El agua, el otro recurso en riesgo en Medio Oriente

En una de las regiones más áridas del planeta, millones de personas dependen de plantas desalinizadoras vulnerables a ataques, lo que podría desatar una crisis humanitaria en medio del conflicto.

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No solo el petróleo está en juego en medio de la tensión en Medio Oriente. También el agua se ha convertido en un recurso crítico en riesgo, en una de las regiones más secas del planeta.

En el golfo Pérsico casi no hay ríos, y las lluvias son prácticamente nulas, lo que ha obligado a varios países a depender casi por completo de las plantas desalinizadoras, instalaciones que convierten el agua de mar en agua potable. Este sistema es hoy el pilar del abastecimiento para millones de personas.

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En el golfo Pérsico casi no hay ríos ni lluvias, por lo que millones de personas dependen de las plantas desalinizadoras para conseguir agua potable.

La dependencia es particularmente alta en algunos países. En Kuwait, alrededor del 90% del agua potable proviene de estas plantas; en Omán, el 85%; en Arabia Saudita, el 70%; y en Emiratos Árabes Unidos, cerca del 40%. Sin estas instalaciones, el suministro de agua en la región sería prácticamente insostenible.

De acuerdo con un estudio publicado en la revista científica Nature, en Medio Oriente existen cerca de cinco mil plantas desalinizadoras, lo que da cuenta de la magnitud de esta infraestructura. Sin embargo, más allá de su número, el problema radica en su ubicación y vulnerabilidad.

Un informe de la CIA ya advertía desde 2010 que el 90% del agua potable del golfo Pérsico dependía de poco más de 50 grandes plantas. Esto las convierte en puntos estratégicos altamente sensibles en caso de conflicto armado.

El 90% del agua potable del golfo Pérsico depende de poco más de 50 enormes plantas de desalinización.

Estas instalaciones suelen ser complejos industriales de gran escala, diseñados para abastecer ciudades enteras, sectores industriales e incluso actividades agrícolas. Su ubicación, sin embargo, las hace especialmente vulnerables: la mayoría se encuentra a lo largo de la costa del golfo Pérsico, una zona expuesta a posibles ataques en un escenario de escalada militar.

Esa vulnerabilidad ya no es solo teórica. En medio de la actual tensión regional, se han reportado daños en una planta desalinizadora en Baréin, así como en otra ubicada en la isla iraní de Qeshm. Este último incidente dejó sin suministro de agua a unas 30 localidades, evidenciando el impacto inmediato que puede tener un ataque de este tipo sobre la población civil.

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En medio del conflicto, Baréin ya denunció un ataque contra una de sus plantas, mientras en Irán unas 30 localidades quedaron sin suministro de agua tras un bombardeo contra una planta en la isla de Qeshm.

El riesgo principal ahora es un ataque a gran escala contra estas infraestructuras. Irán amenazó con atacar infraestructura enemiga en respuesta a los ataques contra sus refinerías.

De concretarse bombardeos contra las plantas desalinizadoras, se podría desencadenar una crisis humanitaria de gran magnitud, al interrumpir el acceso al agua potable para millones de personas durante semanas o incluso meses.

Además del impacto directo en el consumo humano, una interrupción prolongada del suministro afectaría la producción industrial, la generación de energía y la seguridad alimentaria en la región, ampliando aún más las consecuencias del conflicto.

Un ataque contra estas instalaciones podría provocar una crisis alimentaria en la región.

Organismos internacionales y analistas advierten que, en un contexto donde el agua ya es un recurso escaso, la destrucción o el daño sistemático de plantas desalinizadoras podría agravar la inestabilidad regional y generar nuevas tensiones sociales.

En un escenario marcado por la disputa geopolítica y energética, el agua emerge así como un factor estratégico clave. Su fragilidad frente a la guerra plantea un desafío adicional: proteger no solo las fuentes de energía, sino también los sistemas que garantizan la vida cotidiana de millones de personas.

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