LOS ÁNGELES, California.- “Valentina estuvo en un choque”. Esas palabras fueron el comienzo de una de las noches más devastadoras en la vida de Lili Trujillo Puckett.
Perdió a su hija de 16 años en una carrera clandestina y convirtió su dolor en una misión para salvar vidas
Hace 13 años, la vida de Lili Trujillo Puckett cambió para siempre cuando su hija Valentina, de 16 años, murió en un choque relacionado con una carrera clandestina en Wilmington, California. En medio del dolor, encontró una nueva misión: crear conciencia sobre los peligros de la conducción imprudente y llevar educación vial a las escuelas para evitar que otras familias atraviesen la misma tragedia.
En plena madrugada, un joven la despertó con una llamada urgente y le pidió que acudiera a una intersección en Wilmington, California. Lili no sabía qué había ocurrido. Solo sabía que algo le había pasado a su hija.
Valentina tenía 16 años. Había salido con una amiga y, como cualquier madre, Lili esperaba que regresara a casa.
Desesperada por conocer su estado, llegó al Harbor-UCLA Medical Center. Allí esperaba recibir información sobre el accidente, sin imaginar que estaba a punto de escuchar una noticia que dividiría su vida en un antes y un después.
“Me dicen: ‘Señora, tome asiento. Su hija se murió en un choque’. Y de ahí no me acuerdo mucho. No me acuerdo de nada, estuve súper mal”, recuerda.
Han pasado 13 años, pero aquella madrugada continúa presente en su memoria. La muerte de Valentina no solo le arrebató a su hija; también la enfrentó a una realidad para la que ninguna madre puede prepararse.
La noche que todo cambió
La noche del accidente había comenzado como una salida entre adolescentes.
Valentina había sido invitada a una fiesta en Wilmington. Al principio no quería ir, pero su amiga la animó a acompañarla. Le dijo que el lugar estaba cerca y que podía quedarse en su casa.
“Me llega un texto de mi hija y me dice: ‘Mamá, ¿me puedo quedar en casa de mi amiga’. Y dije: ‘Okay, está bien’. La recogí como a la 7:30 y la llevé a casa de la otra amiga”, cuenta.
La madre pensaba que las jóvenes se quedarían allí o que alguien las recogería para llevarlas a otra casa donde dormirían. Sin embargo, terminaron en una fiesta donde había muchachos mayores que ellas.
Según el relato de Lili, al llegar les ofrecieron alcohol. La amiga de Valentina bebió y comenzó a sentirse mal. Valentina, en lugar de continuar con la fiesta, intentó ayudarla.
“La amiga se emborracha, Valentina la empieza a cuidar y dice: ‘Vámonos, estás súper mal’”.
Las jóvenes contactaron a un amigo para que las recogiera y se marcharon. Lo que sucedió después convirtió aquella salida en una tragedia.
Una carrera clandestina terminó con la vida de la adolescente
Cuando Lili conoció los detalles del accidente, descubrió que, según el reporte que leyó, el conductor que transportaba a las jóvenes había sido retado por otro automovilista -que era su amigo- a participar en una carrera clandestina.
El conductor aceleró hasta alcanzar unas 80 millas por hora, se pasó un semáforo en rojo y chocó contra el automóvil de una mujer que se dirigía a trabajar. Después, el vehículo impactó contra una barrera metálica.
Los demás ocupantes sobrevivieron. Valentina no.
La adolescente no llevaba puesto el cinturón de seguridad y, debido a la fuerza del impacto, sufrió una lesión fatal en el cráneo.
“Cuando leo el reporte, es cuando vi lo que había pasado. Yo estaba llorando, tocando el asiento donde siempre la llevaba”, recuerda Lili.
“No hay nombre para una madre que pierde a un hijo”
“No hay nombre para una madre que pierde a un hijo. Yo estaba mal. No lo podía creer”, expresa.
Lili recuerda que, después del accidente, tuvo dificultades para continuar con su vida cotidiana. Regresar al trabajo y enfrentarse a los recuerdos de su hija formó parte de un proceso de duelo que todavía la acompaña.
El lugar del choque también se convirtió en un recordatorio permanente de lo ocurrido.
Las flores que alguna vez dejaron allí desaparecieron, la vida siguió para quienes pasaban por esa calle y el tiempo avanzó. Pero para ella, aquel punto de Wilmington siempre estará vinculado a la pérdida de Valentina.
“La gente no sabe lo que hay detrás de un choque . Para mí han sido 13 años y no ha sido fácil. El dolor de un choque trasciende por tantos años en las familias”, afirma.
Cada año, Lili participa en actividades educativas para jóvenes y padres en Wilmington. Para llegar a una de esas conferencias, debe pasar cerca del lugar donde murió su hija.
Street Racing Kills: transformar el duelo en prevención
Cinco meses después de la muerte de Valentina, Lili se encontraba hablando en una escuela cuando descubrió que podía utilizar su voz para conectar con otros y transmitir un mensaje importante.
“ Cuando perdí a Valentina, mi hija, por una carrera clandestina, mi vida cambió de la manera más terrible que yo ni siquiera sabía que existía algo así. A los cinco meses estaba en una escuela hablando y descubrí ese don que tenía para hablar con la gente”, cuenta.
De esa experiencia nació el impulso de convertir su dolor en una misión. Como directora ejecutiva y fundadora de Street Racing Kills, trabaja para crear conciencia sobre las carreras clandestinas y los riesgos de la conducción peligrosa entre los jóvenes.
Su objetivo es que los adolescentes comprendan que una decisión al volante puede tener consecuencias irreversibles, pero también que los padres se involucren en la educación y la prevención.
“El coraje que me dio antes y la frustración, poquito a poquito, con mi organización me ha ayudado mucho a sobrevivir, a seguir viviendo”, explica.
“Si alguien hubiera hablado con ella en la escuela, de que siempre hay que tener el cinto, educación sobre la responsabilidad al volante”, reflexiona.
Por eso, su trabajo busca llevar estas conversaciones a las escuelas y reunir a jóvenes y padres.
Considera que la formación vial debe ayudar a los adolescentes a reconocer situaciones peligrosas, resistir la presión de otros y comprender que nunca deben arriesgar su vida por una carrera en la calle.
“Es 100% prevenible. Ella se murió a los 16 años. Con educación quizá eso no hubiera pasado”, afirma.
“Siempre hay una luz al final del túnel”
Trece años después, Lili no dice que haya superado la muerte de su hija. Habla de aprender a vivir con una ausencia que permanece.
“No tienes más opción que vivir. Estás desecha como persona, tu corazón está partido y aprendes a vivir. Tu cuerpo solito empieza a vivir, vuelves a reír”, dice.
Para ella, continuar viviendo ha significado encontrar una misión en medio del dolor y convertir la memoria de Valentina en una razón para actuar.
Si pudiera hablar con aquella Lili joven, traviesa e inocente, que todavía no sabía cómo cambiaría su vida, le ofrecería un mensaje de esperanza: “Siempre hay una luz al final del túnel. Siempre hay algo que te va a ayudar con tus sueños”.
Hoy, su trabajo con Street Racing Kills busca que los jóvenes entiendan lo que está en juego cada vez que alguien decide correr a toda velocidad por una calle pública.








