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Amor en tiempos de Tinder (5ta cita)

Amor en tiempos de Tinder (5ta cita)

En el viaje de las 23 citas de Tinder, ahora sobre el club de la discapacidad emocional.

23 citas en Tinder: la quinta

Por Damiana Miller*

Era domingo. Nunca me ha gustado ese día de la semana, y menos cuando comienza a atardecer. De repente, todo queda desierto. La ciudad entra en letargo. Sólo pasan unas cuantas personas paseando a sus perros, porque ellos no saben si es domingo o miércoles, sólo quieren pasear, mear y cagar. Y de cierto modo así me pasó con Alfonso.

Admito que me costó trabajo recordar su nombre al comenzar a escribir sobre nuestra primera cita. Tampoco recuerdo qué me motivó a aceptar su invitación a tomar un café. A veces hago muchas cosas sin cuestionar el por qué.

Nueve de cada 10 madres

Quedamos de vernos en un café de la Condesa, un barrio en la Ciudad de México donde la insoportable levedad del domingo se vuelve más evidente. 

Cuando llegué al lugar de la cita, él llevaba ya algunos minutos esperando. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Pedí un café americano sin azúcar —como les gusta a los sociópatas— y creo que él pidió un capuchino. La verdad no recuerdo muy bien. Comenzamos a conversar. Me contó que tenía una startup de mercadotecnia y que estaba por montar otra dedicada a recomendar eventos culturales. También daba clases en el Tecnológico de Monterrey.

Nueve de cada 10 madres habrían aprobado a este ejemplar como novio formal de sus hijas. Quizá hasta mi madre sería de esas nueve.

Alfonso es de esos hombres que usan camisa los domingos. Tiene una cabellera rizada, como la de David Bisbal, barba más o menos tupida y una sonrisa Colgate. Además, le gusta escalar, andar en bicicleta de montaña y tomar fotos. Y hay más, es de los que abren la puerta del auto para que entre su acompañante y de los que pagan la cuenta.

Quizá por eso acepté que me invitara una malteada de vainilla, pese a que odio las cosas dulces porque me indigestan, casi del mismo modo en que me empalagan los hombres como él.

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¿Old fashion?

—¿De qué conoces a Oliver? Vi que son amigos en Facebook —me preguntó en la fila para comprar la malteada.
—Salimos hace años. ¿Tú de qué lo conoces?

—Fuimos juntos a la universidad.

Nota: A Oliver lo conocí años atrás en un bar. Tuvimos un idilio que duró como mes y medio, pero terminamos porque la cosa se puso rara y porque me enteré de que veía a otra mientras yo estaba en un viaje de trabajo. Hace unos meses se casó con una chica que parece muy decente.

Cambiamos la conversación y volvimos al tema de las malteadas. Aparentemente, Alfonso vinculaba su gusto por ellas con lo que él denominaba ser un “old fashion” de las relaciones. 
—Ah, ok —dije.

—Mi madre me ha inculcado eso —añadió orgulloso.

Caminamos mientras bebíamos nuestras malteadas. Luego de un rato nos sentamos en la banca de un parque. Ahí, todo parecía un poco más vivo. Había algunos corredores, perros y parejas besándose. En eso, comenzó a contarme de su ex novia brasileña, de sus encuentros con las Tinder girls y de la dificultad para entender las dinámicas de las relaciones actuales. No sé cómo llegamos hasta ese punto, pero de pronto le dije.

—Creo que me he dado cuenta de algo.
—¿De qué?
—Muchos de los que estamos en Tinder somos discapacitados emocionales.
Recuerdo que llegué a esa conclusión mientras sorbía lo último de la malteada de vainilla y veía restos de caca de perro aplastada en el suelo. 

Discapacidad emocional

Comencé a definir el concepto. Un discapacitado emocional no sabe cómo reaccionar ante la evolución de una relación. Es alguien que quiere amor, pero que cuando parece que lo encontró reacciona como un pollo recién descabezado que sigue corriendo. Esa discapacidad hace que no sepa controlar sus emociones y diga “te quiero” en la segunda cita, o que mande al carajo a una persona antes de que concluya el primer date.

Así surgió la idea de crear una fan page en Facebook: “El club de la discapacidad emocional”. La idea era postear imágenes, videos y frases todos los días. A ver cuántas personas lográbamos convocar.

Seguimos charlando hasta que le dije que debía ir a casa. Desde luego me acompañó hasta la puerta de mi edificio e intentó darme un beso de despedida. Lo devolví.

Días más tarde me envió un mensaje por Whatsapp.
—Estoy afuera de tu casa.
—No he llegado —respondí.

—Te espero.

Cuando bajé del auto de mi amiga del trabajo, él seguía ahí. 
—Un día te voy a traer serenata.

—Espero que no —contesté mientras me reía.

Minutos después me duchaba para la cita con otro Tinder boy, un productor de televisión que era todo lo opuesto al hombre de los rizos al estilo David Bisbal.

Nunca volvimos a vernos.

Siguió escribiéndome hasta que consiguió novia. No sé qué pasó después porque lo borré en uno de mis hartazgos de Tinder y todos los personajes acumulados.

“El club de la discapacidad emocional” consiguió poco más de 100 likes, aunque las publicaciones alcanzaban apenas unos cuatro “me gusta” y cerca de dos “compartidos”. Al cabo de unos meses, me aburrió y dejé de postear en la página. Quizá es parte de mi naturaleza como emotional handicap.

Leer también: Amor en tiempos de Tinder (1a. cita)


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*Damiana Miller. Como Carrie Bradshaw en la era de Tinder, pero región 4 y sin tacones Manolo Blahnik. Siempre he creído que me pasan cosas como de película de Woody Allen, con música de los noventa de fondo.


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