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Preguntas para John Kelly de un Marine a otro

Sus declaraciones y acciones relacionadas con la migración desde que cambió su uniforme de servicio por un traje azul y el puesto de jefe de gabinete presidencial son reprobables precisamente porque él mismo es un producto de la migración.
Opinión
John D. Feeley es un ex diplomático de carrera y piloto de helicópteros del U.S. Marine Corps.
2018-05-13T15:21:27-04:00
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El marine retirado John F. Kelly, el elegido de Donald Trump para el departamento de Seguridad Nacional. Crédito: MANDEL NGAN/AFP/Getty Images

El Jefe de Gabinete del presidente Trump John Kelly y yo tenemos mucho en común.

Ambos somos marines. Él era general de cuatro estrellas y yo era capitán. Sin embargo, quien alguna vez fue Marine, siempre será Marine. Nuestra hermandad en la fuerza de combate más poderosa del mundo es una realidad, independientemente del hecho de que el general Kelly se sacrificó y pasó muchas más pruebas que yo o la mayoría de los Marines.

Ambos servimos al pueblo estadounidense de forma apolítica durante más de tres décadas. Kelly alcanzó, por méritos, los niveles más altos del Cuerpo de Marines. Tras mi servicio de 7 años en el Cuerpo, ascendí a través de las filas del cuerpo diplomático de carrera hasta convertirme en embajador de Estados Unidos.

Por último, los dos tenemos ascendencia irlandesa-italiana, de inmigrantes europeos que llegaron al noreste a principios del siglo XX. La familia de Kelly se fue a Boston; la mía a Nueva York.

Pero ahí es donde terminan las semejanzas.

En su reciente entrevista con National Public Radio (NPR), el Jefe de Gabinete Kelly mostró una cara más suave y amable de la política de inmigración excluyente del presidente Trump, pero definida por un racismo muy real y condescendiente: los latinos no pueden adaptarse hasta convertirse en verdaderos estadounidenses.

Y fue precisamente por esa perversión de los valores estadounidenses que recientemente decidí abandonar mi carrera en el Servicio Exterior.

Ni yo ni nadie debería cuestionar el legado de servicio patriótico de John Kelly a nuestro país mientras fue militar. Él y su familia pagaron el precio más alto cuando su hijo, también Marine, murió en operaciones de combate en Afganistán en 2010. La estoica aceptación de esa tragedia por parte del general Kelly ocultó lo que es un dolor desconocido para todos menos para las familias estadounidenses que han recibido la Estrella de Oro por haber perdido hijos en combate. Les damos las gracias, y rezamos por todas ellas.

Pero sus declaraciones y acciones relacionadas con la migración desde que cambió su uniforme de servicio por un traje azul y el puesto de jefe de gabinete presidencial son reprobables precisamente porque él, como producto de la migración, sabe bien lo que eso conlleva.

En su entrevista con NPR del 11 de mayo, Kelly habló del recorrido migratorio de su propia familia. Sorprendentemente, también reconoció que los inmigrantes en su mayoría latinos de hoy no son delincuentes.

Al decir esto — una verdad absoluta, según las estadísticas del Departamento de Justicia y del FBI — refutó directamente a su jefe, quien usualmente pinta un cuadro de "American carnage" (un sangriento campo de batalla) el cual se caracteriza por una frontera sur descontrolada, abrumada por pandilleros centroamericanos, y narcotraficantes y violadores mexicanos.

Bueno, general, ¿quién tiene la razón? ¿Usted o el presidente?

Usted tiene la obligación moral de corregir a su jefe francamente cuando critica de manera tan incorrecta a los migrantes latinos. Y como Secretario de Seguridad Nacional y Jefe de Gabinete, a quien todo el mundo reconoce como el único adulto en la habitación, no lo ha hecho.

Hasta ahora. ¿Por qué hasta ahora? ¿Seguirá haciéndolo?

Quizás lo más decepcionante haya sido la letanía de falsedades que dijo Kelly acerca de que los inmigrantes actuales no quieren aprender inglés y, por lo tanto, son incapaces de adaptarse. Según varios estudios académicos, esto sencillamente no es cierto.

El general Kelly debería recordar las historias de sus abuelos acerca de INNA, que a finales de la década de 1880 y principios de 1900 significaba "Irish Need Not Apply" (Los Irlandeses No Deben Solicitar). Los empleadores simplemente no querían a los "irlandeses revoltosos". Todos los estadounidenses de segunda generación y gran parte de los de tercera generación de ascendencia irlandesa conocen estas historias.

La primera revista sarcástica de humor en Estados Unidos, Puck, captó este prevaleciente estereotipo negativo que pintaba a los inmigrantes irlandeses como alborotadores borrachos y gruñones. En la caricatura, una asediada representación del tío Sam enfrenta a un simiesco inmigrante irlandés con estas características estereotípicas, mientras que otros inmigrantes se adaptan claramente a las reglas de su "casa de huéspedes".

Un siglo más tarde, el presidente Trump, Steven Miller y otros han revivido el lenguaje atroz de la antigua injusticia estadounidense y niegan la larga historia de nuestra nación como refugio para las masas cansadas, pobres y amontonadas, que intentan comenzar de nuevo y trabajar muy duro en unos Estados Unidos que les ofrece oportunidades a todos. En lugar de la Estatua de la Libertad, este gobierno quiere un muro grande y hermoso.

Quizás el Jefe de Gabinete Kelly cree que los inmigrantes caucásicos de habla inglesa — como los noruegos a quienes su jefe favorece — son candidatos "mucho más iguales" para la asimilación en Estados Unidos, en contravención directa a la exhortación de nuestra Declaración de Independencia de que "todos los hombres han sido creados iguales".

O quizás al general Kelly le preocupa, como mismo les preocupaba a los manifestantes neonazis en Charlottesville, que los judíos reemplacen a los supremacistas blancos y sus reclamos engañosos de un derecho más profundo y más válido a ser estadounidenses.

Al colega judío de Kelly en la Casa Blanca, el Sr. Miller, debería preocuparle ese tema de conversación en particular. Según Politico, sus antepasados llegaron a Estados Unidos hablando yiddish y huyendo de los pogromos rusos en Bielorrusia.

Lo que más me duele es que el John Kelly que conocí como un joven marine y como embajador no manifestaba estas malvadas creencias antiinmigrantes. Él, como yo y todos los Marines, entendía que aquéllos que voluntariamente eligieron someterse al desafío del campo de entrenamiento de los marines emergieron como verdaderos hermanos, sin importar el tono de piel, el origen étnico o incluso el acento con que hablaban el inglés.

Entonces, ¿qué le pasó a ese John Kelly?

¿De veras cree que los inmigrantes que han vivido y trabajado legalmente en Estados Unidos — como los beneficiarios del Estatus de Protección Temporal para haitianos, hondureños y salvadoreños — NO se han adaptado después de 20 años aquí, al menos en la medida en que se adaptó su bisabuelo italiano, quien no hablaba inglés? ¿No cree que el bisnieto de uno de esos inmigrantes no criminales podría algún día convertirse en un Marine de 4 estrellas como él mismo hizo? ¿Piensa que, al separar a los niños inmigrantes de sus padres en la frontera, en escenas que recuerdan "La Decisión de Sophie", estamos haciendo de Estados Unidos un gran país nuevamente?

John Kelly, producto estadounidense de la población de inmigrantes, tiene que dar más explicaciones.


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