null: nullpx
CityLab Arquitectura

El dilema de hacer nuevas construcciones en Machu Picchu

La joya de Perú estuvo a punto de ingresar el año pasado a la lista de patrimonios en peligro de la Unesco. Para superar esto el ejecutivo peruano ha propuesto desarrollar infraestructura que ayude a gestionar los más de 2,500 visitantes diarios.
Logo CityLab small
24 Feb 2017 – 3:02 PM EST

Todos los días una estampida humana ingresa a la ciudadela inca de Machu Picchu, a unas horas de Cusco. Lo que hace siglos operaba como un centro sagrado en el que solo transitaban altos mandos, mensajeros y sirvientes, hoy es recorrido por una horda que habitualmente supera los 2,500 visitantes, cantidad máxima permitida diariamente. Tal descontrol en la gestión de turistas hizo que este tesoro arqueológico esté a un paso de ingresar a la lista de patrimonio en riesgo de la Unesco desde 2015.

Este 23 de enero llegó a Machu Picchu una misión de monitoreo del Centro de Patrimonio Mundial, de la UNESCO, lo que da pie para examinar una de las propuestas más sensibles para sacar del estado de alerta a este patrimonio histórico: el desarrollo de infraestructura para una mejor gestión turística. Hasta la fecha la única obra construida en ese sentido fue inaugurada el pasado agosto, y resultó para expertos como el arquitecto y profesor universitario, Wiley Ludeña, un “desastre cultural”.

Se trata de una rampa de evacuación instalada para aminorar la presión de la vía que, hasta ese entonces, había funcionado como ruta de ingreso y salida. El objetivo podría darse por cumplido, pero solo si pensamos que la forma de reparar algo es a través de medidas creadas para atender una emergencia. El diseño de la rampa dista mucho de la propuesta original que propuso el estudio de arquitectos Llonazamora, idea que establecía la instalación de un puente que cruce de la ciudadela o llaqta a la salida, y que en el trayecto ofrecería al visitante distintos puntos para contemplar el paisaje, además de las instalaciones necesarias de servicios higiénicos y conteo de salida de turistas.

“La forma estaba determinada por el objetivo de poner el menor número de puntos de apoyo posibles”, recuerda el jefe del proyecto, Rafael Zamora. Según el arquitecto, tanto la técnica de instalación como el material elegido buscaban ser lo menos invasivos posibles con las estructuras incas. Calificado de disruptivo, el proyecto de Llonazamora fue reemplazado por una rampa que rodea el cerro y se sostiene, en palabras de Ludeña, “de un modo pseudo Inca”, al punto de “provocar en la gente que no está bien informada una lectura ambigua (del lugar)”. La crítica de Ludeña, quien tampoco está de acuerdo con la idea original, dispara una valiosa pregunta ¿cuáles son las mejores formas de trabajar alrededor del patrimonio?


El difícil desafío de construir y conservar

Entendidos en la materia, como el arquitecto italiano Antonio Conte, explican que una manera adecuada de hacer las cosas es trabajar respetando el monumento y al mismo tiempo haciendo una propuesta de valor. “Al final nosotros no podemos traicionar y exagerar con nuestra intervención, tenemos el deber de entregar el patrimonio a nuestros hijos. Sin embargo, creo que si un monumento no se utiliza va a arruinarse, va a pudrirse, entonces el uso es el primer componente que realmente ayuda a preservar o conservar un monumento”, explica el profesor e investigador de la Universidad Católica del Perú (PUCP).

Para Conte dos ejemplos excelentes de intervención son los trabajos hechos en la Villa Romana de Olmedo, en Palencia, España (a cargo de los arquitectos de Paredes y Pedrosa) y el diseño elaborado por el arquitecto suizo Peter Zumthor en el museo Kolumba, en Colonia, Alemania. “En estas obras se muestra claramente cómo lo que yo construyo, el revestimiento o la manta, es algo que protege el monumento pero al mismo tiempo es un trabajo de alta arquitectura, muy refinado”, explica.

Sin embargo, desde una mirada conservacionista, como la que proviene de la arqueología, estos cambios podrían estar alterando el testimonio histórico y la visión que presenta el panorama una vez que uno visita un patrimonio. Para la arqueóloga Clide Valladolid, directora del Centro Arqueológico de Puruchuco en Lima, “el impacto de lo moderno sobre lo histórico está en hacer que este último quede como secundario, cuando debería ser al revés”. Valladolid defiende la preservación del legado histórico sin historias añadidas como las que vendrían desde una apuesta moderna.

Ante esto el arquitecto Conte sugiere medir la labor arquitectónica con la vara de la preservación, pero también con la del acceso. Tal es el caso de la propuesta de Dimitri Pikionis, un arquitecto cuyo trabajo en la Acrópolis durante la década del 50 lo volvió famoso. “La sabiduría con la que acomodó el conjunto de senderos peatonales hizo que hoy en día (su obra) se reconozca como uno de los mejores trabajos paisajísticos de acceso a un monumento”, describe.

Arquitectura para manejar la demanda por Machu Picchu

Lo que logró Pikionis no se ve ni en la intención ni en el cumplimiento en la construcción de la rampa. Lo más preocupante es que para el capítulo peruano del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos Perú) la vía de salida representa solo un paliativo frente al verdadero problema: la falta de gestión de visitantes. Según su presidente, Alberto Martorell, hay poco rigor a la hora de controlar el tiqueteo de ingreso. “Se dice que hay un tope, pero al final se deja ingresar al número del día siguiente y eso incrementa el flujo”, cuenta el abogado en derecho patrimonial.

Sin embargo, el intensivo turismo podría contrarrestarse a partir del primero de julio fecha en que, según el coordinador del Nuevo Plan Maestro de Machu Picchu, Elías Carreño, se harán vigentes los nuevos horarios de ingreso (de 6:00 a.m. a 12m. y de 12m. a 5:30 p.m.), con un control de tiempo de visita. “Se va a monitorear un tope de ingreso por horario, de un 45% a un 55% para la mañana y para la tarde. Esto va a implicar que cumplido el número de visitantes para un turno, los demás pasarán al siguiente”, describe Carreño, responsable de velar por la aplicación de un proyecto de gestión que mejore la preservación y cuidado de la ciudadela y sus alrededores del 2015 al 2019.

Al respecto, el italiano Conte indica que los cuidados de Machu Picchu deberían operar bajo la lógica de los protocolos que se siguen cuando se visita un fresco de Da Vinci en Milán. “Hay una lista de espera de varios meses, porque el fresco es eso, no puede ese refectorio hospedar muchas personas, porque los alientos, la humedad de la gente si fueran muchos podrían arruinar ese fresco. El turismo cultural debe ser así, arreglado con mucha inteligencia”, asegura. Para el docente de la PUCP, “la prioridad siempre tiene que ser dada a las estructuras preexistentes, a su preservación y su conservación y el turismo jamás puede ser masivo y jamás se puede poner como la razón que está arriba de todo”.

Un nuevo edificio para los visitantes

En Machu Picchu, mientras tanto, las intervenciones con miras a gestionar el acceso han sido escasas. El proyecto de un Centro de Visitantes, elaborado por la arquitecta peruana Michelle Llona, intenta hacer esto. La propuesta ganadora del concurso del Ministerio de Cultura para intervenir en el parque arqueológico de Machu Picchu apunta a construir algo que también quiere ser patrimonio. “La arquitectura debe ser responsable y consciente del entorno cultural en el que se emplaza, excelente desde la perspectiva de materiales, acabados y detalles, al mayor nivel posible y al mejor nivel de seguridad, de tal manera que en cien años también sea valioso”, explican los arquitectos del estudio.

Ubicado en la base de la montaña y presentado como antesala a la cumbre de Machu Picchu, la propuesta del Centro de Visitantes parte del concepto básico de que “la ciudadela hace referencia a lo urbano”, indica Rafael Zamora. Por eso, y con miras a proteger y enmarcar los vestigios arqueológicos de la zona, incluye muros de defensa fluvial y un sistema de drenaje Inca. El proyecto del estudio plantea edificar tres grandes techos conectados por plazas para el tránsito o descanso del turista. Al interior de estos espacios se encontraría un auditorio, un centro de interpretación, una cafetería, una zona de residencia para los trabajadores del parque arqueológico y, lo más importante, el sistema de control de visitas.

Lo más característico de la propuesta está en sus techos triangulares que se revestirán de cobre oxidado con la intención de disminuir el impacto visual desde la cumbre. “Los techos resultaron muy imponentes porque decidimos usar las mismas proporciones que quedan de los hastiales incas”, explica Zamora. “Los techos originales, por ser de materiales perecibles, como la madera, no han sobrevivido con el tiempo, entonces hay, de alguna manera, un vacío patrimonial”, complementa el arquitecto. Por eso el proyecto de Llonazamora hace referencia al uso de una determinada geometría que habría sido empleada en las construcciones Inca, se trata de presentar una forma característica del imperio desde la zona de ingreso.

Para el presidente del Icomos Perú, Alberto Martorell, el valor de una obra como ésta reside en su uso. “Un centro de interpretación e informaciones hace que el visitante pase de la admiración a un admiración con conocimiento”, explica Martorell. Para el representante de la organización que asesora en temas de conservación patrimonial a la Unesco, un espacio como el Centro de Visitante ayudaría a impulsar un turismo responsable. “Un centro de interpretación siempre promueve pautas de comportamiento, allí se les dice qué cosa es compatible y qué es incompatible en el sitio. Se explica, por ejemplo, la magnitud del daño que se puede hacer si se dejan botellas”, detalla. Sin embargo, el inicio de la construcción del proyecto todavía está sujeto a la culminación de tediosos procesos burocráticos.



Una propuesta completa exige que tanto el diseño arquitectónico como su administración guarden coherencia con los cuidados que requiere el patrimonio. Es decir, desarrollar espacios de acceso e información al turista y que estos conversen con el paisaje, que emplee materiales coherentes con los del bien y que sobre todo respeten el testimonio del monumento. “Solo así se podrá alcanzar una experiencia de calidad”, explica Alberto Martorell de Icomos Perú. Pero sobre todo, agrega el arquitecto Antonio Conte, se podrá alcanzar el equilibrio entre la preservación y la modernidad que tanto se anhela.

Galería relacionada: las diez ciudades latinoamericanas que más usan bicicleta

Las diez ciudades latinoamericanas que más usan bicicletas

Loading
Cargando galería
Publicidad