Violencia

La larga lucha de Río de Janeiro por la paz

Los Juegos Olímpicos se inauguraron en un momento en el que se registra un nuevo aumento en el crimen en Río. Pero la lucha de la ciudad contra el crimen es larga, y aún no ha terminado.
6 Ago 2016 – 9:05 AM EDT

Cuando Daiene Mendes sale de casa por la mañana, va preparada: lleva una muda de ropa, un cepillo de dientes, y el cargador de su teléfono celular. Esta estudiante universitaria becaria de una ONG, de 26 años, vive en Complexo do Alemão, una de las favelas más grandes de Río de Janeiro. Últimamente, los frecuentes brotes de violencia la han obligado a pasar la noche con amigos al otro lado de la ciudad en lugar de regresar a su casa por la noche. Daiane usa WhatsApp para averiguar si todo está tranquilo.

"Los tiroteos y las operaciones policiales ocurren con mayor frecuencia, en cualquier momento", afirma. "La policía considera a los residentes de las favelas como sus enemigos", añade. "Las cosas están empeorando."

A pesar de las mejoras de las condiciones de seguridad en las últimas dos décadas, el crimen se disparó en Río durante los primeros seis meses de este año, justo antes de los Juegos Olímpicos. Y aunque la ciudad es más segura de lo que solía ser, las autoridades están en una encrucijada en la búsqueda de una solución eficaz para combatir las bandas de narcotraficantes.

Ésta es la ciudad que ha luchado durante décadas para tener paz, la ciudad que la mayoría de los visitantes olímpicos no verán. Y es la ciudad que los cariocas, los residentes de la ciudad, enfrentarán día tras día después de que los turistas regresen a casa.

Al igual que durante la Copa del Mundo, la visita del Papa y la cumbre medioambiental Río+20, el gobierno trajo refuerzos para imponer el orden durante varias semanas en esta hermosa, aunque caótica, ciudad. Aproximadamente 85,000 policías y soldados están a cargo de la seguridad durante los Juegos Olímpicos que se celebrarán del 5 al 21 de agosto, una cantidad dos veces mayor que la de los juegos de Londres 2012. Y aunque el terrorismo es de especial interés, este tipo de esquema de seguridad es común en Río durante los eventos de gran magnitud, en parte debido a la lucha de la ciudad para contener la delincuencia.

De hecho, algunos soldados podrían quedarse más tiempo: el tribunal electoral del país solicitó que las fuerzas de seguridad permanecieran en la ciudad durante las elecciones municipales de octubre. "Hay mucha inseguridad en Río de Janeiro", dijo Gilmar Mendes, presidente de la corte, en una declaración el 27 de julio. ¿Pero qué sucede realmente con la situación de seguridad de Río? ¿Cuánto han cambiado las cosas?

El crimen en Río: mejoría a largo plazo, deterioro a corto plazo

Cuando una madre de Río fue asesinada a puñaladas delante de su hija de siete años el mes pasado, uno de los periódicos locales puso una foto de la blusa ensangrentada de la niña en la portada, con el titular: "El terrorismo en Río ocurre todos los días."

En el estado de Río, la delincuencia ha ido en aumento. Los asesinatos aumentaron en un 17% y los robos en las calles 34% en la primera mitad del año, según datos del Instituto de Seguridad Pública. Hubo 13 robos cada hora en Río durante este período. En junio, el número de muertos a manos de la policía se duplicó con respecto al mismo mes del año pasado.

Río también ha estado lidiando con arrastões, o atracos masivos, muchos de los cuales ocurren en las carreteras y, a veces involucran tiroteos. Los robos en las calles aumentaron en un 42% en mayo en comparación con el mismo período del año pasado. Durante un asalto en la carretera a finales de julio, los conductores abandonaron sus vehículos y huyeron a pie después de escuchar disparos.

"La narrativa de seguridad en estos momentos es de crisis, y casi de histeria", dijo Robert Muggah, un experto en seguridad del Instituto Iguarapé de Brasil. "La historia en general es aún más compleja."


Esto se debe a que Río ha recorrido un largo camino: en las últimas dos décadas, la tasa de homicidios en el estado ha disminuido a más de la mitad, y la tasa de homicidios de la ciudad alcanzó su nivel mínimo en 24 años el año pasado. Río solía ser mucho más peligrosa en las décadas de 1980 y 1990, cuando tenía una de las peores tasas de criminalidad en Brasil.

"Tomando en cuenta la tasa de homicidios, la situación de seguridad de Río es "infinitamente mejor" que en la década de 1990", dijo Silvia Ramos, directora del Centro de Estudios de Seguridad y Ciudadanía de la Universidad Candido Mendes de Río.

Más allá de los homicidios, los delitos como atracos y robos de automóviles son difíciles de comparar durante un largo período, ya que durante mucho tiempo la policía no recabó datos confiables de forma eficiente, dijo Ramos. También señaló que en las décadas de 1980 y 1990, las estaciones de policías se consideraban peligrosas; los cariocas de clases media y alta no solían reportar los crímenes.
Además, la innovación ayuda: las mejoras tecnológicas y una mejor recopilación de datos contribuyen a combatir el crimen, y se están planeando nuevas herramientas como la actuación policial predictiva, dijo Muggah.

Quién es quién en el mundo criminal de Río de Janeiro

En Río, hay una maraña de organizaciones criminales que han evolucionado durante las últimas décadas, y que compiten por los territorios en los barrios pobres y de clase trabajadora de la ciudad.

En primer lugar, están las principales bandas de la droga. El Comando Rojo es la más antigua, surgida de presos políticos y delincuentes comunes encarcelados durante la dictadura militar, consolidó su poder durante el auge de la cocaína. Luego vino Amigos de los Amigos, formada en una prisión de Río de Janeiro en la década de 1990, y luego el Tercer Comando Puro, un grupo escindido más reciente. Estos grupos encontraron espacios y oportunidades para operar en las favelas, donde había poca o ninguna presencia del gobierno.

Como algunos capos de las drogas cumplían las funciones del gobierno, tales como prestar asistencia a los residentes e imponer un estado de derecho informal, su poder se volvió absoluto en estas comunidades. Con las ganancias procedentes de las drogas, pudieron importar armas aún más poderosas que las de la policía.

Luego están las milicias, grupos paramilitares integrados por oficiales y ex oficiales de policía, guardias de prisiones, bomberos, y políticos. Formadas primeramente en la década de 1980 para luchar contra los narcotraficantes, las milicias ganaron poder a comienzos de la década de 2000 y evolucionaron hasta convertirse en empresas criminales, extorsionando a los residentes locales y cobrándoles por servicios como el suministro de combustible y conexiones de televisión ilegales, especialmente en la Zona Oeste de la ciudad. No sólo imponen el control sobre los residentes locales, incluso presuntamente le hicieron exigencias a los soldados de la Guardia Nacional quienes se encuentran en la ciudad para los Juegos Olímpicos.

Y luego está la policía. A nivel nacional, está la policía federal, el equivalente al FBI, así como la policía de carreteras y ferrocarriles federales. A nivel estatal, está la policía civil, que investiga los crímenes, y la policía militar, que vela por el cumplimiento de la seguridad pública. El Batallón de Operaciones Especiales de Río, un equipo SWAT que se hizo famoso por la película "Tropa de élite", es parte de la policía militar. La policía militar también incluye a los oficiales desplegados como parte de las denominadas unidades de "pacificación" en muchas de las favelas de Río. Y a nivel local, hay policías municipales, responsables de funciones que van desde patrullar el tráfico hasta proteger la propiedad pública.

Un problema es que la policía militar, que forma parte de las fuerzas armadas, es inherentemente militarista. En la década de 1990, la policía militar comenzó a usar armas semiautomáticas, y un gobernador les daba aumentos a aquellos policías que mostraran valentía - aunque las autoridades por lo general medían el valor según el número de personas asesinadas. Este llamado "bono del Lejano Oeste" fue revocado, pero la mentalidad persiste, especialmente porque la policía a menudo era enviada a operaciones en las favelas donde debía enfrentarse a los traficantes fuertemente armados.

Fue durante la década de 1990 cuando se produjo realmente un cambio en la policía militar. "Dejamos de ser una fuerza pacificadora y nos convertimos en tropas de guerra", dijo Mario Sergio Duarte, oficial de policía durante largo tiempo, a Juliana Barbassa en su libro de 2015 "Bailando con el diablo en la ciudad de Dios."

Río es un "mosaico de feudos", dijo Julia Michaels, una bloguera residente en Río de Janeiro y autora de un libro de no ficción sobre cómo funciona la ciudad de Río.

"Es necesario que las personas trabajen juntas hacia una meta común y el bien común en lugar de en base a las demandas de sus feudos." Sin embargo, en la práctica la policía "no quiere o no puede trabajar conjuntamente para satisfacer eficientemente las necesidades de los ciudadanos... La confianza entre los residentes y el gobierno se ve socavada constantemente", escribió en Brasilianas, una revista de estudios brasileños.

Policías buenos y policías malos
Durante mucho tiempo la policía de Río tuvo una reputación problemática."En las décadas de los 80 y 90 hubo mucha confabulación entre la policía y los narcotraficantes", dijo Elizabeth Leeds, alto miembro de la Oficina de Washington para América Latina y co-fundadora del Foro Brasileño de Seguridad Pública. La policía invadía favelas como parte de las operaciones regulares y frecuentemente mataba a los residentes. También fue responsable de varios asesinatos en masa, incluyendo una masacre en la favela Vidigal y el asesinato masivo de niños sin hogar en el centro de Río.

Eso no significa que únicamente hay manzanas podridas. "Gran parte de la policía quiere hacer las cosas bien y no necesariamente cuenta con el espacio político necesario porque hay una cultura muy generalizada de corrupción y mentalidad militarista", dijo Leeds. Ramos coincide con que los problemas son sistémicos. "No creo que la corrupción policial sea la causa de todo. Es la indiferencia", dijo.

Pero incluso aunque las fuerzas del orden público de Río han evolucionado, la policía todavía lucha por ganarse la confianza del público, especialmente en las comunidades pobres.

Una encuesta del Instituto May Promundo descubrió que los residentes de las favelas de Río le temen más a la policía que a los narcotraficantes. Tatiana Moura, directora ejecutiva del instituto, le dijo a UOL: "Le atribuimos esto a la presencia violenta de la policía durante décadas en estas comunidades. La verdad es triste, porque históricamente la presencia del gobierno ha sido más violenta que pacífica".

La policía de Río es conocida por ser de gatillo fácil. En el estado de Río, la policía asesinó a casi 650 personas el año pasado, un aumento del 52% desde 2013, según Amnistía Internacional. Ha habido casos en los que la policía encubrió asesinatos o incluso plantó evidencia, informó la organización. Además, algunos policías de Río están siendo acusados de trabajar con criminales - o de cometer delitos ellos mismos. En 2011, un grupo de policías militares mató a balazos a un juez de Río frente a su casa, y cuatro de ellos fueron condenados posteriormente. En 2012, más de 60 policías militares fueron arrestados por trabajar con la banda de narcotraficantes Comando Rojo, extorsionando a traficantes y negociando ventas de armas y drogas. Algunos también fueron acusados de secuestro, tortura y asesinato. Y apenas este mes, policías armados presuntamente secuestraron y robaron a un luchador de jiu jitsu neozelandés. Otro reto es la impunidad: la policía solo resuelve alrededor del 17% de los homicidios, y un estudio descubrió que el estado de Río tuvo la mayor acumulación de asesinatos sin resolver a nivel nacional.

Los policías son a menudo blancos en sí mismos. No sólo tienen bajos salarios, están mal equipados y mal entrenados, sino que los matan, tanto en servicio como fuera de servicio. Tan solo este año, 63 oficiales de policía fueron asesinados en Río.
Algunos incluso evitan el transporte público o usar placas de policía cuando no llevan uniformes, según un informe de Human Rights Watch. A finales de julio, un oficial de policía saltó de un autobús en movimiento para escapar de un asaltante, rompiéndose un brazo, una pierna y un pie. Un agente de la policía federal que llegó a Río para reforzar la seguridad durante los Juegos Olímpicos de este mes fue asaltado, y los ladrones incluso le robaron su arma de servicio.

Un cambio de enfoque: el programa de pacificación

Hace ocho años se puso en marcha un programa estatal que intentaba fraguar una nueva generación de policías y cambiar el enfoque de la policía hacia la aplicación de la ley.

El llamado programa de pacificación de Río, que comenzó en el año 2008, intentó instalar una presencia policial permanente en las favelas de la ciudad. Implementado por el Secretario de Seguridad Pública, José Mariano Beltrame, primeramente en una sola favela, el programa llegó a tener 40 unidades en toda la ciudad. Esta vez, la policía patrullaría las favelas, se involucraría en la comunidad local y se le pagaría para reducir el crimen - no para producir cadáveres, como era el caso anteriormente.

Al principio, pareció funcionar, los homicidios disminuyeron en estas comunidades, incluyendo los asesinatos cometidos por la policía. En toda la ciudad, la tasa de homicidios se redujo a casi la mitad desde el inicio de la pacificación. Los precios de los bienes raíces aumentaron en las zonas de clase media cerca de las favelas. Un estudio de 2012 del Foro Brasileño de Seguridad Pública encontró que la pacificación hipotéticamente salvó aproximadamente 177 vidas al año en las favelas en ese momento.
Sin embargo, los observadores han dicho recientemente que el programa se está deshaciendo.


El programa comenzó a perder el apoyo del público, sobre todo a raíz de los abusos policiales de gran repercusión en los medios de información, como el caso ocurrido en 2013 en el que la policía torturó y asesinó a Amarildo de Souza, un albañil en la comunidad de Rocinha.Fue algo así como un punto de inflexión donde se comenzó a perder la confianza de la población y el apoyo de las fuerzas de seguridad a sí mismas, dice Muggah. "La policía se hizo más agresiva y la moral comenzó a deteriorarse", dijo. Ramos dijo que la policía está ansiosa por salir de las favelas, y no quiere ser "niñera de los delincuentes."

Los tiroteos han vuelto a ser parte de la vida cotidiana en algunas favelas. Los homicidios aumentaron un 60% en las favelas pacificadas durante la primera mitad del año pasado en comparación con el mismo período de 2014, según los datos estatales más recientes.

Aunque algunos traficantes inicialmente huyeron o fueron detenidos cuando la policía se trasladó hacia las favelas, algunos han vuelto y son más atrevidos que nunca. A finales del año pasado, los traficantes presuntamente incluso expulsaron a la policía de pacificación de dos favelas. En algunas favelas pacificadas, el negocio de la industria de la droga marcha como de costumbre; el comandante de la unidad de pacificación de la Rocinha, la favela más grande de Río de Janeiro, le dijo a la prensa local en 2013 que los traficantes tenían ganancias de más de 3 millones de dólares al mes.

Y conforme la economía de Brasil comenzó a desmoronarse, también se desmoronó el financiamiento a la pacificación, cuyo presupuesto fue reducido en más de un 30 por ciento este año. También perdió parte de su financiamiento privado - incluyendo el que recibía del multimillonario Eike Batista quien cayó en desgracia y perdió gran parte de su fortuna en 2014. "La crisis política y económica que enfrentamos ha tenido y tendrá un efecto muy perjudicial sobre la seguridad pública", dijo Muggah.

Además, las mejoras sociales prometidas como la vivienda, la educación, y el saneamiento nunca se materializaron completamente. Parte del problema es cultural, según los expertos. "No se necesitan megaeventos, se necesita enfrentar los problemas reales aquí", dijo Michaels. "El problema es la desigualdad". Ramos coincide. "Río perdió la oportunidad de integrar las favelas a la ciudad", dijo. "Mi explicación es que probablemente es porque las favelas son favelas".

¿Qué pasará ahora?
Con el declive del presupuesto de seguridad y la esperada dimisión del secretario de seguridad estatal en un futuro próximo, el destino de la pacificación y de una política de seguridad a largo plazo sigue siendo una pregunta sin respuesta.
"A mí me es muy difícil comprender por qué Río sigue perdiendo esta 'guerra' diaria ante semejantes grupos tan burdos y desorganizados", dijo Ramos. "La sensación que tenemos es que vamos a regresar al punto de partida."

En un plazo más largo, los cambios más profundos podrían estar aún muy lejanos. "No tenemos el liderazgo a nivel estatal ni federal ni municipal para realizar las reformas [policiales] que son absolutamente necesarias", dijo Muggah, indicando que los Juegos Olímpicos son en realidad parte del problema. "Nos hemos distraído nuevamente de los verdaderos retos. No se trata de reforzar periódicamente las fuerzas y llenar las calles de hombres vestidos de camuflaje. Necesitamos un enfoque mucho más amplio". Mendes solo desea poder caminar en paz por su vecindario.

El pasado sábado por la noche, mientras se preparaba para salir, la policía lanzó una operación sorpresa. En la plaza cerca de su casa en Complexo do Alemão, se desarrollaba una escena típica de Río: niños jugando al fútbol, adultos bebiendo y escuchando música. Pero entonces llegó un tanque de la policía, con policías disparando y lanzando granadas de concusión. Los residentes se dispersaron aterrados. Mendes decidió quedarse en casa. "La pacificación no pacificó nada. La gente está muriendo - esta situación que enfrentamos es absurda", dijo Mendes. "Ésta no es nuestra guerra."


RELACIONADOS:Violencia
Publicidad