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Amor en tiempos de Tinder (6ta cita)

Amor en tiempos de Tinder (6ta cita)

En el viaje de las 23 citas de Tinder, ahora un texto sobre la anestesia y el deseo.

El amor en tiempos de Tinder: 6ta cita.
Por Damiana Miller*




Después de cinco citas y unos 250 matches era obvio que tenía una adicción a Tinder.
Daba igual la hora o el día. Podía estar en el trabajo, esperando en la fila del banco o viendo televisión en mi casa. No importaba. Tenía más atención masculina de la que jamás había tenido y eso se sentía muy bien.

Emilio y yo hicimos match mientras estaba en la redacción de la revista en que trabajo, editando un texto. Casi de inmediato sugirió que nos viéramos y acepté. No sabía prácticamente nada de él, salvo que trabajaba como productor audiovisual y que era el epítome de un hipster: bigote con las puntas hacia arriba y corte de cabello pompadour.

Videojuego para conocer hombres
“Ya vi que no tienes nada mejor que hacer que estar en Tinder”, dijo una compañera del trabajo. “Si quieres te doy un ride”. 
Me dio un poco de pena que me descubriera buscando Tinderboys, pero no dije nada. Sólo apagué la computadora, agarré mi bolso y la seguí.
Durante el trayecto, mi coworker —de más de 40 años— me decía que no entendía lo que le veía a Tinder, que a ella le parecía aburridísimo. Yo le contesté que era divertido, que era como un videojuego de la vida real, pero para conocer hombres.
Mientras trataba de justificar mi adicción, ajustaba detalles para mi próximo date. Emilio pasaría a recogerme a casa y de ahí buscaríamos un lugar para cenar. “Donde quieras, menos en la Roma”, escribió.
Mientras tanto, el chico de la quinta cita me escribía por WhatsApp. Pensé que era broma que estaba afuera de mi casa, pero cuando bajé del auto de mi amiga, vi que era verdad.
—¿Quieres hacer algo hoy?
—Estoy muy cansada. Otro día.
Me despedí. Corrí a bañarme, depilarme, peinarme y maquillarme. Todos los pasos previos al ritual de apareamiento humano.


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La anestesia
Supe que le gustaba por la cara que puso cuando salí de casa. Él me atrajo también. Subimos a su auto. Intuí que iba colocado porque manejaba terrible. De fondo y a todo volumen sonaba “King Of The Mountain”, de Kate Bush.
Llegamos a un restaurante japonés. Ya estaba cerrado. Eran más de las 11 de la noche. 
Volvimos al auto, antes de subir, sacó un cigarro de marihuana.
Pensé: “Ah, sólo es un porro, pensé que se había metido cocaína o ácidos”. Por absurdo que parezca, eso me tranquilizó.
“¿Vamos a mi casa?”, preguntó. Acepté.
En el camino, me contó sobre la filmación que hizo en La Bestia, el tren donde viajan, de forma clandestina, miles de inmigrantes hacia a Estados Unidos.


—Estoy seguro que todos están muertos, o la mayoría. Es un trabajo de cínicos, debo grabarlos, fotografiarlos, sin mover un dedo por ellos. He visto demasiados muertos —se puso las manos sobre la cara—. Necesito estar sedado casi siempre. A veces hasta fumo en el trabajo. Mi jefe lo sabe.
No supe qué decir, pero pensé que de cierta forma a mí también me gustaba estar anestesiada de la vida. Mi compulsión tinderesca era de cierta forma un analgésico para mi discapacidad emocional.
Llegamos a su casa. Vivía en el piso 11 de una torre cerca de Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México. Era uno de esos edificios con tres niveles de estacionamiento, piscina, gimnasio y sala de cine. Su roomie era un diputado, que no estaba cuando llegamos. Ambos compartían un apartamento de paredes blancas, pocos muebles y vista a un estacionamiento de camiones de basura.


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Recordé la letra de la canción que escuchábamos minutos antes: “Why does a multi-millionaire / Fill up his home with priceless junk?”.
Preparó pasta al pesto y abrió una botella de vino. Cenamos en su cuarto, donde sólo había un colchón, una pantalla plana de 60 pulgadas y un gran armario que estaba casi vacío. No más.
“Nunca traería a mi madre aquí”, me dijo mientras armaba otro porro. “Me avergonzaría mucho que viera cómo vivo”.
No contesté. Sólo lo miré y di un sorbo a la copa de vino.
Encendió la televisión. Sólo apareció un mensaje en la pantalla: “Estimado suscriptor: le recordamos que no ha realizado el pago correspondiente”.
Puso música. Comenzamos a besarnos. Era un poco agresivo, quizá más de lo que estoy acostumbrada, pero me gustó. El saldo: un collar roto y un orgasmo.
Inmediatamente después nos quedamos dormidos.


Vea también: ¿Cómo era el amor antes de Tinder?

De Allen a Fromm
Woody Allen dice que el sexo sin amor es una cosa frívola, pero entre las cosas frívolas es una de las mejores. Coincido con él, aunque Erich Fromm, que tiene ideas muy interesantes sobre el amor romántico, escribió en El arte de amar, que el acto sexual libre de emociones, no genera más que vacío y ansiedad. 
Un calambre en la pierna me despertó a las seis de la mañana. Emilio seguía dormido.


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Yo sólo quería volver a mi casa y alistarme para ir al trabajo. Así que me vestí rápido. No me puse las medias. Las guardé en mi bolsa, junto a mi collar roto.
Cerré la puerta, esperando no olvidar nada. En el elevador encontré a algunos vecinos que iban hacia la piscina, caminando con sus sandalias y sus toallas. En cierta forma, me sentía tan desnuda como ellos. Sólo crucé el saludo obligado. Me equivoqué de piso y acabé en el estacionamiento. Tuve que salir por ahí. Los guardias me miraron raro, pero no quise ponerles mucha atención.
Caminé unas calles hasta que pude abordar un taxi. Por suerte, el conductor no trató de entablar conversación.
Abrí la puerta de mi departamento, di mi cuenta de baja y borré la app.
El chico número seis y yo jamás volvimos a vernos. Semanas después volví a Tinder, como cualquier adicto en una recaída.

Vea la entrega anterior de "El amor en tiempos de Tinder".

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*Damiana Miller. Como Carrie Bradshaw en la era de Tinder, pero región 4 y sin tacones Manolo Blahnik. Siempre he creído que me pasan cosas como de película de Woody Allen, con música de los noventa de fondo.

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