En la década de 1950, el Estadio de Maracaná, en Río de Janeiro, abrió sus puertas con un destino aparente: ser la sede mundialista donde Brasil se coronará campeón de la Copa Mundial.
El Maracanazo de 1950: Cuando el silencio enterró el sueño de un país
Una de las tragedias más grandes en la historia del fútbol brasileño y mundial se registró el día que la selección blanca de Brasil se enfrentó a Uruguay; un rival al que las autoridades locales menospreciaron al grado de mandar a grabar las medallas de oro con los nombres de los jugadores brasileños antes de jugar.
Millones de brasileños tenían la esperanza de ver al scratch duro levantar por primera vez el trofeo de la mano de Ademir Marques de Menezes, Zizinho, Jair da Rosa Pinto y Moacyr Barbosa.
Pero el Maracaná, nombrado inicialmente como Municipal y años después rebautizado como Mário Filho, tenía preparada una sorpresa que millones de brasileños no esperaban.
El certamen tuvo un inicio inmejorable para el equipo brasileño dirigido por Flávio Costa. En su primer partido aplastó a México con un marcador de 4-0. Ademir Marques de Menezes abrió el marcador. La goleada la completaron Jair da Rosa Pinto y Baltazar con un gol cada uno. En el partido siguiente empató con Suiza 2-2 y cerró la primera fase derrotando 2-0 a Yugoslavia.
El formato del torneo de 1950 permitía que cuatro equipos disputaran una liguilla final y el que tuviera más puntos levantaba la Copa Mundial. Los siguientes duelos del equipo brasileño fueron contra Suecia, a la que derrotó 7-1. Contra España obtuvo un marcador de 6-1. La gran final estaba en la mira y el sueño de millones parecía inminente.
El rival para conseguirlo era Uruguay. La selección charrúa comenzó su participación cómodamente. Fue asignada al grupo D, donde estaban Escocia, Turquía y Bolivia. Los dos primeros equipos no asistieron por temas de logística, por lo que solo se disputó un encuentro de eliminación directa entre Uruguay y Bolivia. El marcador fue una goleada de 8-0 a favor de la escuadra celeste.
La siguiente fase del certamen enfrentó a los charrúas con España. El encuentro terminó 2-2. El segundo encuentro de la selección uruguaya fue contra Escocia, a la que derrotó 3-2.
El formato del torneo estaba diseñado para que los cuatro equipos que ganaran sus grupos disputaran un cuadrangular. El que hiciera más puntos se levantaba como el ganador del trofeo Jules Rimet. Para Brasil, la matemática era simple: un empate contra Uruguay en el Maracaná les daba el título.
Los preparativos y los festejos adelantados
Los periódicos locales imprimieron ediciones especiales donde proclamaban campeones a la selección. Medios y cronistas deportivos describen que la Federación de Futbol de Brasil mandó a hacer 22 medallas de oro con el nombre de cada uno de los futbolistas y se mandaron a hacer miles de playeras con distintas leyendas, entre ellas: “Somos campeones”.
Además, cada jugador recibió un reloj de oro y el entonces alcalde de Río, Ángelo Mendes de Morais, hizo la siguiente declaración: "Lo construí como prometí. Ahora les toca a ustedes ganar la Copa del Mundo".
La tragedia que presenciaron 200,000 personas
El 16 de julio de 1950 se estima que ingresaron 200.000 personas al Maracaná. Una banda de samba tocaba "Brasil son los vencedores". Hombres y mujeres abarrotaron las gradas y todo espacio disponible para ver el juego. El once inicial de la verde amárela fue el siguiente:
Barbosa (Portero)
Augusto (Defensa / Capitán)
Juvenal (Defensa)
Bauer (Medio)
Danilo (Medio)
Bigode (Medio)
Friaça (Delantero)
Zizinho (Delantero)
Ademir (Delantero)
Jair (Delantero)
Chico (Delantero)
El balón comenzó a rodar tras una lluvia de confeti. Brasil se adueñó del balón. Aunque los ataques eran consecutivos, la selección brasileña abrió el marcador hasta el minuto 47 con un tanto de Friaça.
El gol estalló toda la tensión acumulada en los asistentes. Todo Brasil ya se sentía campeón. El árbitro pitó el final de la primera parte. Los equipos se fueron a los vestidores.
Durante el receso, Obdulio Varela, capitán uruguayo, habló con sus compañeros y los impulsó a perder el miedo y llevar el encuentro a la cancha: “Son de palo”, fueron parte de sus palabras de acuerdo con cronistas e historiadores.
Al regresar al campo, Uruguay modificó su táctica. El reacomodo de los jugadores permitió libertad en la cancha a Juan Alberto Schiaffino, encargado de anotar el tanto de la igualada en el minuto 21 tras un centro de Alcides Ghiggia.
El gol fue un balde de agua para los aficionados, pero a pesar de ello, el empate les bastaba para ganar. Faltaban 10 minutos para el final. Ghiggia escapó por la banda derecha, superando al lateral Bigode.

El portero Moacir Barbosa esperaba un centro, como en el gol anterior. Ghiggia remató bajo y cruzado al primer palo. El balón entró en la portería blanca; la tragedia iniciaba.

El segundo tanto enmudeció a los cerca de 200,000 asistentes. Años después, Ghiggia dijo: " Solo tres personas silenciaron el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo".
Los minutos finales fueron agonía. Los jugadores brasileños deambulaban por el campo como sombras. El pitazo final confirmó lo imposible. La Copa Jules Rimet la levantó la selección charrúa.
El país se detuvo
Los bares de Río cerraron. Los restaurantes bajaron sus puertas. La ciudad conocida por su ambiente de fiesta se sumió en el luto. Mário Filho escribió: "Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad".
Pelé, que tenía 10 años, escuchó la noticia por radio. Contó que fue la primera vez que vio llorar a su padre. El uniforme de color blanco nunca volvió a usarse. Nació así la camiseta amarilla que Brasil utiliza hasta el presente.
Para Uruguay, el resultado fue la consolidación definitiva en la historia del fútbol mundial. El país regresó a Montevideo como monarca absoluto.