"Me preocupa mucho que cuando se usa la palabra "tradición" parezca que el tema no se puede tocar": Rigoberto Perezcano abre una incómoda conversación

El director de cine Rigoberto Perzcano decide llevar al cine conversaciones incómodas, temas de su natal Oaxaca que rompen con el estereotipo comercial de uno de los estados mexicanos más conocidos en el mundo.

Rodrigo Perezcano.
Rodrigo Perezcano.
Imagen Hector Guerrero/N+ Univision

La mujer busca al marido y le anuncia que el hombre ofrece 15,000 pesos mexicanos por su hija. El marido responde que no, que se olvide del trato. La mujer se aparta para llevar el mensaje y a los pocos minutos vuelve con una contraoferta. Ahora son 35,000 y el marido acepta. La hija ha sido dada en un matrimonio arreglado bajo la ley de usos y costumbres.

La escena que parecería sacada de un cuento del siglo XX narrado por algún escritor creativo de suspenso y realismo mágico, es en realidad una escena que ocurre todos los días en las comunidades indígenas de las zonas rurales de México. Es la realidad de miles de niñas que hoy son mujeres y recuerdan el día que se fueron con un hombre a cambio de una camioneta o de algunas toneladas de cemento.

El director de cine Rigoberto Perzcano (53 años, Oaxaca, México) decide llevar esta discusión al cine. Su película, Los amantes se despiden con la mirada, comenzó hace unos meses su recorrido por festivales y espacios reservados para el cine de arte y está próxima a llegar a las salas comerciales de México. La popularidad que se confunde con el éxito es algo a lo que Perezcano no dedica tiempo ni pensamientos. Está enfocado en que la sociedad reflexione y piense en esas niñas que están a punto de ser vendidas a un hombre.

Pregunta: Toca usted un tema muy difícil en la actualidad: los usos y costumbres. Es un asunto delicado, con muchos matices y donde cuesta saber cuáles son las voces autorizadas para hablar.

Respuesta: Qué buen comentario. Hablar de usos y costumbres es un tema bastante delicado. En las tres películas que he escrito y producido (Norteado, Carmín Tropical y esta reciente) me ha interesado abordar temas políticamente difíciles. Para mí, correr un riesgo artístico es fundamental. Si sintiera que hago una fórmula que sé que funciona y que no me exige investigar, leer o profundizar, sentiría que estoy perdiendo el tiempo. Soy de Oaxaca y vivo en un pueblo llamado Zaachila. Me preocupa mucho que cuando se usa la palabra "tradición" parezca que el tema no se puede tocar. Pero cuando hablamos de "usos y costumbres" para referirnos al matrimonio forzado de niñas de 8 a 10 años —comprometidas a cambio de una tonelada de cemento, una carreta o maíz con hombres mayores—, me parece que el concepto de tradición se fractura. Hay que revisar qué vale la pena conservar y qué hay que erradicar. La película me exigió mucho; busqué que fuera sutil y con matices, no panfletaria ni regañona, sino una obra que abriera el diálogo. Sé que no es una película fácil ni comercial, pero para mí era una conversación necesaria.

P. Muchos cineastas jóvenes aspiran a contar historias lejanas o ambientadas en grandes producciones internacionales. En cambio, usted mira hacia su entorno, la comunidad en Oaxaca. ¿Cómo hace para no escapar hacia fuera y decidir construir historias desde su contexto personal?

R. Me preocupa la inmediatez en los creadores más jóvenes; siento que a veces les interesa más la fama o la alfombra roja que el cine mismo. Desde que hice Norteado en 2009, me propuse hacer tres películas incrustadas en mi postura política y en mi contexto. No busco la facilidad ni repetir fórmulas. Estas tres películas me enseñaron a adentrarme en investigar y a asumir riesgos. Me interesa ver qué trascendencia tienen las obras con el tiempo y que abran conversaciones sobre temas que no deberían perdurar.

P. Pasando a la parte técnica y estética, la película tiene un tono rural, grabado en blanco y negro, que evoca al cine clásico mexicano e incluso a autores como Arturo Ripstein. En una época donde muchos buscan estéticas contemporáneas, ¿cómo fue la decisión de adoptar este estilo?

R. Una de mis películas favoritas del cine mexicano es Los hermanos Del Hierro de Ismael Rodríguez. Inspirados en eso, desde la producción y la fotografía decidimos filmar en blanco y negro. Nunca vi esta película en color. Queríamos que tuviera una textura y un grano que hicieran sentir como si la película hubiera estado enlatada durante mucho tiempo y recién descubierta, aunque combinada con un lenguaje y movimientos de cámara contemporáneos.

P. Desde tu perspectiva como director, ¿es más fácil o más difícil abrirse paso para hacer cine en México actualmente?

R. Hacer cine siempre ha sido sumamente complicado en cualquier parte del mundo. Algo que me preocupa es que a veces el cine mexicano se acepta internacionalmente cuando recurre al tremendismo, a la violencia explícita o al narcotráfico comercializado casi como un género. No comparto la explotación de esa narrativa desde un set. Prefiero hacer películas más pequeñas, con procesos de búsqueda propios y que tengan trascendencia por lo que aportan al diálogo.

P. Mencionabas antes que no sabías si harías una cuarta película. Cuando dices eso, ¿se refiere a dirigir en general o a esta línea de trabajo?

R. Como director. Si no hiciera una cuarta película, me dedicaría a otra cosa; tal vez pondría un cine. Aunque seguramente sí la haré, pero ya no tendrá que ver con Oaxaca ni con estos temas. Me siento satisfecho de haber abordado estas problemáticas tan complejas y de dejar esas tres películas como un documento para dialogar.

P. Habla del cine con mucha libertad, no tanto como una etiqueta profesional rígida, sino como un medio para conversar y expresarse. ¿De dónde viene esa postura?

R. Viene de la edad, de la madurez y de ser oaxaqueño. En Oaxaca hay un compromiso muy grande con la tierra. En cuanto a las etiquetas, considero que hago cine mexicano. Me interesa hacer un trabajo del cual me sienta profundamente orgulloso por el tipo de temas que abordo.

P. Oaxaca es un estado con un enorme valor cultural y artístico, pero al mismo tiempo enfrenta rezagos y problemas sociales profundos. Como creador que vive ahí, ¿cómo convive con esa dualidad?

R. Es una realidad palpable todos los días. Yo vivo en Zaachila, un pueblo que conserva su vida comunitaria, pero vas a la capital y encuentras un centro histórico totalmente cosmopolita con precios muy distintos. La belleza de Oaxaca es muy amplia y está en sus valles, sus sierras y sus comunidades. Sin embargo, los problemas sociales y de pobreza tienen que ver con el ejercicio de una clase política que históricamente ha sido muy dura con las necesidades de la población. De ahí vienen las tensiones y las formas de manifestarse.

P. Para terminar, ¿hay alguna nueva historia que busque contar próximamente?

R. Sí, ya estoy trabajando en algo diferente. No tiene que ver con Oaxaca ni con el entorno rural. Se desarrolla en una urbe —puede ser Guadalajara, Monterrey o la Ciudad de México— y es una historia de amor. Eso es lo que me apetece explorar ahora.