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Fashion Week

Cubrir un Fashion Week no es tan glamuroso

Tras esperar horas de intenso frío para fotografiar un buen look, muchos cambiarían su idea de trabajar en moda.
12 Feb 2016 – 12:37 AM EST


Esta columna empieza con el retrato de Francesca Beltrán, la fotógrafa mexicana que cubre New York Fashion Week para Univision. Esta enfundada en una chaqueta negra que parece una armadura para sobrevivir. Lleva ahí parada más de una hora. La temperatura, según dice el celular, es de 2 grados. Tiene encomendado registrar con su cámara las personas con más estilo que recorren incautas la ciudad justo unas horas antes de dar inicio a la tan esperada semana de la moda.

Francesca sabe que la espera puede tomar horas, sin ir más lejos ayer tuvo que salir a buscar la tendencia de los bare ankles en plena nevada y caminar más de tres horas para cumplir el cometido, porque, a pesar de lo que el mundo cree, la gente que hace una declaración con su estilo es verdaderamente escasa. Aunque hoy parezca la regla, la verdad es que encontrar a alguien digno de ser retratado, alguien verdaderamente diferente, toma horas infinitas de ver solo personas anodinas.

Ahora que la moda está tan de moda, y que las blogueras hacen ver como si todos pudiéramos vivir como en una vida de fantasía, vale la pena decirles a todos aquellos que sueñan con estar en este mundo que posiblemente tienen la cabeza llena de falsas ideas.


Cubrir un New York Fashion Week va más allá de subir la foto de los tacones de turno en Instagram, o de hacer el comentario del día para alentar a tus seguidoras en Facebook, requiere, como bien lo sabe esos fotógrafos serios como Bill Cuningham, que lleva la sección de estilo en el New York Times, o Scott Schuman que se hizo famoso con su blog The Sartorialist, hacer un trabajo de verdaderos cazadores que, estando en la intemperie aguantando sol o frío por tardes enteras, deben encontrar esa presa que va inspirarlos con su estilo.


En cuanto a los periodistas, tendrán que levantarse a las 5 a.m. todos los días para poder escribir las notas del día, justo antes de ir a los 15 desfiles programados, y olvídense de hacerse el pelo o las uñas y menos de llevar un elegante clutch en donde no cabe el computador, por eso es que emblemas del periodismo de moda como Judith Thurman, de The New Yorker, o Vanessa Friedman de The New York Times, e incluso Suzy Menkes, que es reconocida por sus raros y feos peinados no son tan famosas en redes sociales. De verdad, no tuvieron tiempo de arreglarse más de lo normal.


Una vez pasada la euforia de cada desfile, así, con tacones aguja, tendrás que salir de ver el show y correr a escribir en unos minutos lo que has visto desde un punto de vista que no sea igual al de las millones de personas que también lo vieron contigo y, admitámoslo, a veces la moda se pone predecible y aburrida.

Todos piensan que en el mundo de la moda se respira glamour, pero bien sabe Grace Cuddington, la directora creativa de la revista Vogue, cuántas veces hay que agacharse para ajustar bien un zapato de una modelo, pasar tardes enteras pegando cinta sobre las suelas de los tacones (para que no se dañe durante la sesión de fotos, porque si se daña tú lo tienes que pagar), y hasta planchar vestidos.


Ahí, cuando uno está en el suelo, y ve esas bellísimas y altas modelos solo tiene lugar un pensamiento: cómo es que uno es tan chaparrito y está tan lejos de semejante perfección. Es muy duro vivir con la encarnación de la belleza todo el tiempo al frente. Por último, sabes que ahí, a diferencia de las que están en banca o en finanzas, no vas a encontrar el hombre de tu vida, porque ni hablar.

Solo hay que pensar que estar en la moda es un trabajo real -con jornadas y pedidos extenuantes, con recompensas como tener acceso a personajes increíbles-, pero a veces me parece que sospechosamente esta sociedad quiere hacernos pensar que ese solo es trabajo para princesas. No creo que ellas soporten una sola hora de las largas jornadas de Francesca.

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