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"No quiero traer niños al mundo a pasar trabajo": venezolanas que emigran en busca de abortos y anticonceptivos

Las escasez de anticonceptivos en Venezuela supera el 80% y al mismo tiempo, las condiciones para sobrellevar un embarazo y dar a luz con seguridad son muy precarias. Por eso, miles de mujeres venezolanas cruzan la frontera hacia Colombia para parir y en busca de métodos para no tener más hijos de los que pueden sostener.
24 Nov 2019 – 05:39 PM EST
Élida emigró a Colombia desde Venezuela para parir con seguridad y esterilizarse.
Crédito: Marta Martínez

CÚCUTA, Colombia.- Élida Betancourt se levanta cada mañana temprano para hacer las tareas del hogar antes de que su hijo Christopher, de cuatro meses, se despierte. Barre el suelo de tierra, lava la ropa a mano y la cuelga de unos cordeles en una esquina, donde hay una cama al lado de la nevera. Desde hace seis meses, vive en una casita de madera y techo metálico a las afueras de Cúcuta, Colombia.

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“Es la primera vez que me tocó vivir en un ranchito así, yo nunca había pasado por esto”, dice Élida, procedente del estado de Portuguesa. En Venezuela su casa tenía tres cuartos y piso de baldosas.

Cuando se quedó embarazada en 2018 de Christopher, su segundo hijo, Élida sabía que iba a ser el último. A los 30 años, decidió esterilizarse. También sabía que su embarazo significaba irse de Venezuela.

“Siempre tuve en mente que no quería tener muchos hijos,” explica. “No quiero traer niños al mundo a pasar trabajo y necesidad”.

Élida no entiende por qué hay mujeres “que se llenan tanto de hijos, en vez de buscar los métodos”. “Aquí en Colombia hay demasiados métodos anticonceptivos”, añade. “Aquí si una sale una embarazada es porque quiere. Ahora, en Venezuela es muy distinto: en Venezuela si uno sale embarazada se entiende que es por la situación”.


La escasez de anticonceptivos en Venezuela se sitúa entre 83% y 91%, según el informe Mujeres al límite. Esto ha hecho que los embarazos se disparen: tanto los deseados como los no deseados. Además, la mortalidad materna creció en 66% entre 2015 y 2016, y desde entonces el gobierno venezolano no ha publicado más datos oficiales al respecto.

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La grave situación económica y política que vive el país ha afectado de forma muy específica a las mujeres: arrebatándoles su capacidad de decidir cuándo y cómo tener hijos –incluso la decisión de tenerlos. Cada vez más, la crisis las obliga a tomar decisiones drásticas como abandonar el país para dar a luz, abortar o esterilizarse.

“Las brechas de género que podemos encontrar en este momento son brutales”, explica Magdymar León, coordinadora de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (AVESA), una de las organizaciones que ha elaborado el informe Mujeres al límite.

“Es tan importante que las mujeres tengamos garantizados nuestros derechos sexuales y reproductivos que sin eso no podemos acceder a otras cosas”, añade León. “Cuando dejamos de controlar nuestra reproducción, por supuesto que volvemos a la prehistoria”.

Élida Betancourt sufrió una hemorragia durante el parto de su último hijo, debido a una mala praxis en una cesárea anterior.
Crédito: Marta Martínez


El primer embarazo de Élida, hace siete años, fue complicado. Tuvo que pasar seis meses en cama y dio a luz por cesárea. Sus miedos se multiplicaron con el segundo embarazo, a medida que el acceso a la comida y la salud se deterioraban en el país. “Durábamos hasta dos días, tres días sin comer porque no conseguíamos”, recuerda. “Incluso hubo varios días que estuve hospitalizada. Eso fue lo que más me motivó a no querer tener más niños”.

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Las condiciones para dar a luz en Venezuela son muy precarias: las pacientes deben comprar en el mercado negro todos los insumos necesarios para el parto (medicamentos, gasas, sueros, vacunas), los apagones constantes hacen que cualquier complicación sea todavía más riesgosa y el personal médico es cada vez más escaso.

Para que ni la vida del bebé ni la de la madre corrieran peligro, Élida y su marido decidieron marcharse a Colombia. Ella también deseaba hacerse la ligadura de trompas en cuanto su hijo naciera, pero Venezuela ya no ofrecía la intervención en los hospitales públicos y ellos no podían permitirse el costo de una clínica privada.

La esterilización femenina era uno de los métodos promovidos por el gobierno de Venezuela antes de la crisis. Datos oficiales de 2010 sitúan la esterilización quirúrgica femenina como el método anticonceptivo más usado entre las mujeres venezolanas (26%), por encima de la píldora (21%) o los preservativos (3%).

El gobierno organizaba “jornadas de esterilización” en las cuales las mujeres, principalmente las de menos recursos económicos, podían acceder a la intervención gratuita y en el mismo día regresar a casa, pero también con muy poca información sobre los riesgos y las consecuencias de la operación. Sin embargo, estas jornadas se han vuelto cada vez más esporádicas e impredecibles.


“Las mujeres acceden voluntariamente a la esterilización porque no tienen cómo comprar métodos anticonceptivos y porque está de base esta aceptación en Venezuela de la esterilización quirúrgica como un método beneficioso para las mujeres”, asegura León.

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Élida estaba embarazada de seis meses cuando llegó a Cúcuta, la ciudad colombiana más grande cerca de la frontera con Venezuela. Más de 4,5 millones de venezolanos han abandonado el país, según cifras de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Entre abril y junio de 2018, Migración Colombia registró la entrada de más de 8,200 mujeres venezolanas embarazadas en el país.

“Cuando llegué aquí no tenía el primer control, nada, no tenía ni ecografías, ni las vacunas,” explica Élida avergonzada.

Cuando Élida entró al hospital Erasmo Meoz con contracciones, su petición fue clara: quiero que me esterilicen. En este hospital público, el principal centro de atención en toda la frontera con Venezuela, más de 75% de los niños que nacen son de madres venezolanas. Hace tres años, estos nacimientos solo representaban el 5% del total.

La pelvis cerrada de Élida no permitía salir al bebé y hubo que realizar una segunda cesárea. Gracias a eso, Élida pudo acceder a la ligadura de trompas justo después del parto. El hospital solo ofrece la ligadura de trompas a las mujeres que hayan tenido dos o más cesáreas, ya que el útero se deteriora con este tipo de operaciones y se puede romper con un futuro embarazo.

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Durante la operación, Élida sufrió una fuerte hemorragia. Los doctores le dijeron que era consecuencia de una mala praxis realizada en Venezuela durante su primera cesárea. “Si hubiera sido en Venezuela, me hubieran dejado morir”, asegura.


La doctora Jenny Peña, coordinadora de emergencias del Erasmo Meoz, asegura que cada vez más mujeres venezolanas solicitan la esterilización definitiva. “Es una buena opción para ellas”, dice Peña. “Con eso nosotros minimizaríamos ese riesgo de tener más niños que el mundo los va a asumir”.

Un grupo de mujeres se agolpa a las afueras del centro de salud Las Margaritas en La Parada, Colombia, junto al puente fronterizo "Simón Bolívar" que conduce a Venezuela.
Crédito: Marta Martínez

La mayoría de las mujeres venezolanas que llegan a Colombia piden la ligadura de trompas, explica Luz Paola Morales, directora regional de Profamilia, la mayor organización especializada en derechos reproductivos de Colombia. “Para las mujeres venezolanas, la prioridad son los métodos anticonceptivos a largo plazo por su proyecto de vida”, explica Morales. “En este momento no desean tener otro embarazo”.

En su pequeña y limpia oficina de paredes metálicas, ubicada dentro de un centro de salud donde operan varias organizaciones humanitarias cerca del puente Simón Bolívar, Profamilia atiende entre 40 y 50 mujeres al día, la mayoría venezolanas; lo que más piden son métodos anticonceptivos como inyectables trimestrales, píldoras y condones, explica Morales, que Profamilia ofrece de forma gratuita.

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La ONG también ayuda a mujeres de cualquier nacionalidad que deseen abortar. La atención de abortos de mujeres venezolanas se ha disparado en los últimos dos años. En 2017, Profamilia realizó 26 abortos a mujeres venezolanas en Colombia. En 2019, esta cifra ya supera las 814 intervenciones y todavía no ha terminado el año.

A diferencia de Venezuela, donde el aborto es ilegal, en Colombia las mujeres pueden hacerlo legalmente bajo tres causales: en caso de que el feto sea incompatible con la vida, cuando la concepción es resultado del abuso sexual y cuando puede poner en riesgo la salud de la madre.

“Las causales que más se utilizan en este momento con las mujeres venezolanas es la causal salud y la causal de abuso sexual”, explica Morales.

El aborto es un tema tabú en Venezuela, donde la religión tiene mucho peso. La doctora ha detectado una gran falta de información entre las mujeres venezolanas en cuanto a educación sexual y sus opciones en caso de quedar embarazadas. La mayoría desconoce que el aborto no está criminalizado en Colombia y se encuentran casos de mujeres que han realizado “abortos clandestinos” en Venezuela y luego terminan en la clínica de Profamilia cuando su vida está en riesgo.

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Margarita (prefiere no usar su nombre real por miedo a que la reconozcan) llevaba dos meses en Cúcuta cuando su periodo se retrasó. Esta mujer de 41 años había dejado su país de origen para trabajar y mantener a sus tres hijos, que siguen en Venezuela y dependen económicamente de ella.

No le hizo falta hacerse ninguna prueba de embarazo. “Me di cuenta desde el primer momento que ya estaba embarazada”, recuerda sin poder contener las lágrimas. “Quería morirme”.

Quedarse embarazada no estaba en sus planes. “Mi único plan era trabajar”, dice. “Las personas no te dan empleo porque estás embarazada, porque saben que hay que cubrir gastos, no rindes”.

Margarita no podía pensar en nada más. Empezó a sentirse angustiada, deprimida. Una amiga colombiana, una de las pocas que sabía de la situación de Margarita, buscó en internet y se enteró de la existencia de Profamilia. Margarita visitó al médico de la ONG, que le recetó unas pastillas para provocar el aborto.

A las cuatro horas de tomar las pastillas, Margarita empezó a sangrar. Todo iba según lo esperado, pero dos horas más tarde los coágulos eran cada vez más grandes, le dolía mucho el vientre y notaba cómo la sangre le bajaba por las piernas. “Pensé que me iba a morir”, recuerda Margarita. En mitad de la noche, tomó un taxi y se fue sola al hospital Erasmo Meoz.

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Estuvo dos días ingresada y ahora se recupera poco a poco. Pasa el tiempo recostada en el sofá de su amiga, cuidando de la hija de esta, y leyendo mitos griegos. Muy pocos saben qué le pasó realmente. Ni siquiera se lo ha contado a la familia venezolana con la que vive. “Porque a lo mejor me critican o me juzguen, y no vean bien lo que hice,” explica. “Entonces prefiero dejarlo así”.

No fue una decisión fácil para Margarita, pero no se arrepiente. A las mujeres venezolanas les aconseja: “Usen condones, tomen pastillas para que más adelante no pase nada y puedan continuar con su vida común”.

“Da mucha tristeza ver a un niño en la calle comiendo de un basurero, pasando frío toda la noche en la calle, sin una madre o un padre que los abrace o los pueda tener debajo de un techo”, añade.

Ahora Margarita solo piensa en una cosa: recuperarse lo antes posible para salir a trabajar. “Sabemos que corremos el riesgo haciendo un aborto, sabemos que no está bien hecho, pero sin embargo hay cosas más grandes que te hacen hacerlo”, dice. “El amor a la familia, el saber que pueden quedar desprotegidos es más grande que eso”.

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El reporteo de esta historia contó con el apoyo de la International Women’s Media Foundation, a través de su Iniciativa Adelante de Reporteo en América Latina. s

Edu León
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Hasta el 18 de agosto, cuando Ecuador comenzó a exigir el pasaporte a los venezolanos para acceder al país, se calculaba que miles de ellos pasaban por el puente fronterizo de Rumichaca cada día. Esta frontera entre Colombia y Ecuador era la entrada más regular y segura para los migrantes de Venezuela.
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Las filas para sellar el pasaporte en el puesto de migración ecuatoriano podían durar hasta 8 horas.
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Las autoridades migratorias ecuatorianas marcaban con un número a quienes esperaban sellar su pasaporte para seguir su viaje.
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Edu León
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Esta imagen de personas esperando a sellar su pasaporte en medio de maletas y bultos con sus pertenencias más preciadas en el puesto fronterizo de Rumichaca ha sido habitual durante meses. Ahora, la decisión de Ecuador de exigir el pasaporte a los venezolanos supone, en la práctica, el cierre de esa frontera para muchos.
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Edu León
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La gran mayoría de los venezolanos que huye de la profunda crisis económica en su país no posee ese pasaporte debido a que el gobierno no está entregando este documento por la falta de material. En la imagen, una mujer llora en el patio de migración ante el problema de no poder entrar con su hijo que no tiene pasaporte.
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En los últimos meses, las filas de entrada y salida a Ecuador estaban colapsadas. Desde el sábado, muchos venezolanos que no tienen pasaporte se han quedado varados.
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Edu León
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La medida entró en vigor mientras decenas de venezolanos estaban en tránsito por Colombia, por lo que se enteraron de su existencia al llegar al punto de migración. En la imagen, una funcionaria de reparte los pasaportes sellados a un grupo de migrantes.
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Ahora, muchos venezolanos que no tienen pasaporte se están viendo obligados a entrar de manera ilegal por trochas y caminos alternativos, con los riesgos que eso implica para su seguridad. En la imagen, un grupo de migrantes se refleja en un cartel de turismo de Colombia.
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Un hombre abraza a su hija con una manta. En la frontera de Rumichaca, las temperaturas en la noche pueden llegar a los 5 grados centígrados.
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Enrique hace corazones con los bolívares que trajo de Venezuela que valen menos que el papel. Con la venta, pretende conseguir dinero para seguir su viaje.
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Una mujer cambia dinero en el puente de Rumichaca. Al cambiar sus bolívares, muchos venezolanos se encuentran que todo su patrimonio no vale más de 10 dólares al cambio y ven la necesidad de pedir para seguir su viaje.
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Pese a que la exigencia del pasaporte es nueva, desde hace meses lo pedían en Rumichaca: separaban a quienes lo tenían de los que solo traían cédula. La cancillería de Ecuador justificó la decisión como una medida "para garantizar la seguridad" ya que, aseguran, los documentos de identidad venezolanos "no cuentan con las seguridades necesarias para la identificación en el tipo de lectores establecido por el sistema migratorio ecuatoriano".
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Edu León
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Los venezolanos, que salen de su país sin dinero, usan cualquier medio de transporte a su alcance para avanzar en el camino. Hacen tramos a pie, otros en autobús, o suben a cualquier vehículo que se ofrezca a llevarlos. En la imagen, un camión de la Cruz Roja colombiana con ayuda humanitaria transporta a migrantes venezolanos a la frontera.
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Un grupo de migrantes venezolanos viaja en la cabina de carga de un camión que se dirige a la frontera entre Ecuador y Colombia.
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Migrantes venezolanos esperan, cansados, después de muchas horas, para cruzar la frontera, en la estación de buses de la ciudad ecuatoriana de Tulcán, donde emprenderán de nuevo su viaje al sur.
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Esta ciudad es la primera población que pisan los venezolanos despues de cruzar la frontera con Colombia. Desde esta terminal proseguirán su destino hacia otras ciudades de Ecuador u otros paises más al sur como Perú, Chile o Argentina. El gobierno peruano también ha anunciado que exigirá pasaporte a los venezolanos a partir del próximo 25 de agosto.
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Los controles por parte de la policía ecuatoriana de los autobuses que parten de Tulcán hacia otras ciudades se dan en todo el camino hasta la ciudad de Ibarra. En los controles, buscan drogas o productos de contrabando, pero también revisan los papeles de los migrantes.
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El terminal de Cárcelen, en Quito, se ha convertido en un lugar donde pernoctan los recién lelgados a la capital. Allí, muchos de ellos esperan días para conseguir dinero para el pasaje que les lleve a Perú o Chile.
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Edu León
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Jhenfies Martinez tiene 19 años y lleva junto a su familia más de 20 días de viaje. Él sufre de diabetes pero es intolerante a la insulina y necesita de una medicina que le mandaban desde España. En el camino ha tenido varias crisis por su salud.
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Los venezolanos se han convertido en habituales en los albergues habilitados para migrantes en toda la región. En la imagen, un grupo de ciudadanos de ese país cena en un centro de acogida de Ipiales (Colombia).
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El albergue Jesús Migrante es el único lugar de acogida en Tulcán, Ecuador, la ciudad fronteriza donde llegan los migrantes después de pasar el puente de Rumichaca. El albergue lo abrió en su propia casa Yolanda Montenegro hace ya 14 años. Antes pasaban refugiados colombianos y haitianos, ahora los caminantes que llegan son de Venezuela.
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Familias ecuatorianas voluntarias reparten ayuda en el terminal de buses de Cárcelen (norte de Quito), donde muchos de los migrantes venezolanos duermen esperando conseguir dinero para seguir su camino hacia Perú.
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Al igual que la solidaridad de muchos ecuatorianos se hizo presente dando mantas y comida, también han aparecido en la ciudad carteles de rechazo xenófobos hacia los venezolanos.
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Edu León
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Un grafitti en el camino de los migrantes venezolanos recuerda que "Nadie es ilegal". Las sociedades de paso de estos caminantes se han dividido entre los que ayudan dando comida ropa y aliento y los que han visto en esta migración una excusa para expresar su miedo y su xenofobia.
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