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La Muralla: los presagios del capítulo diez (a propósito de la publicación de la edición bilingüe)

“Me aterra el hecho de que lo escrito hace ocho años en vez de haber pasado a la historia y evolucionar hacia una mejor relación entre dos países esté más actual y desgarrador que nunca”.
Opinión
Licenciada en economía por el ITAM con maestría en la London School of Economics. Estudio una maestría en literatura en la Universidad Anáhuac México Campus Norte. Se alimenta de letras y de música.
2017-05-22T16:02:23-04:00

Si levantas un muro, piensa en lo que queda afuera. Ítalo Calvino.


En el 2009 escribí una novela titulada "La muralla" que tres años más tarde sería traducida como "The Wall" y que ahora se publica en edición bilingüe*. Las divisiones siempre han estado allí: se muestran claras y contundentes. Las murallas marcan un límite pretendiendo cuidar el interior de ellas y a la vez alejarse y protegerse de lo que queda afuera.

En el 2006, la administración del presidente Bush propuso construir 700 kilómetros de muro en la frontera y la Cámara Baja hizo una iniciativa de ley para endurecer las leyes migratorias. Mario Vargas Llosa escribió una nota en El País en octubre del mismo año donde dice: “este muro no se construirá nunca, y, si, de milagro, llegara a construirse, no serviría absolutamente de nada. Esto lo sabe todo el mundo, empezando, claro está, por los legisladores que aprobaron la ley y el propio mandatario estadounidense”.

Las señales que apuntaban a encrudecer el paso por la frontera eran tangibles. El muro siempre se ha querido levantar, es falso engañarnos con que es una política nueva, lo que sí tiene de nuevo es que las perversiones del racismo se muestran ahora con bombo y platillo y están siendo avaladas por las nuevas instituciones. Lo que en décadas pasadas ha sido “políticamente incorrecto” es ahora retomado desde la trinchera de “hagamos América grande de nuevo” y “salvemos a nuestra gente de los ilegales que son bad hombres”. Se establece así una era de discriminación y racismo. Se rompe con el progreso de la humanidad.

Ya desde el 2006 hubo en la Ciudad de México un debate titulado La muralla china en Norteamérica, el cual reunió a dos grandes de la literatura: Carlos Monsiváis y Eduardo Subirats. En ese entonces, Subirats manifestó que “Estados Unidos ha impuesto sus valores y esta actitud la tiene apartada del continente. Esta actitud colonial la posee desde el más pequeño profesor hasta los grandes intelectuales de Norteamérica, esta obsesión los encierra en sí mismos”. Monsiváis por su lado, dijo que “el muro va más allá de una división estúpida ya que la frontera también es política, cultural y social”.

El dolor de nuestros migrantes siempre ha existido y ahora es más palpable.

Ese dolor es el que quise hacer patente en las páginas de La muralla.

Vivimos rodeados de muros. Los más visibles son los físicos, pero también los hay ideológicos y mentales.

Muros físicos

Cuando escribí mi novela utilicé un tono irónico al hablar de la construcción de dicha pared: lo que todos han pensado siempre pero que de alguna manera no se gritaba a los cuatro vientos. Me aterra el hecho de que lo escrito hace ocho años en vez de haber pasado a la historia y evolucionar hacia una mejor relación entre dos países esté más actual y desgarrador que nunca. Huir del dolor de la propia tierra es más común de lo que creemos. Y lo más triste, es que dicha fórmula se puede replicar en múltiples fronteras alrededor del planeta.

Hablamos de seres humanos que sufren.

Hablamos de migración y desarraigo.

De personas sin hogar.

El muro se construye para evitar cruces ilegales y salvaguardar la soberanía y la seguridad de los ciudadanos de primera clase que viven en el norte en comparación a los ciudadanos de segunda clase que viven en el sur (escribí entonces**). Lamento ser irónica pero es una muestra del dolor que me producen las divisiones y las supuestas superioridades entre individuos. A final de cuentas todos, sin importar nuestros colores y matices, llevamos una calavera idéntica bajo la piel. Somos una misma especie en una jaula llena de depredadores caníbales.

La muralla de mi novela es gris, de esos grises fríos, de cripta. Algunos tramos tienen grafitis con tipografías duras, palabras obscenas y de resentimiento o letreros de amor enredados en imposibilidades. Dichos grafitis son hechos del lado de los ciudadanos del sur porque los ciudadanos del norte no lo hacen, no porque no quieran, sino porque los multan si los ven haciéndolo. De nuevo pido disculpas por la ironía pero es más claro que el agua. Aquí ronda nuestro problema latino de la doble moral.

¿Por qué razones querríamos emigrar de nuestro terruño y emprender un viaje tortuoso e incierto hacia un lugar desconocido? Una de las causas para franquear la muralla es la falta de oportunidades de trabajo en Latinoamérica, es decir, la difícil situación económica. Salir de un círculo vicioso es difícil, pero salir del complejo círculo de la fatalidad intergeneracional es casi imposible, los individuos se encuentran en la misma encrucijada, ser el sustento o aventurarse al estudio, casi siempre, caminan sobre las mismas huellas de los padres, y su única opción es transmitirle a sus hijos el mismo destino.

Como dijo Vargas Llosa, esa es la razón por la que millones de latinos “escapan de esos países-trampa donde no hay esperanza” y se meten a Estados Unidos “cruzando ríos, escalando montañas, escondidos en furgones o pagando las incontables y eficientísimas mafias que les falsifican pasaportes, visas, permisos y todo lo que haga falta para que puedan entrar”.

La enorme ironía es que ya todos saben el lugar donde se encuentran los trabajadores y donde llegarán los que buscan la mano de obra. Si para recoger tomates se trata, es muy difícil encontrar patrullas que busquen ilegales porque no hay gente local que quiera realizar esa faena. Allí nunca llega el servicio de migración, hasta ellos quieren ver en su mesa fruta y vegetales.

Los migrantes se dedican a hacer trabajos que los estadounidenses no quieren como labores pesadas en la construcción, lavar platos en restaurantes, limpiar casas, velar comercios, podar jardines, cuidar enfermos y todo tipo de faenas que impliquen realizarse bajo condiciones precarias. Un estudio reciente demostró que uno de cada diez mexicanos en Estados Unidos ha tenido sentimientos de desesperanza que han afectado su vida cotidiana.

Las otras causas de peso para dejar atrás la tierra son los conflictos bélicos y los desastres naturales. El estado de guerra también nos lo muestra la inseguridad y la violencia. Vivimos con miedo, en constante toque de queda.

Muros mentales e ideológicos

Lastima el hecho de que varios de los habitantes del sur de la frontera sean más limpios y cívicos cuando cruzan al norte. Duele que cambien sus hábitos por el hecho de que sean reprendidos por la ley cuando ensucian y maltratan a su propia tierra. Duele que en el sur destruyan lo que en el norte quieren construir.

Tienen dos máscaras cuando abajo palpita el mismo rostro: si pudieran cambiar de color de piel y de ojos sin pensarlo dos veces lo harían, es por eso que el muro estará custodiado por policías de elite cuyos padres nacieron en el sur y añoran la vida del norte y por ese hecho son más crueles con sus hermanos. Judas siempre ha tenido un papel relevante en todos los tiempos y lugares.

En mi novela, continúo narrando que el mantenimiento y el trabajo arduo en el muro será realizado por los “ciudadanos de segunda” ya que los de “primera” no se ensucian las manos haciendo las labores pesadas. Su condición de superioridad los exime del sudor.

Algunos de los que han cruzado quieren borrar sus huellas, su historia. En estos tiempos resulta hasta peligroso reconocer sus orígenes por miedo a las deportaciones.

¿Se es libre cuando se vive con miedo?

¿Se es feliz cuando tienes el pan pero lo comes a escondidas?

El miedo también es un muro mental.

Pero no todo está perdido, existe otro grupo de ciudadanos del sur que son héroes anónimos. Que se levantan con el alba y se van a dormir cuando los demás ya lo han hecho. Seres que han tenido todo en su contra y son tan fuertes que han logrado sobrevivir. Estos héroes anónimos libran batallas monumentales. Son resilientes. Trabajan, estudian y sostienen una economía de la cual quieren formar parte. Además de todo eso mandan lo que pueden a la tierra que los vio nacer. A los suyos. A los que los extrañan y necesitan. Son mujeres y hombres que deberían ser tomados como ejemplo, recibidos con los brazos abiertos. Ciudadanos de la vida.

A través de sus personajes y de múltiples historias, mi novela pretende revelar algunas de las causas por las que se migra, algunas de las condiciones por las que se toma la decisión de dejarlo todo y partir hacia lo desconocido, a dejar las querencias y el lenguaje propio. A desarraigarnos.

El capítulo diez de “La muralla” concluye con este tono: las temperaturas en esta parte de la muralla pueden llegar a los 50 grados centígrados de día y bajar vertiginosamente de noche. La flora es completamente desértica, solo se dan algunas plantas cactáceas. Casi no hay agua –a pesar de que en algún lugar cruza un río con una corriente traicionera– abunda el polvo y no se da la siembra. Con respecto a la fauna, existe una gran cantidad de alimañas y serpientes venenosas, de esas a las que les gusta la sangre de indocumentado.

Y suscribo una frase de Giuseppe Runfola que leí en El País: “Pero somos nosotros los que inventamos el término “frontera” y solo nosotros podemos derribar el muro que separa nuestra nacionalidad de nuestra humanidad”.

*El libro se puede conseguir en Amazon.com, y en las principales librerías en México y Estados Unidos.

**Todas las citas son tomadas de La Muralla.


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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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