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Un amor enfermo, enfermo de amor

Fer y Martha se conocieron en la Universidad del Tepeyac, en la Ciudad de México, se enamoraron sin saber que compartían algo en su cerebro que cambiaría para siempre sus vidas.
10 Feb 2017 – 6:36 PM EST

Cuando el cura profesa en la iglesia: “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza” sabe él (¿y Dios?) por qué lo dice. Desde ese mismo momento del matrimonio, queda conjurada la posibilidad de que las vidas de los dos amantes pueden cambiar.

Nunca sabemos si el amor va a prevalecer, pero esta es una historia en la que sí.


El día de su boda Fer no necesitaba ninguna advertencia de parte del cura porque él llegó al altar sabiendo cómo era sobrellevar la dura enfermedad que había aporreado a su pareja. Una que hizo que ella, Martha, tuviera que volver a aprender a hablar, a caminar, a juntar los dedos para sostener consistentemente una cuchara y poder comer.

Fer, sin embargo, no podía intuir que la insinuación que hacía el cura fervoroso no era para él. Era para ella.

Fer de 25 y Martha de 20, se conocieron en la Universidad del Tepeyac, en la Ciudad de México. Eran compañeros de clase, simples amigos que pasaron de compartir las fiestas y el descontrol a vivir juntos uno de esos primeros atisbos que trae la adultez de los verdaderos pesos de la vida.

Fer se volvió relevante en la historia de Martha cuando ella, inesperadamente, se enteró de que su intenso dolor de cuello era, en realidad, provocado por una cadena de tumores que inundaban su cerebro. Una que se extendía desde el centro hasta el cerebelo. Removerlos le iba a implicar a la jovencita graciosa volver a aprender cosas básicas: escribir, comer, caminar.

Sabiendo los padecimientos que traería tal retroceso, tal encierro, Fer visitó con disciplina la casa de su amiga. Le ayudó incontables tardes con sus terapias para así lograr que ella pudiera regresar pronto a las clases y consiguiera lo que más anhelaba, graduarse con su promoción.

Después de ser testigo de cómo Martha apenas podía sostener líquidos en su boca, de sus ojos que triplicaban las imágenes y de las pericias que ella tenía que hacer para lograr sujetar una hoja de papel con los dedos, un vínculo muy fuerte se creó entre ellos dos.

Cuatro años después de la recuperación de Martha, se casaron y tuvieron una hija. Azul la bautizaron.

La vida andaba su curso normal cuando una de las tradicionales y fuertísimas migrañas que solían aquejar a Fer no cedió con los días.

Un cuarto oscuro, sin un rayo de luz. Sueño. Un par de pastillas que lo atontaban y nada de bebidas oscuras. Aplicaron todas las estrategias que sabían eran suficientes para lidiar con la dolencia.

El dolor, sin embargo, no se fue.

Martha llamó a su neurólogo, el viejo amigo que la había operado durante ocho largas horas en aquel quirófano. El médico sugirió que fueran a verlo para hacerle unos chequeos a Fer.

“Una resonancia magnética, sería mejor”, le dijo el médico a la pareja sin saber que estaba pronunciando el peor terror de Martha. “Una resonancia magnética” había sido lo primero que había oído años atrás antes de enterarse de lo que tenía.

Martha lloró desconsolada y sin vergüenza ante los dos hombres. El médico, que sabía su historia, sin embargo la alentó: “Es imposible que tu esposo tenga lo mismo, es que si lo tuviera tendrían que irse ya a comprar un boleto de lotería porque se lo ganarían”.

Hubiera sido mejor no haber hecho la broma.

Fer tenía un gran tumor ahí justo en el cerebelo en donde los de ella también se habían resguardado. Parecía que ahora la vida le estaba pidiendo a Martha que hiciera por su amor, lo que él en su juventud había hecho por ella.

Sobrellevaron juntos los dolores. Esta vez la frase inocua de “lo siento mucho” tenía sentido: Martha había sentido en su propia carne lo que ahora hervía al interior de la cabeza de su marido y ahora era ella la que lo ayudaba a recuperar la fuerza de sus piernas y le hacía ejercicios para recuperar la firmeza de sus manos.

Fer, ya aliviado, aún recibe bromas de los hermanos de su esposa: “Tú ya sabías lo que tenías y elegiste a Martha porque estabas convencido de que ella iba a poder acompañarte en todo esto”.

En estricto sentido, eso no es cierto. Aunque quizá en el fondo de su cabeza, sí lo sea.


Martha Sánchez y Fernando Rojas superaron la adversidad de la enfermedad y ahora sanos y salvos siguen residiendo en Ciudad de México con su hija azul de 9 años.

Latin Lovers es un proyecto que nació con la idea de buscar historias reales de amor de latinos por el mundo que pudieran inspirar, conmover y animar a nuestra audiencia en la semana de San Valentín.

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