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Así será el fin de los Everglades y del Sur de Florida por el cambio climático

Así será el fin de los Everglades y del Sur de Florida por el cambio climático

Un viaje a lo más profundo del deterioro de los Everglades.

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Por Maddie Stone

Es un día extremadamente caluroso a mediados del verano, y la hierba juncia [sawgrass] se extiende bajo un cielo azul claro. El agua me llega hasta la cintura, poco a poco me voy hundiendo en el fango y trato de espantar los mosquitos mientras un hombre del Distrito de Control de Aguas del Sur de Florida mezcla una bolsa de sal en un cubo del tamaño de una tina al lado del camino. Diez metros adentro de la ciénaga, otro funcionario municipal protegido por botas de pescador y un sombrero con mosquitero está de pie sobre un angosto andamio de acero, dejando colgar sobre un recipiente de plexiglás el extremo de una larga manguera.

El experimento parece ser lo suficientemente inocuo. Se está añadiendo agua de mar al agua dulce del humedal, y los científicos están observando lo que sucede. El lúgubre subtexto es que este mismo experimento está por realizarse en la vida real y a una enorme escala, desde aquí, en el sur de los Everglades, hasta Miami, a 65 kilómetros al este, y hasta los Cayos de Florida, directamente al sur. Si no se equivocan los científicos, gran parte del Sur de la Florida se encontrará bajo el agua a finales del siglo XXI.

Un humedal de  juncias en el sur del Parque Nacional Everglades (Todas l...

Un humedal de juncias en el sur del Parque Nacional Everglades (Todas las fotos por Maddie Stone)

Cerca de mí, sacando del agua lo que parecen ser las hebras de una bufanda cubierta de musgo, se encuentra Viviana Mazzei, estudiante de doctoraddo en ecología en la Florida International University (FIU). Ella explica que es una esterilla de perifiton, una simbiosis única de algas, bacterias y demás microorganismos que forman la base de la cadena alimentaria de los Everglades. Cuando llegue el agua salobre, lo más probable es que este perifiton desaparezca, con profundas consecuencias ecológicas.

“La urgencia de realizar este trabajo nunca ha sido mayor”, me dijo luego por teléfono Tiffany Troxler, la ecologista de la FIU que dirige el experimento. “Los Everglades son un tesoro mundial, y quisiéramos que las personas sigan viniendo para disfrutar de ellas por muchos años más”.

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Hoy los Everglades están librando una batalla. Su adversario –la subida del nivel del mar ocasionada por el cambio climático causado por el hombre– es implacable y despiadado. Se acerca más rápido de lo que pensamos. Y a diferencia de una previa guerra entre el hombre y el llamado río de hierbas, esta batalla no tendrá ganadores.


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La primera batalla de los Everglades comenzó hace más de un siglo, cuando colonizadores europeos llegaron al Sur de Florida con la intención de cultivar la tierra y construir ciudades, pero en vez de eso se encontraron vadeando un pantanal lleno de mosquitos. Era un lugar deprimente, lúgubre y abominable, “apto sólo para las madrigueras de alimañas nocivas, o el centro recreativo de pestíferos reptiles”, según uno de los primeros informes del gobierno.

En otras palabras, eran la última frontera de Estados Unidos y el derecho divino del hombre a conquistarla. Y los hombres conquistaron, o por lo menos lo intentaron. Por décadas, los esfuerzos por domar los humedales resultaron inútiles. Las olas cambiaron en 1928, cuando un devastador huracán inundó el Lago Okeechobee –un enorme reservorio natural que surtía de agua a los humedales hacia el sur– ahogando a casi 3,000 pioneros de los Everglades. Ese desastre motivó al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos a construir un enorme dique entorno del lago, obstruyendo la fuente de vida de los Everglades y drenando centenares de miles de hectáreas para uso en agricultura. Al este, al oeste y al sur del Lago Okeechobee, el Cuerpo de Ingenieros construyó miles de kilómetros de diques y canales para desviar las aguas de una manera más ordenada.

Ejemplo de un canal artificial excavado para desviar las aguas en el Sur...

Ejemplo de un canal artificial excavado para desviar las aguas en el Sur de la Florida.

Adelantémonos al 2016. En el área metropolitana de Miami viven casi seis millones de personas y el valor de sus inmuebles es de centenares de miles de millones de dólares. Es un destino popular para el turismo, la entrada a la América Latina y la sede principal de corporaciones trasnacionales como Burger King y Office Depot. El paulatino flujo del agua dulce por entre un río de hierbas de ciento sesenta kilómetros de longitud y cien kilómetros de ancho ya no existe; ha sido reemplazado por la estructura para el control de inundaciones más grande de los Estados Unidos.

Un corto paseo en su interior revela lo que la subyugación de los Everglades ha logrado: un ecosistema vuelto un desastre. Reducidos a menos de la mitad de su antigua extensión y recibiendo sólo la tercera parte del agua dulce que antes recibían, la mayoría de los humedales restantes se encuentran demasiado secos. El censo de aves, peces y reptiles nativos ha disminuido escandalosamente; sobreabundan las especies invasivas. Los brotes de algas tóxicas ya son una tradición veraniega. Las llamadas “zonas blancas” –enormes extensiones de vegetación seca– salpican el panorama del humedal más grande de Estados Unidos como si se tratara de úlceras cutáneas.

Aun así, los problemas ecológicos precipitados por la urbanización y el drenaje artificial palidecen al compararse con la amenaza existencial representada ahora por el exceso de carbono en la atmósfera: la subida del nivel del mar.

“Lo más importante que hemos descubierto con base en estudios previos es que el nivel del mar sube en pulsaciones”.

Desde 1930, los niveles del mar en el Sur de Florida han subido casi treinta centímetros. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático pronostica de manera conservadora un metro más en la subida global del nivel del mar durante este siglo, a medida en que se derriten las capas del hielo polar y que se expande el área de las aguas del mar al recalentarse. La Administración Nacional para el Océano y la Atmósfera pronostica una subida de hasta dos metros.

Ciénaga de hierba juncia en el Parque Nacional Everglades.

Ciénaga de hierba juncia en el Parque Nacional Everglades.

Hal Wanless, geólogo de la Universidad de Miami, quien ha pasado 50 años documentando los últimos 18,000 años de cambios en el nivel del mar en el Sur de Florida, piensa que ecciones del gobierno son demasiado bajas. “Lo importante que hemos descubierto al estudiar el pasado es que el nivel del mar sube a base de pulsaciones”, me dijo cuando me reuní con él en su oficina en la universidad. Estas pulsaciones, que han causado subidas de hasta diez metros por siglo en el nivel del mar durante un reciente pasado geológico, están relacionadas con periodos de “rápida desintegración de las láminas de hielo” de Groenlandia y la Antártida.

Wanless piensa que ahora estamos entrando en un periodo parecido. Y, ciertamente, las evidencias van acumulándose. A fines de la década de 1980, ya ocurría. Ahora, ese derretimiento se acelera. Un reciente estudio en la publicación Geophysical Research Letters calcula que Groenlandia perdió 1,000 millones de toneladas de hielo entre 2011 y 2014, contribuyendo a la subida global del nivel del mar dos veces más de lo que sucedió durante las dos décadas anteriores.

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Todo esto es sólo el principio. Un reciente estudio en Nature Climate Change concluye que aun si cada nación redujera agresivamente sus emisiones de carbono, en todo caso seguiríamos enfrentando una subida en el nivel del mar de casi 30 metros a largo plazo.

Plano, bajo y sobre roca firme porosa, el Sur de Florida es extremamente...

Plano, bajo y sobre roca firme porosa, el Sur de Florida es extremamente vulnerable a los impactos de la subida del nivel del mar.

En cuanto a litorales vulnerables, el Sur de Florida se encuentra en primer lugar. La región no sólo es muy plana y muy baja, sino que yace sobe roca firme calcárea derivada de los arrecifes prehistóricos. “La analogía que más se usa es el queso suizo lleno de agujeros”, me dijo Doug Yoder, subdirector del Departamento de Aguas y Alcantarillados de Miami Dade. Durante miles de años, el agua de lluvia ácida ha perforado agujeros en la roca calcárea, permitiendo que las aguas del mar suban cual burbujas desde abajo.

“No se puede construir diques o barras de arena para que no entre”, dijo Jim Cason, alcalde de Coral Gables. Como alcalde de una ciudad que habría estado bajo el agua hace unos pocos millones de años, Cason conoce bien la delicada relación que tiene su comunidad con el mar. Él tiene un dicho sobre el Sur de Florida: “Nuestro futuro depende de lo que pase con el hielo”.

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Aun así muchas personas no entienden”, dijo Wanless, describiendo una ocasión en la que lo llamaron del Departamento de Obras Públicas de Miami Beach en 2009. En aquel entonces, apenas empezaba a llamar la atención la ya notoria inundación por acción de las mareas. Wanless recuerda ver un grupo de hombres vestidos de traje y corbata diciendo, “Dr. Wanless, tenemos un problema. Necesitamos saber dónde poner el agua”.

“Yo les dije, ‘pueden ponerla donde quieran’”, me dijo. “Es el océano. Ya llegó”.

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La batalla contra el aumento en los niveles del mar es conspicua en Miami Beach, donde ya se invierten centenares de millones de dólares para elevar las vías e instalar equipos de bombeo para desviar el agua salada hacia la bahía sw Biscayne. Pero a lo largo de las costas menos urbanizadas del Sur de Florida, un asedio aún más dramático ha llamado relativamente poco la atención.

Tomemos el ejemplo de Cape Sable, una solitaria extensión de humedales, manglares y playas de arena blanca en el extremo suroeste del Parque Nacional Everglades. Wanless ha seguido por décadas el lugar y ha visto como la orilla ha cedido centenares de metros. “Ésta es un área muy dinámica y nos da cierta idea de los tipos de cambios que vamos a ver”, dijo.

Imagen de Google Earth de Cape Sable con imagen sobrepuesta de la de la...
Imagen de Google Earth de Cape Sable con imagen sobrepuesta de la de la orilla histórica, de Erik Stabenau

Los problemas de Cape Sable comenzaron a principios del siglo XX, cuando unos colonizadores excavaron canales hacia el océano para drenar el pantanal del interior y facilitar el establecimiento de pastos para la ganadería. Al final las tierras fueron abandonadas, pero los canales permanecieron y se hicieron más anchos al pasar de los años, canalizando las aguas saladas hacia el humedal de hierba juncia, antes un ecosistema de agua dulce. Hoy, esto está causando que colapsen las gruesas capas de turba [carbón ligero, esponjoso y de aspecto terroso que se forma en lugares pantanosos debido a la descomposición de restos vegetales] de los humedales.

“Hay que entender que esta tierra con altos contenidos de turba orgánica que tenemos en los Everglades representa un equilibrio entre la producción de material vegetal y las fuerzas que descomponen ese material vegetal”, me dijo Steve Davis, un ecólogo de la Fundación Everglades. “A medida en que esas tierras son expuestas a la sal, la balanza se inclina hacia un rápido deterioro”.

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Ahora se está observando el colapso de la turba también en los humedales del interior hambrientos de agua dulce, y a medida que el agua salada invade más terrenos, el problema se agrava. “Mientras más miramos, más evidencias notamos”, dijo Davis. “La tasa de pérdida de elevación del terreno que podríamos tener es algo potencialmente dramático”.

La zona de transición entre la hierba juncia y los manglares cerca del l...
La zona de transición entre la hierba juncia y los manglares cerca del límite sur del Parque Nacional Everglades.

Según Erik Stabenau, un oceanógrafo del Servicio de Parques Nacionales, la cuestión de decidir si restaurar o no los colapsados humedales de Cape Sable –ya abiertos lagos de agua salada– se complica con la subida del nivel del mar. “Podemos bloquear el flujo por los canales de modo que no entre el agua de mar”, dijo. “Y podríamos controlarlo por una o dos generaciones. Pero nuestro asunto es para siempre”.

Más hacia el este, los ecosistemas de la Bahía de Florida también sufren, debido a los históricos problemas de drenaje y al cambio climático moderno. Con algo más de 2,000 kilómetros cuadrados entre la costa sur y los Cayos de Florida, la bahía alberga una impresionante variedad de plantas, peces, aves, manatís en peligro de extinción, delfines mulares, tortugas mordedoras y cocodrilos americanos. Al igual que la versión sedienta de las tierras del parque más al norte, recibe mucho menos agua dulce que antes.

“La tasa de pérdida de elevación del terreno que podríamos ver es algo potencialmente dramático”.

Si hay demasiados días calientes y sin suficiente lluvia, los niveles de salinidad de la Bahía de Florida se disparan –que fue precisamente lo que ocurrió el otoño pasado después de una severa sequía–. ¿Las consecuencias? Decenas de miles de hectáreas de pastos marinos se marchitaron y se extinguieron, tiñendo el estuario con una emanación de sulfuro amarillo.

Por ahora, la mortandad parece haber cesado. Pero a medida que más y más kilómetros de pastos marinos se pudren por el calor del verano, éstos son devorados por aguavivas que excretan desperdicios ricos en nitrógeno y fosfatos. Los ecólogos temen que esto precipite un enorme brote de algas, obstruyendo la luz del sol, y extrayendo de la bahía el poco oxígeno que queda. “Es como una reacción en cadena que hace que la mortandad persista por mucho tiempo”, dijo Davis.

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De una u otra manera, los pastos marinos necesitarán años para recuperarse. Mientras tanto, la semi-sana Bahía de Florida seguirá luchando contra las tormentas y los crecientes niveles del mar. No está claro si esto significa que el océano invadirá el interior con mayor rapidez.

Lo que está claro es que sí lo invadirá y si Wanless no se equivoca eso será pronto. Esto hace más urgentes las investigaciones de Troxler y sus estudiantes. Después de observar el riego con salmuera de un humedal de agua dulce, Mazzei y yo fuimos hacia el sur a un lugar de agua salobre, donde se aplicaba el mismo método. Aquí ha pasado factura la falta de agua dulce causada por una reciente sequía y el exceso de diques que hay más hacia el norte. En algunos lugares, los mechones de juncias se elevan casi treinta centímetros por encima de la turba, con sus largas raíces blancas expuestas como si fueran dientes con retracción de las encías.

Un experimento dirigido por la Florida International University añade ag...
Un experimento dirigido por la Florida International University añade agua salada para explorar los efectos de la subida del nivel del mar.

Ben Wilson, estudiante de doctorado nacido en Alabama, se encuentra en el fango tomando mediciones del dióxido de carbono, del metano y de otros gases invisibles provenientes de las parcelas a las que se le ha añadido agua salada. Él nos explica que estas huellas químicas ayudarán a los científicos a entender cómo importantes procesos ecológicos, como el secuestro de carbono, serán impactados por la subida del nivel del mar.

Le pregunto a Wilson si estudiar un sistema malhadado lo deprime de alguna manera. Dice que de veras no. “Si podemos aprender algo que nos ayude a preservar estos ecosistemas por un corto tiempo adicional, a mi parecer, valdría la pena”.

Uno podría desestimar la deplorable situación de los humedales por ser una trivialidad al compararse con el aniquilamiento de ciudades enteras a lo largo del litoral del Sur de Florida, pero las dos cosas están inextricablemente conectadas. Millones de personas que viven en la zona metropolitana de Miami beben agua proveniente del acuífero Biscayne, un enorme yacimiento de agua dulce con forma de lente debajo de gran parte del Sur de Florida. Si los Everglades se tornaran más salobres entonces lo mismo pasaría con las aguas que se consumen en Miami. “Solo si podemos mantener unidos esos humedales podremos proteger la calidad del agua”, dijo Troxler.

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El agua dulce fluye por el acuífero Biscayne en una dirección que va hacia el sureste, mezclándose con el agua del mar al llegar a la costa. Pero a medida que sube el nivel del mar, el filo delantero del agua del mar avanza. Esto ya ha causado la contaminación de algunos pozos de agua potable en Hallandale Beach. Con 20 centímetros más de subida se volverían inútiles más de la mitad de las estructuras para el control de inundaciones construidas para mantener alejadas las aguas del mar. “Simplemente, la gravedad terrestre no nos servirá como antes”, dijo Yoder.

Existe sin embargo una manera de ganar tiempo para las comunidades del Sur de Florida: restaurar el flujo de agua que venía desde el norte para contrarrestar la subida del nivel del mar. Y ese ha sido precisamente el argumento presentado por conservacionistas durante décadas.

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A decenas de kilómetros al oeste de Miami, los centros comerciales se hacen escasos y ceden espacio a praderas de juncia, marcando el límite del Parque Nacional Everglades. Si usted quiere cruzar el parque y aprovechar un paseo en lancha que sale de Everglades City, existe una sola ruta, la carretera denominada Tamiami Trail.

Cortando directamente a través del parque como una línea trazada con lápiz sobre un panorama de apagados matices pardos y verde oliva, el Tamiami Trail fue considerado una hazaña de ingeniería cuando se construyó sobre rellenos en los años veintes del siglo pasado. Ahora, como muchos otros legados del boom de urbanización en el Sur de Florida, está claro que esta carretera ha ocasionado un daño incalculable a los Everglades.

Una sección de la carretera denominada Tamiami Trail
Una sección de la carretera denominada Tamiami Trail

Un canal más o menos del ancho de la propia carretera bordea el lado del Tamiami Trail que mira hacia el norte, atrapando el agua dulce, desviándola hacia el este, hacia los acuíferos de la costa. “El Tamiami Trail se ha vuelto un obstáculo para el flujo de agua dulce desde el norte hacia el sur –básicamente sirve de represa”, me dijo Julie Hill Gabriel, directora de políticas relacionadas con los Everglades de la Sociedad Audubon de Florida. “Uno de nuestros grandes retos es: ¿cómo quitar del medio ese obstáculo?”

Por ahora, la solución consiste en elevar partes de la carretera para que el agua pueda fluir por debajo. Una sección de kilómetro y medio del llamado Puente Tamiami fue completada en 2013, y la construcción de otro segmento de casi cuatro kilómetros podría comenzar en este otoño. Eventualmente, el gobierno federal piensa extender el puente hasta casi diez kilómetros.

Un camino de tierra un poco al norte del Tamiami Trail.
Un camino de tierra un poco al norte del Tamiami Trail.

Es una victoria mayor para los conservacionistas, pero en realidad el Puente Tamiami es una pequeña parte de lo que se necesita para solucionar los problemas de las aguas de los Everglades. El problema fundamental es que ya no viene suficiente agua dulce hacia el sur desde el Lago Okeechobee, y ese problema requiere de soluciones de ingeniería más complejas y costosas.
Ahí es donde el Plan Comprensivo para la Restauración de los Everglades (CERP) entra en juego. En el momento de su lanzamiento oficial en el año 2000, este esfuerzo de varias décadas –dirigido por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército– para restaurar los Everglades reintroduciendo las aguas donde necesitan estar, fue definido como un proyecto de 10,500 millones de dólares. Después de veinte años, ha sufrido demoras y recortes de presupuesto, combatido por el cabildeo de sectores agrícolas, y todavía falta mucho para completarlo . Mientras tanto, los costos estimados del plan CERP se han disparado.

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Uno de los mayores retos para la restauración de los Everglades es simplemente adquirir tierras que quedan al sur del Lago Okeechobee, en lo que se conoce como el Área Agrícola de los Everglades (EAA). “Necesitamos grandes humedales restaurados con ingeniería”, me dijo Zack Jud de la Sociedad Oceanográfica de Florida. “En vez de canalizar miles de millones de galones de agua (desde el Lago Okeechobee) hacia la costa, necesitamos dejar que esas aguas fluyan por entre las ciénagas que sirven para filtrarlas de manera natural, de modo que ya cuando llegan al sur están lo suficientemente limpias como para introducirlas en los Everglades”.

Los brotes de algas, tal como aparecen aquí en Stuart, Florida en julio...
Los brotes de algas, tal como aparecen aquí en Stuart, Florida en julio del 2016, representan un efecto secundario de la actividad agrícola y el drenaje artificial en el Sur de la Florida.

Pero gran parte de las tierras que pudiesen ser utilizadas para almacenar las aguas para luego dirigirlas hacia estos humedales son propiedad de varias compañías azucareras con mucho poder político, las cuales prefieren que el sistema de la distribución de las aguas en el Sur de la Florida se quede tal cual como existe.

En 2014, después de que una gran parcela de tierras al sur del lago fuera puesta en venta, los ciudadanos de Florida votaron contundentemente a favor de la Enmienda 1, la cual designó centenares de millones de dólares para la compra de dicha parcela. En vez de hacerlo, el estado se aprovechó de ese dinero usándolo para adquirir cualquier cosa que luciera como conservación. Incluso, regalaron parte de estas tierras directamente a agricultores. Los defensores del medio ambiente le echan la culpa directamente al cabildeo de la industria azucarera.

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“Los recursos de la Enmienda 1 fueron malversados y no tuvimos la oportunidad de adquirir tierras al sur del lago”, dijo Jud. “El gobernador se puso del lado de la industria azucarera”.

A pesar de recientes reveses, los partidarios de la restauración de los Everglades se sienten alentados por el apoya del público con su causa. Ahora existe un consenso general de que dirigir las aguas dulces hacia el sur es nuestra mejor solución, tal vez la única, para revitalizar los Everglades –interrumpir el colapso de la turba, evitar la desaparición de los pastos marinos– y permitir que ocurran más transiciones ecológicas naturales a medida que avance el cambio climático.

Es más, con la amenaza de que la subida del nivel del mar borre del mapa el Sur de Florida, unos Everglades sanos podrían ser la última línea de defensa. “Se podría decir que la restauración de los Everglades es un despilfarro de dinero porque en todo caso todo quedará inundado por el mar”, dijo Wanless. “Pero se necesita tener un nivel de agua dulce más elevado y más fiable que fluya por entre los Everglades, y que los humedales puedan acumular de nuevo más turba, y que podamos evitar que las aguas del mar sigan invadiendo. Y eso vale tanto como el oro”.

“Al restaurar las aguas conseguimos tiempo”, dijo Stabenau. “Ciertamente nos consigue resiliencia ambiental. ¿Acaso sirve para solucionar el problema eternamente? No pienso que el nivel del mar vaya a subir unos pocos centímetros para luego detenerse. Pero si luego resulta que tenemos soluciones de ingeniería para los problemas climáticos y de las aguas, estaremos consiguiendo tiempo para descubrir qué es lo que hay que hacer”.

Estos pequeños islotes resguardados por los manglares son una ubicua car...
Estos pequeños islotes resguardados por los manglares son una ubicua característica de las Diez Mil Islas.

En mi último día en los Everglades, fui de paseo por las Diez Mil Islas, un archipiélago pantanoso que bordea la costa suroeste de la Florida. Durante miles de años los nativos vivían aquí como reyes, festejando con ostiones, cangrejos, langostas y pescado. Halcones peregrinos volaban por encima mientras nuestra lancha navegaba por entre mechones de tierra resguardados por las tortuosas raíces de los manglares. Se veían las siluetas de los manatís, con forma de salchicha, y aparecían para luego desvanecerse. Un delfín mular se aprovechó de la estela generada por nuestra lancha y nos siguió, saltando del agua a medida que nuestro guía maniobraba para generar más estelas.

En este andrajoso mosaico de tierra y agua, los Everglades siguen siendo silvestres. Las amenazas existenciales que yo llegué a conocer durante la semana pasada parecieran desvanecerse hacia la irrelevancia. Se me hacía difícil imaginarme cómo los seres humanos pudiesen destruir algo tan extenso.

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Pareciera como si mi guía compartiera esta opinión. La subida y la bajada del nivel del mar, dijo él, es algo que preocupa a los habitantes de Miami. Por estos lados la voluntad del mar es inevitable, parte de la esencia de la vida, igual que la salida y la puesta del sol.

Algún día Florida se encontrará de nuevo bajo el agua, probablemente a pesar de lo que nosotros hagamos. Pero en este momento, dentro de las prioridades que les importan, son las personas quienes determinarán el destino de estas tierras. A medida que se acercaban los negros nubarrones de una tormenta, nos dimos prisa por regresar a la orilla.

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Maddie Stone

Maddie is a staff writer at Gizmodo

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