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Hasta el último hombre, el gran regreso de Mel Gibson, el director

Publicado 30 Ene 2017 – 03:30 PM EST | Actualizado 26 Mar 2018 – 10:34 AM EDT
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Pasaron 10 años desde Apocalypto, la última película que dirigió Mel Gibson.

En todo este tiempo, Gibson, un poco condenado al ostracismo por sus altercados públicos y su mala imagen —por resistirse a un arresto tras conducir borracho y haber agredido al oficial con insultos antisemitas, y por otros insultos y supuestas amenazas violentas a su novia en grabaciones telefónicas filtradas—, se dedicó a actuar aisladamente: un par de esos papeles de acción que ya puede hacer casi con los ojos cerrados ( Edge of Darkness, Get the Gringo), algunos tal vez más experimentales para lo que es su carrera ( The Beaver) y otros que simplemente parece haber aceptado para divertirse un poco ( Machete Kills, The Expendables 3).

Más recientemente, con la muy buena Blood Father (Jean-François Richet, 2016), bien recibida por la crítica, pareció tantear el terreno para su verdadero regreso, lo que parece haber certificado con Hasta el último hombre.

Un regreso a sus temas y obsesiones

Hacksaw Ridge, al igual que casi todas las películas que dirigió antes — Corazón Valiente (1995), La pasión de Cristo (2004) y la mencionada  Apocalypto (2006)—, es una experiencia intensa, visceral, cargada de violencia, con un héroe que gracias a su fortaleza y espiritualidad supera todos los obstáculos.

(Gibson debutó como director con El hombre sin rostro, de 1993, que ha quedado un poco desencajada del resto de su filmografía por sus características diferentes; es un drama familiar basado en una novela de Isabelle Holland).

Posee, como aquellas, una implacable devoción por la recreación de esa época antigua que no solamente sirve como escenario de la acción, sino también como eje dramático y fuente de origen de las inquietudes temáticas, políticas, religiosas o filosóficas que presenta el film.

Hacksaw Ridge está situada en un escenario más moderno que las anteriores, pero del mismo modo cumple con esas características.

La Segunda Guerra Mundial no es meramente el telón de fondo de la historia de Desmond Doss, un soldado estadounidense que se alistó en el ejército por puro deber patriota pese a que sus convicciones religiosas le impedían cargar un arma, ni una simple excusa para contar esa historia heroica, sino, sobre todo, el lienzo sobre el cual la película plasma todas sus intenciones, su fundamento, su razón de ser.

Pero la película es también, y antes que nada, un recordatorio de que Mel Gibson es un director de gran talento, alguien capaz de narrar su historia y las ideas que la informan con implacable elocuencia y convicción. No es casual que muchas veces que te gusten sus películas o no sea equivalente a estar de acuerdo con su mensaje o no, sea éste real o percibido.

La película despertó reacciones encontradas. Fue elogiada por su mensaje pacifista, y criticada por propaganda religiosa y patriótica.

Y en cierto modo es las dos cosas, pero en eso radica su virtud.

Lo religioso

Hasta el último hombre se puede ver como una continuación espiritual de La pasión de Cristo.

El protagonista, un héroe de la vida real, condecorado por sus acciones con la Medalla de Honor por el presidente Harry Truman, es esencialmente un santo: un joven más bueno que Lassie, pacifista, profundamente religioso (adventista del séptimo día) que se dedica a la medicina para salvar vidas y que ha hecho el voto de nunca tomar ni disparar un arma.

Se compromete a esto con tal convicción que no hay nada ni nadie que pueda convencerlo de lo contrario, ni la amenaza de cárcel ni el desprecio y la violencia de todo un pelotón del ejército que lo ve como un cobarde o un inútil o ambas.

El mensaje religioso es omnipresente, porque ese es Desmond Doss: inseparable de sus convicciones religiosas, causa y origen de su conducta, de su estoicismo y de su heroísmo.

Es un alegato a favor de la fe, evidentemente, pero no en un sentido panfletario o que excluya y repela a los no creyentes (como quien suscribe): se puede entender fácilmente que una persona devota busque en ella la fuerza para superar la adversidad, el sufrimiento y el dolor.

La clave, además, está en otros detalles de la vida de Desmond Doss, desde su niñez hasta su juventud, que pueblan la primera mitad de la película.

Se establece así un panorama completo de su personalidad, de su bondad inherente, que va mucho más allá de su fe religiosa, y también hay otros detalles de su biografía que explican su pacifismo y no tienen que ver con la religión (la relación con su padre o con su hermano, por ejemplo).

La interpretación de Andrew Garfield es excepcional, haciendo de Desmond Doss inmediatamente entrañable, por momentos muy divertido, y dotándolo a la vez de cierta fragilidad o vulnerabilidad, así como fortaleza y determinación en los momentos justos.

Lo patriota

Desmond Doss opina que como joven estadounidense es su deber y su obligación alistarse en el ejército para luchar contra los enemigos. Que no puede quedarse allí tranquilamente en su pueblo y disfrutando de su vida tranquila y familiar mientras sus compatriotas están muriendo en el frente de batalla. Es parte de su espíritu generoso y altruista, el de un verdadero héroe. El contexto histórico y la personalidad expuesta en la película justifican esto.

Pero no se debe confundir la opinión del protagonista con el de la película, al menos no enteramente.

Es cierto que, como es habitual para las películas hollywoodenses de la Segunda Guerra Mundial, al adoptar el punto de vista del ejército estadounidense nos obliga a ponernos de su lado y ver a los enemigos como salvajes, ajenos y despreciables. 

Pero considerar que la película es un alegato de patrioterismo es ignorar, por ejemplo, la posición del padre de Desmond Doss (un notable Hugo Weaving), con una presencia destacada e importante, que funciona como un símbolo de las secuelas psicológicas y físicas de la guerra (anterior), y más generalmente de la futilidad y la tragedia en términos humanos que representa.

Es ignorar también algunos momentos de humanización del enemigo (el rendimiento de las tropas japonesas, un encuentro inesperado de Desmond Doss con un japonés tan asustado como él en una trinchera) y es, por último, ignorar el propósito de la brutal violencia de la película, de la que tanto se ha hablado.

Una extensa secuencia que incluye el ascenso del ejército estadounidense al risco del título, la inminencia del enfrentamiento con el enemigo, y por fin el combate, el lujo y la intensidad de los detalles con los que se muestra la encarnizada batalla, los horrores de ésta y el miedo de los soldados, no solamente es una de las secuencias bélicas más impactantes del cine hollywoodense (ha sido comparada con la del Desembarco en Rescatando al Soldado Ryan), sino que está ahí precisamente para mostrar de forma realista y cruda lo que es la guerra, lo que esos soldados vivieron, lo que un país produce y consiente para sus ciudadanos, en nombre de una extorsión patriótica.

En una entrevista reciente, Mel Gibson criticó la violencia de muchos de los blockbusters modernos, llamándola «violencia sin conciencia».

Es evidente que cuando Gibson filma una escena brutalmente violenta, ve un propósito detrás de ella, es funcional a la narrativa. En el caso de Hasta el último hombre, ese propósito no puede ser otro que un mensaje pacifista.

La herencia de Kubrick

La película tiene una herencia bastante evidente de Full Metal Jacket (1987), la gran película de Stanley Kubrick.

Al igual que aquella, se estructura en cierto modo como dos películas dentro de una, con una primera mitad biográfica de Desmond Doss y su camino hasta llegar a ser reclutado para desempeñarse en un batallón en Japón, y una segunda parte puramente bélica y de acción. También una larga secuencia en un campo de entrenamiento militar, donde es sometido a la humillación y el escarnio, primero por parte de sus superiores, como es habitual, y luego por parte de sus compañeros.

Vince Vaughn, sin embargo, interpreta a un sargento mucho más gracioso que aquel temible de Full Metal Jacket, y su aparición da pie a algunos de los momentos más livianos y humorísticos de la película (junto con los flirteos del protagonista con su enamorada, interpretada por Teresa Palmer).

Otra parte de la película, con un juicio militar indignante con esos argumentos que carecen de cualquier lógica y sentido común fuera de una corte marcial, tiene reminiscencias a Paths of Glory ( La patrulla infernal), el otro clásico de Kubrick, lo que subraya su mensaje antibélico. 

El director y la figura pública

Mel Gibson ha sido una figura polémica y resistida en gran parte del público y en algunos círculos de Hollywood, especialmente en la última década.

Si no por los escándalos vinculados a su errática conducta, sus controvertidas declaraciones o sus posturas políticas y religiosas, por sus películas, sobre todo, famosamente, por La pasión de Cristo.

Aquella dejó en evidencia que la interpretación y la recepción de sus películas muchas veces se ve enturbiada por razones extra cinematográficas: son juzgadas más por lo que podría querer decir y por supuestos originados en sus presuntas opiniones, que por lo que realmente dice; o, en todo caso, su mensaje es simplificado para poder ignorarlo o rechazarlo (similar a lo que ocurre con Clint Eastwood, al que muchos suelen reducir a mero conservador y republicano pero cuyas películas dan cuenta de una complejidad y de profundos matices ideológicos que no siempre son reconocidos).

Soy de la opinión que la verdadera voz del artista está en su arte más que en declaraciones de prensa.

Hasta el último hombre es el gran regreso de Mel Gibson (aunque el dijo que nunca se había ido), un hombre que puede ser acusado de lo que sea, pero no de hacer películas olvidables.

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