Economía Informal

Entre las multas y la prisión: vendedora ambulante mexicana negocia su futuro en NYC

Aurora Díaz Ramírez llega a su cita confiada en que la ciudad le reducirá la cantidad de dinero que debe pagar por no contar con una licencia que le permita vender comida ni el permiso para tener el carrito desde el que vende tacos. La espera, sin embargo, apenas inicia.
16 Ago 2016 – 8:07 PM EDT

MANHATTAN, Nueva York. - La audiencia de la mexicana Aurora Díaz Ramírez en la Oficina de Juicios Administrativos y Audiencias (OATH) estaba pautada para las 11:00 a.m. La mujer de 45 años buscaba el lunes que le redujeran los 2,000 dólares de sus dos multas más recientes por no tener permiso para su carrito de comida y por no tener licencia como vendedora ambulante de alimentos.

Procedente de Guerrero, hace casi 25 años llegó a Nueva York con la ilusión de muchos inmigrantes. Estaría por un año o dos para encontrar mejor vida y regresar pronto a México. Pero las circunstancias la llevaron a que en Estados Unidos nacieran sus hijos. “Aquí sigo”.

En una pequeña sala, acompañada de su intérprete y de algunos observadores del caso, Díaz le dijo al oficial de audiencias Clive Morrick que es cierto lo que cada multa dice.

“No tengo licencia, no la he podido conseguir porque la ciudad no está dando permisos”.

“No hago suficiente dinero para pagar esas multas”.

“¿A dónde tengo que ir para un plan de pago para las multas porque los intereses suben?”

Lo dijo en español, sujetándose a su bolso negro y un periódico, mientras su intérprete traducía sus respuestas al inglés.

De ese modo Díaz intentó navegar su situación para poder mantener a flote su negocio de tacos y quesadillas que tiene en el East Harlem por la calle 110 y la Tercera Avenida.

Morrick le preguntó si quería regresar otro día con un abogado que la representara pro bono. Perder otro día de trabajo, explicó, no era una opción para ella.

Con estas dos nuevas multas que recibió el pasado 14 de julio, Díaz le debe a la ciudad 5,000 dólares.

A las 12:30 de la tarde, Morrick le dijo a Díaz que no veía razón para continuar la audiencia y que la decisión de la OATH le llegará al buzón.


De las multas a un arresto

Díaz es una de 20,000 vendedores ambulantes –de comida, flores, camisetas– en la ciudad de Nueva York, según cálculos del Proyecto de Vendedores Ambulantes del Centro de Justicia Urbana.

Los vendedores ambulantes de comida como Díaz necesitan de un permiso del Departamento de Salud para tener el carrito, pero este no es fácil de obtener pues en los ochenta el Concejo Municipal de la Ciudad de Nueva York impuso un límite de 3,000. Aparte de eso, la ciudad requiere que estos trabajadores tengan una licencia personal -de $200 y para la cual no hay un límite- como vendedores ambulantes de comida.

Esta situación se remonta a 1983 cuando según el abogado Sean Basinski, director del Proyecto de Vendedores Ambulantes del Centro de Justicia Urbana, los grandes negocios recurrieron al alcalde Ed Koch para quejarse de estos vendedores y el Concejo Municipal puso el límite de 3,000 permisos para vender comida en toda la ciudad.

“Ese número no ha cambiado desde ese entonces. Eso ha creado un mercado negro y hemos tenido personas que han esperado 15 o 20 años para adquirir un permiso”, sostuvo Basinski sobre el sistema que actualmente lleva a cabo loterías entre años para distribuir estos permisos.

Las opciones ante este escenario -que ya lleva 33 años- son pocas, de acuerdo con Basinski. “Si quieres trabajar tienes una de dos opciones, pagarle 20,000 dólares a otro vendedor que consiga su permiso en el mercado negro, pero si no tienes 20,000 dólares eres como Aurora, que podría enfrentar más multas o ser arrestada”, indica.

“Yo pago mis impuestos”

Minutos antes de entrar a sala, Díaz explicaba la cadena de sucesos que la llevaron a recibir estas multas.

Aparte de no contar con la pegatina de su unidad móvil de alimentos por el límite existente en la ciudad, ella no cuenta con la tarjeta de identificación como vendedora ambulante de comida. Su número de identificación, contó, "es nada más la hoja" porque no ha podido sacar la tarjeta. “En esas estoy”, dijo.

“Cuando llega Inspección, te piden tu ID de vendedor. No lo tengo, y el ‘sticker’ del carro ellos saben que no lo están dando y entonces Inspección y la Policía te dicen que no toques nada, te hacen a un lado, y ellos te recogen la comida. La última vez me echaron toda la comida a la basura”.

Díaz llegó a la OATH con el reclamo de que no puede pagar estas multas.

“No vendo mucho, y de ahí tengo que pagar mis puestos, tengo tres hijos adolescentes, la renta. Yo entiendo que ellos tienen que hacer su trabajo pero que no lleguen a ese extremo de que me tiren la comida”, explica Díaz quien espera, mientras tanto, que le puedan reducir sus multas.

Los minutos transcurren y ella se sostiene a su argumento: “Yo pago mis impuestos. Es el único trabajo que sé hacer, yo siento que no hago mal a nadie”.

El vendedor ambulante de comida, de acuerdo con Basinski, es esencialmente inmigrante: latinos, o provenientes de países como Egipto o Bangladesh. El 80% de quienes no poseen permiso para vender comida y reciben multas, calculó, son mujeres latinas.

Uno de los factores en contra de los vendedores ambulantes de comida, a juicio de Basinski, es la visión de millonarios que quieren controlar la estética de la ciudad.

“Es un asunto ligado a conversaciones de raza, clase, xenofobia. Esto no es nuevo. Cientos de años atrás decían lo mismo de vendedores de Europa del Este, judíos o italianos que vendían ‘comida sucia’”, reflexionó Basinski.

¿Otro trabajo? Por qué no

El Concejo Municipal de la Ciudad de Nueva York trabaja en un proyecto de ley para atender este panorama. Entretanto, la presidenta del Concejo, Melissa Mark Viverito, “mantiene todas las opciones abiertas, incluida quitar completamente el límite”.

En una de las sillas de las largas filas de la sala de espera, antes de entrar a su audiencia, Díaz estaba preocupada por la llegada de septiembre y el regreso a clases de sus hijos.

“No puedo decir que puedo dejar de vender... hasta que consiga otro trabajo”.

Le pregunto si ha intentado conseguir ese otro trabajo.

“No es fácil, mami, porque a veces es de 10 a 12 horas trabajando en otro lado y no te dan permiso a salir dos, tres veces al mes, y yo soy diabética. Ahora estoy trabajando para mí y puedo faltar cada vez que tenga un ‘appointment’”.

En 1999, Díaz tuvo un restaurante que cerró en 2012 por la carga económica y el tema de los impuestos.

“Pasé ocho meses sin trabajar y en enero de 2012 puse este puesto que tengo hasta ahorita”, contó.

“No tengo otra opción más que seguir”.

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