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Los campos de Trump nos enlodan a todos

“Como miembros de una colectividad humana, y como individuos, no deberíamos juzgarnos solamente por la forma en que rechazamos los crímenes y atrocidades del pasado, como el Holocausto, sino también y sobre todo por la forma en que rechazamos los que se llevan a cabo frente a nuestros ojos”.
Opinión
Miembro de la unidad política de Univision Noticias.
2019-06-24T11:28:22-04:00

El Holocausto, en el que los nazis asesinaron vilmente a seis millones de judíos y a otros millones de personas de distintos orígenes y religiones, fue la Caída moderna de la humanidad, como elocuentemente sostuviera el pensador estadounidense Robert Nozick en The Examined Life. Una barbarie tan incomparable en sus causas, magnitud y alcance, y perpetrada en tan poco tiempo, que estamos condenados a tratar de superar eternamente la mancha moral que dejó sobre nuestra especie. Eso nos obliga a permanecer alertas y combatir oportuna y decisivamente las atrocidades que se cometen en la época que nos toca vivir. Una pregunta fundamental es si los centros de detención de inmigrantes en Estados Unidos, bajo el mandato del presidente Trump, han alcanzado el rango de atrocidad, de campos de concentración, como denuncia con vehemencia la representante demócrata de Nueva York Alexandra Ocasio Cortez. Y si debemos oponernos de forma resuelta a que continúen funcionando de la manera que funcionan.

Lo primero que deberíamos tener en cuenta es que los nazis no fueron los primeros utilizar campos de concentración, si aceptamos la definición general del término: lugares “donde grandes cantidades de personas, especialmente prisioneros políticos o miembros de minorías perseguidas, son detenidas deliberadamente en un área relativamente pequeña con instalaciones inadecuadas”. El general español, Valeriano Weyler, creó en Cuba algunos de los primeros campos de concentración de la era moderna o contemporánea, en 1896, en plena guerra de independencia cubana. 150,000 cubanos perecieron en ellos en tres años. Poco después, en 1899, Estados Unidos internó en campos de concentración a decenas de miles de filipinos durante la Guerra Hispanoamericana. Muchos murieron. Stalin llevó a millones de personas a campos de concentración soviéticos aun antes de que Hitler erigiera sus sistemáticos campos de exterminio. El “Querido Padre” de los comunistas mató a cientos de miles. Y después de la Segunda Guerra Mundial, dictaduras de todo pelaje han establecido campamentos de trabajo forzado y de muerte desde Asia hasta África y Cuba.

Además del obligado repaso histórico, debemos preguntarnos por las condiciones en que actualmente se encuentran algunos centros de detención de inmigrantes en Estados Unidos. Y las respuestas que nos están llegando son perturbadoras. Hace unos días, un grupo de abogados ganó en corte el derecho a visitar uno de esos centros en McCallen, Texas. Sus testimonios dejan poco margen para las dudas. Encontraron a “niños tan jóvenes como de siete y ocho años, muchos de ellos vistiendo ropas llenas de mocos y lágrimas, quienes cuidaban a recién nacidos a los que acaban de conocer. Bebés sin pañales que hacían sus necesidades en sus pantaloncitos. Madres adolescentes que llevaban ropas manchadas de leche materna”. Algunos habían llegado solos. A otros los había separado de sus familias el gobierno.

Prensa Asociada informó la semana pasada que en los hacinados centros de detención de la Patrulla Fronteriza los niños “no tienen acceso adecuado a los alimentos, al agua, al jabón o a las duchas”. Y el pasado jueves el gobierno de Trump argumentó en corte que esos niños, por su condición de indocumentados, no tienen derecho a “jabón, cepillos de dientes ni camas”. A muchos los ha mantenido en celdas que parecen jaulas, como hemos visto con horror.

En mayo, un adolescente de 16 años murió de influenza después de que lo mantuvieran detenido en un centro de procesamiento en McAllen, Texas. A principios de este mes, un migrante transgénero falleció horas después de que saliera en libertad condicional. Por lo menos 24 inmigrantes han muerto en custodia de las autoridades federales desde que el presidente Trump ordenó la ofensiva para arrestar y mantener encerrados a indocumentados en la frontera con México. Decenas, si no centenares, permanecen en cuarentena porque han contraído enfermedades contagiosas, como el sarampión y la varicela.

Estas y otras evidencias sugieren que los centros de detención de inmigrantes, si no se han convertido ya en campos de concentración, marchan inexorablemente en esa lamentable dirección. Se van convirtiendo en los herederos de los que usó Estados Unidos contra los filipinos en su propia tierra y contra los japoneses americanos en suelo estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Trump, de forma ominosa, planea enviar inmigrantes a Fort Hill, Oklahoma, donde precisamente estuvieron internados miles de japoneses.

Con su agresiva política antinmigrante, Trump es el principal responsable de la precaria condición en que se hallan hoy algunos centros de detención. El presidente promueve políticas que impiden tratar las causas de la emigración centroamericana y darles un tratamiento humanitario a los inmigrantes que llegan sin papeles a nuestra frontera sur o que ingresan a nuestro territorio. Su histérica denuncia de la inmigración ilegal, aunada con su decisión de reducir la legal, han contribuido a la estampida hacia Estados Unidos. Muchos centroamericanos y cubanos temen que Trump cierre a cal y canto las puertas de este país tradicionalmente acogedor para los inmigrantes que anhelan progresar y ser libres. Y se lanzan en estampida a la aventura azarosa de llegar antes de que eso ocurra. Esta avalancha genera intensas presiones sobre los sistemas migratorios de Estados Unidos y de México, país al que Trump está transformando en su nueva policía migratoria.

La gradual degeneración de algunas de nuestras instalaciones para inmigrantes en virtuales campos de concentración causa daños crueles y prevenibles a personas inocentes y a otras cuya única transgresión consiste en haber entrado ilegalmente a nuestro país en busca de un futuro mejor. También pone de relieve la baja catadura moral del presidente responsable de esta situación y de sus lugartenientes que obcecadamente ejecutan sus crueles antojos. Pero, además, nos enloda a todos los estadounidenses en la medida en que no somos capaces de parar o mitigar la barbarie.

Como miembros de una colectividad humana, y como individuos, no deberíamos juzgarnos solamente por la forma en que rechazamos los crímenes y atrocidades del pasado, como el Holocausto, sino también y sobre todo por la forma en que rechazamos los que se llevan a cabo frente a nuestros ojos. Estamos en deuda con Alexandra Ocasio Cortez y otros compatriotas por recordárnoslo.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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