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Indignación sí, complacencia no: Donald Trump no se merece una normalización

“El presidente electo no tendrá otro remedio que remunerar a los expendedores de odio por el apoyo que le brindaron durante la contienda cuando otros conservadores juiciosos y decentes le dieron justamente la espalda”.
Opinión
Miembro de la unidad política de Univision Noticias.
2016-11-15T12:20:43-05:00

Donald Trump y sus principales seguidores realizaron una campaña presidencial basada en el resentimiento y la ira. Pero ahora, en el colmo de la inconsecuencia, pretenden que el resto de los norteamericanos depongamos nuestra indignación. Eso no debería suceder. Se impone la indignación ante el hecho evidente de que un predicador de odio y división, con un historial de turbios manejos financieros, maltrato sexual de mujeres y prejuicios raciales, será el nuevo presidente de Estados Unidos. La indignación será no solo necesaria sino imprescindible para responder con firmeza a la previsible ola de hostigamiento a las minorías étnicas, persecución a extranjeros, devaluación de las mujeres y acoso a la prensa que presagia la era de Trump y que de hecho ha comenzado incluso antes de que éste asuma el poder.

Durante la campaña, Trump agitó y explotó con demagogia y sin escrúpulos las pasiones e inseguridades de muchos trabajadores y blancos no hispanos, lanzando a algunos como armas arrojadizas contra el resto de los norteamericanos y contra los extranjeros que viven entre nosotros. Y no hay motivo alguno para pensar que hará nada diferente como gobernante. Todo lo contrario. Entre las primeras medidas que ha adoptado para la transición de gobierno está la selección de Steve Bannon, un connotado sospechoso de racismo y antisemitismo, como principal asesor estratégico de la Casa Blanca. Otros del mismo pelaje aguardan turno en la repartición del poder. Esto ha provocado un enfrentamiento interno en el equipo de transición que ha paralizado los nombramientos. Lamentablemente, el presidente electo no tendrá otro remedio que remunerar a los expendedores de odio por el apoyo que le brindaron durante la contienda cuando otros conservadores juiciosos y decentes le dieron justamente la espalda.

El verdadero peligro que debemos conjurar los norteamericanos, especialmente la mayoría que votamos contra Trump, es la normalización que nos exigen sus apologistas, sus compañeros de viaje y los pusilánimes. ¿Normalización con quien ha anunciado ya que deportará a entre dos y tres millones de inmigrantes “inmediatamente” sin importarle el drama humano que eso entrañaría? ¿Normalización con quien anuncia un plan para anular las protecciones legales al derecho a escoger que tienen las mujeres? ¿Normalización con quien se sirvió de la interferencia ilegal de un autócrata criminal como el ruso Vladimir Putin para sacarle ventaja a su contrincante durante la campaña? ¿Normalización con quien excluyó rencorosamente a decenas de periodistas de su primera visita a la Casa Blanca en una acción sin precedente por parte de un presidente electo? Por el contrario, lo que debemos hacer es mantener intacta y guiar con inteligencia y propósito nuestra repugnancia y nuestro rechazo hacia la política maligna y reaccionaria que aspira a legitimarse.

La tarea será especialmente difícil pero importante para los medios de información. Trump les declaró la guerra durante la campaña y amenazó con ampliar las leyes de libelo para acallar las críticas en su contra y mantener al pueblo norteamericano en la oscuridad sobre su dudosa trayectoria y sus planes estrafalarios. “Mis abogados quieren demandar al fracasado New York Times por intención irresponsable. Dije no, por ahora. Pero ellos lo están vigilando”, tuiteó cuando era candidato. Ya como presidente electo, propagó el infundio de que el Times “ha perdido miles de suscriptores”, exactamente lo contrario de lo que ha sucedido. Y a la usanza de los peores tiranuelos contemporáneos, acusó a los medios de estar incitando las protestas contra su elección. Es una evidente maniobra para justificar futuros zarpazos contra la libertad de prensa. Y para intimidar a los jefes y propietarios de las corporaciones a las que pertenecen los medios.

Con el control del ejecutivo y el Congreso, y con el eventual control de la Corte Suprema, el atrabiliario presidente electo puede tomar graves medidas de represalia contra la prensa. A la Comisión Federal de Comunicaciones, FCC, por sus siglas en inglés, puede manipularla fácilmente para que premie a los medios que lo ensalcen o hagan mutis, y castigue a los que denuncien sus incongruencias y excesos. El Servicio de Rentas Internas puede servirle de instrumento para hostigar mediante auditorías a los medios rebeldes. Con la complicidad de extremistas de derecha en el Congreso puede expandir las leyes de difamación y libelo y cumplir así su frecuente amenaza de campaña de “ganar mucho dinero” con demandas. Mediante el dominio de la Corte Suprema, podrá socavar las protecciones a la libertad de prensa y de expresión que hoy nos garantiza la Primera Enmienda. Y todo el tiempo podrá mantener el patrón de intimidación a los periodistas que desplegó durante la contienda. Tan desoladoras perspectivas han provocado una ominosa advertencia de Suzanne Nossel, directora ejecutiva del Pen American Center. “Si la campaña y la historia anterior de Trump son un indicio”, dijo Nossel, “este será un presidente que desdeñará el papel de la prensa. Acusador. Punitivo en su trato a los periodistas. Arbitrario. Furtivo cuando quiera serlo”.

Por todo eso y muchísimo más, Donald Trump no se merece una normalización por parte de quienes rechazamos los aspectos reaccionarios de su agenda. Ni siquiera la breve luna de miel que la prensa y la oposición suelen concederles a los nuevos presidentes en este país. Hay demasiado en juego para todos, incluyendo aquellos compatriotas que por él votaron, a muchos de los cuales terminará pisándoles los cayos como hacen siempre los autócratas. El peligro del facilismo y la complacencia es demasiado grande. El papel de la prensa ha de ser más bien el de mantenerse vigilante, escrutar minuciosamente cada uno de los nombramientos y pasos que dé el presidente electo, elogiarlos cuando sean constructivos y denunciarlos y criticarlos cuando resulten lo contrario. Tenemos también la obligación de entender, explicar y contribuir a aliviar las aberraciones políticas y sociales que allanaron el camino a Trump. Pero teniendo presente siempre que el resentimiento, la miseria y el sufrimiento de algunos norteamericanos nunca justifican el uso de otros norteamericanos como chivos expiatorios; ni tampoco de extranjeros que de buena fe aspiran a formar parte del vasto y rico tejido de nuestra nación.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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