado macanudamente" con los secuestradores, que no les guardaba rencor y hasta reconocía que tal vez le habían salvado la vida.

Los detalles de su cautiverio serían revelados después y le darían razones de sobra para volver -aunque no inmediatamente sino 20 años más tarde- a hacer fructíferos negocios en la isla socialista.


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