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En lugar de leerme el tarot me hice una prueba de ADN: esto fue lo que aprendí de mí misma a través de mis genes

United Health Care vaticinó en 2010 que para final de la década se habrían gastado en EEUU alrededor de 25 millones de dólares en test genéticos. Me sumé a esa millonaria lista y por 208 dólares me lancé al ruedo de saber qué ocultaban mis genes. Me revelaron no solo mi procedencia más europea que latina sino además las posibles enfermedades que le puedo heredar a mis hijos.
5 Ago 2017 – 8:47 AM EDT

Compré una prueba de ADN por internet. Su valor, 208 dólares. Podría considerarse una excentricidad, pero si ya había pagado sistemáticamente a tarotistas, lectoras de la carta astral y de la mano para que me dijeran cosas sobre mí (que la mayoría de veces ya sabía), ¿por qué tener aprehensión en gastar un poco más de dinero para hacerle algunas preguntas a mi genes, a todas luces más confiables?

Yo, al final, iba a ser solo una contribuyente más a la cifra que vaticinó UnitedHealth Care en 2010 cuando dijo que al finalizar esta década se iban haber gastado en Estados Unidos entre 15 y 25 millones de dólares en pruebas genéticas.

Decidida, cuando llegó el momento de poner los números de mi tarjeta de crédito, tuve que tomar la decisión de si quería hacerme una prueba que solo me revelara mis ancestros o si quería además agregar todo el reporte de riesgos genéticos.

Desde hace unos meses la FDA aprobó que algunas compañías que hacen pruebas de ADN incluyan unos sofisticados reportes en donde se analizan variantes genéticas asociadas a 10 enfermedades comunes como el Parkinson, la celiaquía, el Alzheimer o la trombofilia. Los informes también te revelan si de verdad eres intolerante a la lactosa, qué tan bien duermes y lo que quizás resulta más asustador: analiza 42 variantes que pueden no afectar tu salud, pero que le podrías transmitir a tus hijos.

Decidí que quería el reporte completo. Mi filosofía, sencilla: si hay algo malo, mejor saber que no saber.

Sin embargo, esa era -al parecer- una decisión todo menos sencilla. Cuando la compañía con la que me hice el test supo que haría la prueba completa me advirtió que la información que iba a conocer tenía el potencial de cambiarme la vida. “¿Está segura de que quiere que le midamos estas variables genéticas?” me preguntaban una y otra vez, al punto que tuve que poner mis iniciales cada vez que daba mi respuesta afirmativa, como si se tratara de la firma de un contrato (o ¿de una sentencia?).

“Definitivamente queremos que nuestros clientes estén bien informados antes de leer y acceder a los reportes que les vamos a entregar. Porque muchos confirman información que ya saben, pero muchos otros descubren cosas sorprendentes como enterarse que tienen un riesgo genético que no sabían que tenían”, me explicó Jhulianna Cintron, especialista en pruebas de ADN de la compañía 23andMe con la que me hice la prueba y de la que recibí un frasquito de plástico que tuve que llenar con saliva. Mucha saliva.


La saliva está llena de glóbulos blancos (leucocitos) que son las que contienen tu ADN, por eso no hay que someterse a un pinchazo o a una prueba de orina. Solo hay que escupir unas cuantas veces, cerrar el frasco que deposita un líquido en el blancuzco fluido y meterlo en la caja que ya tiene la estampilla para enviarlo de vuelta para que la magia de tus genes quede revelada. Los resultados solo llegarían seis semanas después.

Mientras esperaba esas verdades escondidas en mis genes, me topé con cientos de historias que hablaban de las tremendas revelaciones que pruebas como estas han hecho en la vida de la gente.

Leí la historia de Wendy Garret y Lisa Olivera, dos hermanas que no sabían de la existencia de la otra, que habían sido abandonadas y que, después de tomar un barato test de ADN (de solo 99 dólares), habían recibido un mensaje que vaticinaba que Ancestry.com había encontrado una coincidencia genética tal con otra persona que lo más probable era que “fueran hermanas”. ¿Podría ocurrirme algo así de extraordinario a mí?

También vi un conmovedor video en el que se mostraba cómo 67 personas de diferentes partes del mundo que solían odiar algún grupo racial o a la gente de alguna nacionalidad, terminaban teniendo en su composición genética genes de esos pueblos. Conocer el pasado genético se convertía así en una verdadera afrenta a la idea de las fronteras y de la pureza de las razas. Cómo odiar a un pakistaní o a un judío, a un latino o a un palestino si llevas en tu sangre algo de ellos.

Me hizo pensar en que, si estos tipos de test se popularizaban aún más, según Jhulianna Cintron, la compañía 23andme ya ha realizado más de 2 millones en todo el mundo, un día terminaríamos de verdad queriéndonos como hermanitos al descubrir que somos una mezcla amplia de procedencias y nacionalidades.

Pero también me di cuenta de que no todo es color de rosa con estas pruebas. Aunque en 2008 el gobierno federal de Estados Unidos les prohibió a las compañías de seguros denegar su cubrimiento a aquellas personas que tuvieran alguna mutación genética con el Acto GINA (Genetic Information Nondiscrimination), los seguros de vida, incluso los seguros por discapacidad no quedaron cobijados por esta norma. Así que muchas mujeres que, por ejemplo, se están haciendo por recomendación de sus ginecólogos esa prueba genética ( BRCA test) que tan famosa hizo Angelina Jolie con la que se detecta propensión al cáncer de seno, podría ser usada por las compañías de seguros de vida para no darte cubrimiento.

No puedo negar que cuando en mi bandeja de Gmail apareció con signos de admiración la notificación de que mis reportes de ADN habían llegado sentí un cierto crujir en mi panza. Abrirlos, sin embargo, fue una muy interesante experiencia. Resulta que, a pesar de ser colombiana, un 74,4% de mi genes son europeos, con más precisión 42,3% Ibéricos y 22,4% del sur de Europa. Casi un 20% son nativoamericanos, un 1,5% son del norte de África y un 3,11% simplemente no se pueden rastrear.

Lejos de lo que decía mi tío Hugo, no tenía genes alemanes provenientes de los hombres que colonizaron las montañas de Colombia para sembrar tabaco. Tenía sí genes españoles, como la mayoría en Latinoamérica y genes indígenas.


Luego resulta que tengo tremendos genes, ninguna de las variantes que mide el test que me pueden afectar a mí o a mi descendencia fueron detectadas. No presenté la variante del Parkinson a la que más temía, porque mi abuelo murió tras padecer largos años esa enfermedad.

El reporte se ve tan contundente que dan ganas de usarlo como estrategia para conseguir un marido. “Oigan soy una excelente candidata para tener hijos”, quisiera gritar. Quizás algún día con la popularización de estas pruebas hasta eso sea determinante en los perfiles de Tinder.

Por lo pronto, confirmar que en mi saliva los científicos pueden saber que yo y mi descendencia probablemente tengamos el pelo ondulado, que nuestros hijos nazcan con mucho pelo y que tengamos el dedo gordo del pie más largos que los otros hace parecer todo no más que un juego.

Bueno, entre juego y juego, en 30 días de haberme hecho la prueba he encontrado a un montón de primos segundos y terceros todo gracias a una opción que se llama Parientes de ADN (Relatives DNA).

“Este es una aplicación opcional con la que los que se hacen la prueba pueden descubrir otra gente en nuestra base de datos con la que comparten AND y conocerse”, me explica Jhulianna Cintron.

Las cifras, en realidad, se vuelven un poco abrumadoras, solo con la gente que se ha hecho las pruebas de 23andme tengo 52 parientes cercanos que incluye hermanos, tíos, tías, y primos segundos y 1,206 entre primos terceros y cuartos esparcidos por 6 países ¿Quiénes son todas estas personas? Cinco ya me han saludado. Uno me escribió "Hellooo prima". Aún a ninguno le contesto.


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