“Perdía el control. No sabía cuánto tiempo pasaba frente al celular; simplemente era algo impulsivo”.
“Cada vez que tocaba el celular, perdía el control”: la lucha de Gabriel contra la adicción a las redes sociales
Mientras Meta enfrenta cuestionamientos por el diseño de Facebook e Instagram para fomentar un uso compulsivo, Gabriel cuenta a N+ Univision cómo pasó años sin poder controlar su consumo de redes sociales y qué hizo para recuperar el control.
Relata a N+ Univision, Gabriel, el nombre que utilizaremos para proteger su identidad. Durante 15 años, cuenta, no reconoció que las horas interminables frente a internet habían dejado de ser un hábito y se habían convertido en una adicción a las redes sociales.
“Llegaba un momento en que ya no podía parar. Podía estar horas y horas y no me daba cuenta del tiempo”, recuerda.
Con el paso de los años, las consecuencias comenzaron a acumularse. Gabriel, de 35 años, habla de depresión, aislamiento y falta de autocuidado. Dejó de comer, tuvo dificultades para continuar con sus estudios y para cumplir con sus responsabilidades laborales. Incluso descuidó aspectos básicos de su vida cotidiana, como bañarse.
“Hubo momentos en los que simplemente no quería hacer nada. Dejaba de comer, me aislaba y podía pasar muchísimo tiempo con el teléfono”, relata.
Ahora, sin embargo, hay una consecuencia que le preocupa especialmente: la tendinitis en las manos, un problema que atribuye al uso prolongado y compulsivo de los dispositivos.
“Tengo tendinitis en las manos, ese fue un problema que me limitó mucho, que todavía lo tengo. Y que básicamente había dejado de trabajar en cuestiones; yo era programador, dejé de trabajar. Quería reducir mi uso de la computadora porque había empezado a tener este problema de salud en las manos”.
La historia de Gabriel, miembro de Adictos a Internet y la Tecnología Anónimos ( ITAA), muestra cómo el uso compulsivo de las redes sociales puede dejar de ser una rutina cotidiana para convertirse en un problema capaz de afectar la salud, las relaciones personales y el desempeño en la vida diaria.
Su testimonio llega a N+ Univision en un momento en que el diseño de las plataformas digitales se encuentra bajo un escrutinio judicial sin precedentes en Estados Unidos.
Recientemente, Meta acordó pagar hasta 17 millones de dólares para resolver las demandas presentadas por una coalición de estados que acusó a la empresa de diseñar Facebook e Instagram para fomentar un uso compulsivo entre niños y adolescentes, además de cuestionar sus prácticas relacionadas con la seguridad y el manejo de los datos de menores.
Meta no admitió responsabilidad como parte del acuerdo, pero aceptó introducir cambios en sus plataformas, entre ellos límites de uso y restricciones nocturnas para usuarios menores de edad.
Para Gabriel, el debate sobre cómo están diseñadas estas plataformas tiene una dimensión personal.
“Yo pensaba que era simplemente falta de voluntad. Tardé muchos años en entender que ya no tenía el control”.
Facebook: una herramienta útil que terminó atrapándolo
Gabriel recuerda que durante años utilizó Facebook como una herramienta para comunicarse con otras personas. El problema, dice, apareció cuando esa función útil comenzó a convivir con otras diseñadas para mantenerlo dentro de la plataforma.
El scroll infinito, las notificaciones, los “me gusta” y los algoritmos personalizados fueron cambiando la manera en que utilizaba la red social.
“Facebook mezclaba cuestiones que eran útiles, como los contactos sociales, con cuestiones como el scroll infinito y los algoritmos personalizados”, explica.
Para Gabriel, esos algoritmos tienen un funcionamiento parecido al de una máquina tragamonedas. Nunca sabe qué contenido aparecerá después.
Puede llegar una publicación que le interese, después otra completamente distinta y después una notificación. El usuario continúa desplazándose para descubrir qué viene a continuación.
“Te dan cosas aleatorias”, dice. Y ahí está, desde su perspectiva, uno de los puntos centrales del problema. La persona entra a Facebook para hacer algo específico y termina consumiendo contenido que nunca había decidido buscar.
“Yo quería mandarle un mensaje a una persona y, si tenía el feed, el feed me tenía una hora enganchado leyendo cosas”, recuerda.
Una carrera por la atención en redes sociales
Para Gabriel, lo que ocurre con Meta no puede separarse del modelo de negocio de las redes sociales.
Facebook e Instagram son plataformas gratuitas para los usuarios. Su negocio, explica, depende de captar su atención y mantenerlos dentro de la plataforma. Mientras más tiempo permanezca una persona frente a la pantalla, más oportunidades existen de mostrarle publicidad.
“Mientras más tiempo pase cada ser humano en su plataforma, más dinero ellos pueden extraer”, afirma. A eso se refiere cuando habla de la economía de la atención.
Desde su perspectiva, esto generó una competencia entre las plataformas por conseguir que los usuarios pasaran cada vez más tiempo conectados.
Si una red social encuentra una función capaz de aumentar el tiempo de permanencia, las demás terminan incorporándola.
Y Gabriel recuerda que Meta no se quedó fuera de esa carrera. Cuando aparecieron formatos que aumentaban el consumo de contenido, Facebook e Instagram los incorporaron: las historias, los videos cortos, las recomendaciones y los feeds personalizados.
“Las plataformas entraron en una carrera por desarrollar el producto más adictivo”, sostiene.
TikTok cambió el juego de Meta
Gabriel pone como ejemplo a TikTok. La plataforma popularizó los videos cortos acompañados de algoritmos personalizados capaces de seleccionar contenido de acuerdo con los intereses y comportamiento de cada usuario.
La respuesta de otras plataformas fue incorporar funciones similares. Instagram desarrolló sus propios videos cortos, YouTube hizo lo mismo. Facebook también.
“TikTok descubrió que los videos cortos con los algoritmos personalizados eran muy adictivos”, afirma.
Y, según Gabriel, las demás plataformas tenían que copiar ese mecanismo para no perder usuarios.
“Todas las plataformas están en una guerra por nuestra atención”. Por eso insiste en que el debate no debería limitarse exclusivamente a Meta.
El problema, considera, puede aparecer en cualquier plataforma que utilice mecanismos diseñados para mantener al usuario consumiendo contenido.
El mismo mecanismo adictivo de las redes sociales
Gabriel prácticamente dejó de utilizar Instagram cuando comenzó a comprender estos mecanismos. Pero YouTube también representaba un problema.
Podía entrar para buscar un video específico —por ejemplo, cómo reparar o utilizar algún objeto— y terminar frente a decenas de recomendaciones.
“Yo antes podía pasar cinco horas en YouTube”, cuenta. Hoy su relación con la plataforma es distinta. Eliminó las recomendaciones, el autoplay y los videos cortos; ahora entra, busca el contenido que quiere ver y se va.
“Todo lo que sea algo que yo no elegí y que son recomendaciones, lo eliminé”.
Para él, el mecanismo es sencillo: si la plataforma deja de decidir qué debe ver después, disminuyen las posibilidades de que continúe consumiendo contenido sin haberlo planeado.
El scroll infinito también está fuera de Facebook…
Para Gabriel, el problema tampoco termina en las redes sociales. Los sitios de noticias, explica, también han comenzado a utilizar recomendaciones y mecanismos que pueden llevar al usuario de un contenido a otro.
Llegas al final de una noticia y aparecen otras cuatro. Una lleva a otra; después aparece otra recomendación. Y así continúa.
Son mecanismos diferentes, pero con una finalidad parecida: mantener la atención. Por eso considera que el debate sobre el diseño adictivo debería abarcar mucho más que Facebook e Instagram.
Pasar ocho horas frente a una pantalla, una realidad
Hubo un momento en que Gabriel podía pasar hasta ocho horas al día entre Facebook, Instagram, YouTube y otras plataformas.
Y lo más importante, dice, no era solamente la cantidad de horas. Era que no las había decidido.
“Yo antes podía pasar ocho horas por día en las redes sociales”, cuenta. Hoy Facebook e Instagram juntos representan para él menos de una hora a la semana.
No porque haya dejado de utilizar completamente las redes sociales, sino porque eliminó las funciones que lo llevaban a permanecer dentro de ellas. En Facebook e Instagram bloqueó el feed, las historias y los videos cortos. En YouTube bloqueó las recomendaciones y estableció un límite de tiempo.
“Yo lo que hice es el 90% de las funciones que son adictivas, las bloqueo de mi pantalla”.
Lo que quedó, explica, es aproximadamente el pequeño porcentaje que realmente necesita. Mensajes. Contactos. Información que él mismo decide buscar.
La herramienta, dice, dejó de comportarse como un casino.
Para Gabriel, una persona no necesita pasar ocho horas diarias en redes sociales para preguntarse si existe un problema. El indicador más importante es la pérdida de control.
Puede ser media hora. Puede ser 15 minutos. Puede ser revisar el teléfono cada vez que aparece un momento de aburrimiento.
“¿Por qué alguien en un minuto aburrido ya saca el celular para ver algo que no eligió ver en una red social?”, pregunta.
Para él, ese impulso automático también es importante. Las redes sociales no solamente ocupan grandes bloques de tiempo, también pueden apoderarse de los pequeños momentos del día. Durante un descanso, mientras espera, en medio del trabajo o antes de dormir. Cada vez que aparece un momento sin estímulos, el teléfono está ahí.
“Las redes sociales se aprovechan de ese microdescanso”, afirma.
Cuando la herramienta deja de servir para lo que fue creada
Gabriel también aprendió a identificar el problema observando si la herramienta realmente cumplía el propósito para el que la utilizaba. Quería utilizar las redes sociales para estar en contacto con otras personas y organizar encuentros en la vida real.
Pero llegó a darse cuenta de que podía pasar aproximadamente 20 horas en redes sociales para terminar consiguiendo una reunión de una hora.
“Uno quiere estar más en contacto con la gente, pero no está más en contacto con la gente”. Ese, dice, es otro indicador.
La herramienta debía acercarlo a otras personas, pero terminaba absorbiendo el tiempo que podría haber utilizado para convivir con ellas. Incluso un grupo familiar de WhatsApp puede terminar convertido en un feed de noticias.
El propósito original era comunicarse. El resultado puede ser pasar horas consumiendo contenido.
Gabriel considera que uno de los problemas más grandes no es solamente cuánto tiempo se pierde, sino qué ocurre con la capacidad de atención. Las personas, sostiene, tienen cada vez más dificultades para pensar durante periodos largos sin interrupciones.
Para estar aburridas, para permanecer unos minutos sin revisar el teléfono, para concentrarse.
“Las personas ya no pueden pensar claramente o sin ser interrumpidas”, afirma.
A partir de ahí pueden aparecer otros problemas: aislamiento, falta de autocuidado, dormir menos, comer peor, dificultades en los estudios, problemas laborales… Gabriel dice haber experimentado varias de esas consecuencias.
Una solución para la adicción a las redes sociales: no es falta de voluntad
Después de años intentando controlar su consumo, llegó a una conclusión incómoda: saber que tenía un problema no era suficiente.
Tampoco lo era confiar únicamente en su voluntad, por eso comenzó a modificar su entorno. A la una de la mañana, su computadora y su teléfono se bloquean. Cada 50 minutos, la computadora se bloquea durante 10 minutos.
Tiene que levantarse, caminar y alejarse de la pantalla.
“Eso hace que la pérdida de noción del tiempo no me pase”, explica.
También eliminó las funciones que considera más problemáticas de las redes sociales. No utiliza videos cortos. No utiliza recomendaciones. No utiliza autoplay. No utiliza el feed.
Su estrategia consiste en conservar las funciones que necesita y eliminar las que lo hacen permanecer conectado.
“Si yo quitara estas protecciones, perdería el control nuevamente”, reconoce.
Ese es quizá el punto que Gabriel quiere que más personas entiendan. Durante años pensó que simplemente tenía que utilizar menos internet, que tenía que organizarse, que debía tener más fuerza de voluntad; pero cuando comenzó a estudiar el problema y entró a ITAA, entendió que había algo más.
“Me sirvió mucho para no sentir que era solo lo que me pasaba a mí y que era un problema de falta de voluntad”.
Hoy sabe que necesita establecer límites externos porque, aunque conoce perfectamente los mecanismos de las plataformas, continúa siendo vulnerable a ellos. Y esa experiencia es precisamente la que conecta su historia con el debate que enfrenta Meta.
Para Gabriel, el problema no es que Facebook o Instagram tengan una función útil.
El problema aparece cuando esas funciones útiles están rodeadas de mecanismos diseñados para mantener a las personas dentro de la plataforma durante el mayor tiempo posible.
¿Cómo pedir ayuda ante una adicción a las redes sociales?
Gabriel compara lo que ocurre actualmente con las redes sociales con lo sucedido en otras épocas con productos como los cigarrillos.
Aclara que las situaciones no son idénticas, pero considera que existe un paralelismo en el proceso: primero se populariza un producto, después comienzan a estudiarse sus consecuencias y finalmente aparecen los cuestionamientos y la regulación.
Las redes sociales, recuerda, son relativamente nuevas.
En menos de una generación, la humanidad pasó de no tener internet a llevar en el bolsillo una herramienta capaz de ofrecer comunicación, entretenimiento e información infinita. Y esa misma herramienta puede utilizar mecanismos destinados a mantener la atención.
“Pasamos a tener algo que mezcla cuestiones del casino con cuestiones de infinito, con cuestiones de información infinita en nuestro bolsillo todo el día”, afirma.
Por eso considera que el acuerdo de Meta es un paso importante, pero insuficiente. Desde su perspectiva, el debate tendría que alcanzar a todas las plataformas que utilizan mecanismos similares.
Antes de terminar la conversación con N+ Univision, Gabriel vuelve a hablarles directamente a quienes sienten que ya no pueden controlar el uso de internet. Su mensaje es que no sientan vergüenza.
“Que no se sientan mal consigo mismos por tener dificultades en controlar el uso”.
Les recomienda buscar ayuda, ya sea en ITAA, con un psicólogo o mediante información sobre este tipo de adicciones.
Porque, dice, todavía existe mucho desconocimiento. Y mientras la sociedad intenta entender qué está ocurriendo, las plataformas continúan formando parte de la vida cotidiana.
Gabriel sabe que su solución no fue dejar completamente internet. Tampoco podía hacerlo. Necesita la tecnología para trabajar, comunicarse y vivir.
Lo que hizo fue quitarle aquello que lo hacía perder el control. El resultado, asegura, cambió su vida, y pasó de ocho horas diarias frente a las redes sociales a menos de una hora semanal en las plataformas.
Y, sobre todo, recuperó algo que durante años había dejado de sentir como suyo: su atención.
“Hace cuatro o cinco años estaba completamente rendido y derrotado. Yo no controlaba mi uso de internet”. Hoy, dice, las cosas son distintas.
“Con todas las medidas de introspección, de información y de limitación por medio de software que tomé, retomé el control de mi vida, de mi atención y de mis hábitos”.
Para Gabriel, ese es el verdadero centro de la discusión que hoy alcanza a Meta, pero que, a su juicio, va mucho más allá de una sola empresa. Porque el problema no es únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, es si todavía somos nosotros quienes decidimos cuándo mirar y cuándo parar.










