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Conflictos Familiares

Twitter, un medio para dignificar la enfermedad y la muerte

El cáncer más agresivo es narrado en Twitter por una mujer argentina, sin adornos y con humor negro.
10 Mar 2016 – 3:46 AM EST

Por Julia Santibáñez | @UnivisionTrends

María Vázquez. Argentina. 43 años. Arquitecta. Casada y mamá de un niño de tres años. Le detectan cáncer. En una cirugía larga, los médicos le extirpan el útero, los ovarios y varias masas que mandan al laboratorio. Luego, su marido es el encargado de darle la noticia: “Te vas a morir”. María tiene 40% de posibilidades de responder al tratamiento y 60% de que nada funcione, de que el cáncer o la quimioterapia la maten en pocos meses.
Ante ese panorama, ella y su esposo arreglan todo: firman poderes ante el notario, hacen trámites de todo tipo y ella escribe un libro para su hijo, “para que me pueda conocer si las cosas salen mal”. Muy activa en redes sociales, duda si hablar públicamente de su caso. Al final decide hacerlo y explica la razón: “ Tener cáncer es como tener gripe: nada vergonzoso, sólo mil veces peor. No contar es ponerse del lado de los que titulan ‘una larga y penosa enfermedad’”.

Así, con ironía y humor negro, desde su cuenta @kireinatatemono (que hoy tiene 12,600 seguidores), se dedica a narrar el avance del cáncer y hace de la quimioterapia una suerte de estrella pop, “cruel y despiadada pero decidida a triunfar cueste lo que cueste”. La llama “El show de Kimmy Oh” y tuitea cosas como:

“Dos veces vomité el Tramadol hoy. Me siento en Trainspotting”.

“Me puse un vestido rojo para ir a la quimio, así combina con la droga. #MundoTarada”.

“Los enfermos resentimos a los sanos pero despreciar, lo que se dice despreciar, eso lo reservamos para los hipocondríacos”.

“Sólo pido poder dormir 6 horas seguidas sin tener que despertarme a tomar algún puto analgésico”.

“¿Ustedes bien o también se despertaron a vomitar sus jugos estomacales a las tres de la mañana? Estuvo divertidísimo”.

Sin sensiblería, sin adornos, llamando las cosas por su nombre, cuenta lo que vive. Como cuando comparte una foto de ella en el hospital, recibiendo la visita de su hijo: “Ayer, en el mejor momento de cada día”. La gente se conecta cada vez más con su historia. Los seguidores crecen y crecen. María se vuelve una especie de estrella virtual. Conforme la enfermedad avanza, sus tuits se vuelven más ácidos, sin perder humor ni irreverencia, como éste: “Hoy tuve lavaje de estómago. Lo recomiendo. No bombeo tipo borracho de Sunset Drive, lavaje”.

Los tuits se viralizan. Los likes son imparables. A su cama llegan carretadas de flores y regalos.

Humor redentor

Escribe un artículo para la revista La Agenda donde habla, por ejemplo, del pelo.

De cómo se lo corta chiquito pero al encontrar varios mechones en la almohada decide que es hora de raparse, aunque para el cumpleaños de su hijo se pone una peluca fucsia, “muy Britney”. De cómo le regalan una peluca de cabello natural, pero no la usa: “Aparte del calor y picazón que me provoca, la siento una traición […] es falsedad, es ocultamiento. O capaz es que no me siento linda cuando me la pongo […] pese a que se me cayeron las pestañas, qué cosa más horrorosa, a que no tengo más culo, a que perdí 12 kilos y tengo menos tonicidad muscular que Jabba the Hut, yo me quiero sentir (y me siento) linda, así rapada y esquelética. La vanidad no se la lleva el cáncer”. También comenta el papel que juega la comunidad virtual en su proceso: “ Todo se siente más potente y vívido cuando te vas a morir. Querés sentir y degustar y amar. A la vez, esa intensidad es insostenible y hay que buscar vías de escape, divertimentos, distracciones o te transformás en una Patti Smith del cáncer. Y ahí entran las redes sociales. O más bien: Twitter”.
También agradece las muestras de interés y apoyo de sus miles de seguidores, al 90% de los cuales no conoce, pero también se queja de quienes comentan ligerezas, lugares comunes: “Decirle a una cancerosa que va a estar todo bien es como decirle a uno que está por cruzar un desierto que allá al final hay un oasis. Primero puede ser que te mueras de sed, te piquen los alacranes, se te pasme el camello y alucines hasta la locura pero no te preocupes que VA A ESTAR TODO BIEN”. Y cierra el artículo con esto: “ Todo es una mierda y yo me voy a morir. Algún día. Capaz mañana me pisa un auto y no llego a contarla en tuiter. Sería una pena, tengo varios chistes buenos guardados”.

Luego, un día escribe, siempre con redacción y ortografía impecables: “ Acá estoy internada hace dos días. Las cosas tomaron un rumbo hacia lo peor y no hay mucho más qué hacer salvo esperar. Cuestión de días”. Todo se precipita. De pronto ella ya no puede tuitear y desde su cuenta escribe Sebastián, el marido, para reportar su estado de salud. A los diez días, siete meses después del diagnóstico, Sebastián anuncia: "En su ley, con una sonrisa y el puño apretado, Marie acaba de morir". Da la dirección donde va a ser velada e invita a los seguidores que quieran acompañarla, pero pide: "Por favor nada de flores, coronas, etc. Ella no quería".


María Vázquez murió en abril de 2015. Desde entonces, su marido ha mantenido activa la cuenta de Twitter, “como ella pidió”, dice. Seis meses después de la muerte de su esposa, en octubre pasado, anunció la publicación del libro que ella le escribió a su hijo, El cuaderno de Nippur, que pronto se convirtió en uno de los más vendidos en Argentina, al agotar en una semana su primera edición.

La historia de María tiene muchos ángulos: la escritura como una vía de afirmación vital, la rebeldía de quien no admite lugares comunes ni lavados de cerebro del tipo “todo va a estar bien”, la nueva cercanía que las redes sociales permiten tener con gente a la que nunca se ha visto pero, sobre todo, el humor como defensa ante la lástima, como una postura que vuelve mucho más digna la muerte.

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