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La ciudad china que busca ser la "Venecia del Oriente"

Con su espectacular nueva sala de conciertos, Harbin quiere repetir el efecto que Bilbao experimentó con el Museo Guggenheim.
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6 Jun 2016 – 1:04 PM EDT

Aún es mayo, pero la prensa internacional de arquitectura ya ha destacado la Ópera de Harbin, diseñada por el chico malo de la arquitectura Ma Yansong, como uno de los edificios nuevos más interesantes del año. En las brillantes páginas web de Dezeen, ArchDaily, y sus semejantes, las fantásticas imágenes proclaman que el futuro aún está por llegar, y ha decidido, de camino, darse una vuelta por la capital del Cinturón Industrial de China, la invernal provincia de Heilongjiang.

¿Pero qué tiene que decirnos este edificio acerca de cómo la arquitectura y la alta cultura pueden revitalizar las regiones que parecen estar estancadas? ¿Puede realmente la infraestructura cultural brindarles a las ciudades una nueva oportunidad de vida?

En épocas de bonanza, los líderes de China se jactaban de que la economía había logrado en veinte años lo que a Occidente le había tomado 200. La otra cara de este vertiginoso ritmo de cambio es que ciertas regiones chinas han caído en el estancamiento postindustrial de las ciudades estadounidenses como Detroit y Buffalo, o de cualquier lugar que alguna vez dependió de la manufactura.

Heilongjiang, en el extremo norte, es uno de esos lugares. Su economía, basada en la extracción de petróleo y la industria pesada, floreció en la década de 1960, pero a medida que la economía mundial se transformaba, los productores locales se vieron incapaces de competir con la calidad y precios de los competidores extranjeros. El declive dejó a las comunidades sobreviviendo con subsidios, y estimuló la migración hacia las ciudades más prósperas de China.

Harbin es una ruina de lo que fue, una ciudad fundada por colonos rusos a finales del siglo XIX y conocida alguna vez como “el París del Oriente”. Si se omite la belleza que brinda el internacionalismo del decadente centro de la ciudad—las iglesias ortodoxas rusas, los grandes bulevares—se podría decir lo mismo de Changchun, Shenyang, Shijiazhuang, o muchas de las ciudades chinas cuyas economías se basaban en la manufactura.

Estas condiciones fueron perfecta, aunque mórbidamente, capturadas en la película del año 2014 Black Coal, Thin Ice, un thriller del cine negro que tiene como escenario una ciudad no identificada en Heilongjiang. La arquitectura en ruinas representa un trasfondo sugerente y complejo, pero las comunidades que se han arruinado a causa de la globalización económica son más difíciles de capturar. Lo que sí está claro es que el consumo de drogas, el alcoholismo, la delincuencia, y muchos otros problemas sociales se han visto exacerbados por la desaparición de la industria en el Cinturón Industrial de China.

La población de Harbin es de aproximadamente cinco millones de personas y continúa creciendo (según estadísticas oficiales, a veces poco fiables), aunque lentamente en comparación con otras ciudades chinas. El crecimiento de la población puede dar más testimonio de la miseria en el campo circundante que del propio dinamismo de Harbin. Sigue siendo inmensamente pobre en comparación con las florecientes ciudades de China. Incluso según las propias cifras infladas del gobierno, los ingresos disponibles de los residentes son una fracción de los ingresos en Shanghai, aproximadamente 28.000 renmibis al año (aproximadamente 4,300 dólares) en comparación con casi 48.000 renmibis (aproximadamente 7,300 dólares).

Aquí es donde entra en escena Ma, la respuesta china a Rem Koolhaas, cuyo museo es el último y más grandioso intento de capturar el “Efecto Bilbao”, llamado así por el éxito de la ciudad española de Bilbao en reposicionarse con un museo icónico, el Guggenheim Bilbao de Frank Gehry. Aunque el capital cultural (y financiero) se concentra cada vez más, el sueño del renacimiento creativo puede ser un seductor Flautista de Hamelin para los administradores de las languidecientes ciudades. Después de todo, si cada lector de sitios web de diseño sabe dónde se encuentra Harbin, una recuperación total no puede estar muy lejana, ¿no es cierto?


Ópera de Harbin, en China

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Las autoridades de Harbin tienen voluptuosos planes para transformar su ciudad, no en un París, sino en una “Venecia del Oriente”, pues la ciudad se encuentra en humedales (los cuales desafortunadamente están congelados gran parte del año). El distrito de Jiangbei al norte del río será la sede de industrias de alta tecnología; el Instituto de Tecnología de Harbin, una de las mejores universidades de China, les suministrará el capital intelectual. La arquitectura ofrece lo que parece ser un atajo conveniente: el signo de una próspera cultura urbana, cuyos difíciles problemas políticos de propiedad y derechos a la ciudad han sido soslayados.

Al igual que los estadios deportivos puestos de forma descuidada en ciudades estadounidenses a expensas de los contribuyentes locales, estos grandes símbolos arquitectónicos satisfacen a las autoridades que desean dar muestras visibles y tangibles de cambio urbano. Pero a veces, el tejido urbano no es visible o tangible: es la sensación hogareña y la seguridad que sentimos en nuestras comunidades, y la creencia de que el futuro de nuestra ciudad nos incluye.

Bilbao, el modelo frecuentemente citado cuando se trata de regeneración impulsada por la arquitectura, es una pequeña ciudad en un lugar con buen clima y buena comida. Así que no es sorprendente que un museo haya servido como catalizador del turismo. Más difícil de entender es cómo un complejo de este tipo puede ayudar a una ciudad hipertrofiada de varios millones de habitantes, y que pasa varios meses del año a temperaturas bajo cero, a transformarse fundamentalmente.


Conforme las economías urbanas tratan de adaptarse a la globalización y a una nueva conciencia ecológica, puede ser inevitable un alejamiento de la manufactura y de las industrias que requieren muchos recursos—algo que quizás resulte beneficioso. Con respecto al destino de la ópera, aún es demasiado pronto para saberlo. Sin duda, inspirará tanto orgullo como resentimiento entre la población local.

Sin embargo, en última instancia, nadie necesita una isla cultural (como la isla sobre la cual la ópera está construida). Necesitamos políticas culturales lo suficientemente amplias como para abarcar toda la ciudad, que extiendan a todos el derecho a la ciudad. Los bellos edificios son un gran comienzo, pero cuando el arte y la cultura contemporánea se consideran formas prácticas para revitalizar ciudades decadentes, no se pueden abandonar las comunidades a las que están destinadas a servir.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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