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Arleth y José, de 12 y 10 años respectivamente, viajaron solos desde Guatemala para encontrarse con su madre, Vanessa, en California.

Estos niños cruzaron solos la frontera huyendo de la violencia, pero llegaron al nido de las pandillas en Los Ángeles

Estos niños cruzaron solos la frontera huyendo de la violencia, pero llegaron al nido de las pandillas en Los Ángeles

El éxodo de miles de niños centroamericanos, como José y Arleth, que arriesgan sus vidas atravesando el desierto muchas veces sin compañía de ningún adulto, se debe en la mayoría de los casos a la violencia en sus países. Sin embargo, estos menores están llegando a vecindarios estadounidenses también plagados de bandas callejeras.

Arleth y José, de 12 y 10 años respectivamente, viajaron solos desde Gua...
Arleth y José, de 12 y 10 años respectivamente, viajaron solos desde Guatemala para encontrarse con su madre, Vanessa, en California.

LOS ÁNGELES, California.- Los hermanos José y Arleth Pocop tenían 8 y 9 años cuando salieron de Guatemala para enfrentar una odisea durante la primavera de 2014: cruzaron México en cuatro autobuses, pasaron el río Grande en una lancha inflable, atravesaron solos el peligroso desierto de Texas y permanecieron incomunicados varios días en un centro migratorio en la frontera.

Uno de los motivos para asumir tantos riesgos era huir de la violencia de las pandillas en su país, pero desde que llegaron estos niños han vivido en un barrio plagado de estos grupos delictivos en Los Ángeles: Pico-Union.

"Aquí también hay pandillas. A la calle no les permito salir", asegura la madre de los menores, Vanessa Pineda, a Univision Noticias. Ella cuenta que tristemente en su barrio ha visto más actos violentos que en su país, del cual emigró en 2012. Hace seis meses se dirigía a su casa cuando se topó con un adolescente herido, algo que -dice- jamás vio en Guatemala. "Yo venía caminando, doy la vuelta a la esquina y el muchacho cayó".

José y Arleth, quienes hace un mes recibieron el asilo político en un caso en el cual su abogado, Eric Price, incluyó la escalada de violencia que han desatado las pandillas en Centroamérica, son conscientes de que aunque ya tienen 10 y 12 años respectivamente, no pueden salir solos de su casa, ni siquiera a tirar la basura.

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Cuando su madre los acompaña al diminuto parque que tienen en el barrio, por el camino siempre ven pintas con el número 18 en carteles, vallas y hasta en el piso. Así han marcado territorio los miembros de una clica de la banda Barrio 18, que nació en el suroeste de Los Ángeles en la década de 1970 y es enemiga a muerte de la Mara Salvatrucha (MS-13).

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El temor de Vanessa es que después de todo lo que han pasado para volverse a reunir, sus hijos ahora enfrentan un nuevo peligro y viven en un ambiente que no es del todo seguro. Ya en su escuela han tenido experiencias que los inquietan, como la vez que agredieron a la niña: "Me empujaron en el baño y una de las niñas me dijo que me fuera porque me podían hacer algo más", relató Arleth.

Cuando su madre reportó este incidente a los directivos de la escuela le comentaron algo que la dejó sorprendida. "La psicóloga de la escuela me dijo que están formando su grupito desde chiquitos, que las niñas ya se creen líderes de ahí, que son las que quieren mandar", mencionó.

El caso de José y Arleth es reflejo de los retos a los que se enfrenta la mayoría de los más de 150,000 menores centroamericanos que han llegado a este país desde 2014, como lo explica Alex Sánchez, un expandillero que ahora dirige a la organización Homies Unidos, que ofrece consejería a los jóvenes para que no se unan a las bandas callejeras.

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"Llegan huyendo de las pandillas y se enfrentan a más pandillas que están en las comunidades de inmigrantes centroamericanos a donde se mudan, en Los Ángeles, Maryland, Nueva York y Virginia. Algunos ceden a esa presión y terminan uniéndose a estos grupos", comentó Sánchez.

Pintas con el número 503, el código internacional de El Salvador, han aparecido en escuelas en Los Ángeles donde abundan menores centroamericanos refugiados, como indicio de la posible formación de una nueva pandilla, según Homies Unidos. Ahí, según la organización, los jóvenes se estarían agrupando para defenderse, un motivo por el cual nacieron la MS-13 y la Barrio 18.

Los niños Arleth y José caminan con su madre en un parque marcado con gr...
Los niños Arleth y José caminan con su madre en un parque marcado con grafiti de una pandilla en Los Ángeles.

Su travesía para llegar a EEUU

José y Arleth salieron de la casa de su familia paterna en Guatemala en marzo de 2014. Allá, según su madre, sufrieron de maltrato y estaban prácticamente a la deriva. Su padre murió en un accidente automovilístico y su madre emigró a Estados Unidos en 2012 porque no encontró empleo y por las pandillas.

"Hay muchos ladrones allá, mucha delincuencia. Están matando a la gente por cualquier cosita. Hasta por una mirada", afirma esta mujer de 31 años, quien ahora se gana la vida limpiando las habitaciones de un hotel en el centro de Los Ángeles.

Desde que se emigró siempre tuvo en mente la idea de traerse a sus hijos, un plan que aceleró cuando se enteró del abuso que estaban sufriendo en casa de sus parientes: "A mi hija le daban una patada para obligarla a que me pidiera dinero", contó Pineda. "No les daban de comer. Yo les mandaba dinero y no se los daban. Les mandaba cosas y no se las entregaban", agregó.

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Ni su salida fue fácil. Unas amigas de Pineda engañaron a la abuela paterna y le dijeron que los llevarían a una fiesta infantil, pero en realidad los entregaron a una traficante de personas, quien los acompañó por territorio mexicano durante 15 días.

Al llegar a la frontera entre México y Texas, los niños fueron puestos sobre una lancha inflable para cruzar el río Bravo. Pero ya en territorio estadounidense los dejaron casi a su suerte.

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"Caminamos mucho, hasta que llegamos con otro grupo, que eran cinco o seis personas, caminamos con ellos y cuando miramos a 'La Migra' (agentes de la Patrulla Fronteriza) empezamos a correr, pero nos agarraron", relató con emoción José, como si estuviera contando una película.

En Texas, los menores fueron llevados a un centro migratorio infantil. Ahí estuvieron separados y sin poder comunicarse con su madre durante 15 días. "Estábamos tristes, porque no podía hablar con mi mamá, ni yo lo podía ver a él (José), teníamos que estar separados", contó Arleth, quien dijo que ahí sintió como si la hubieran recluido en una cárcel para menores.

Durante ese tiempo en que no tuvo comunicación con sus hijos, la señora Pineda dice que pensó lo peor. "Estaba desesperada. Pensé que me los habían robado, que les había pasado algo. Ya ve que la frontera está bien peligrosa", recuerda la mujer.

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El alma le volvió al cuerpo cuando los niños fueron trasladados a la casa de una familia anglosajona en Chicago, Illinois, donde permanecieron alrededor de un mes. Finalmente, en mayo de aquel año, los niños tomaron un avión hacia Los Ángeles. El emotivo reencuentro ocurrió en el aeropuerto LAX: "Salí corriendo y los abracé, no lo podía creer".

Los niños Arleth y José abrazan a su madre, Vanessa Pineda, en su hogar...
Los niños Arleth y José abrazan a su madre, Vanessa Pineda, en su hogar en Pico-Union, California.

Un futuro lejos de la violencia

El abogado Eric Price menciona que la estrategia para que estos menores obtuvieran el asilo político fue resaltar que habían sido abusados por sus parientes y que su negligencia los dejó en una situación de vulnerabilidad.

Tres años después de la llegada de estos niños a Los Ángeles, su madre tiene planeado mudarse a un vecindario sin pandillas. "Se está poniendo cada día más peligroso", advierte ella.

Pero José y Arleth dicen que su futuro no está conectado con ese ambiente: él sueña con ser futbolista profesional y ella quiere dedicarse a curar a las personas. "Yo quisiera ser doctora y demostrarle a mi mamá que sí lo puedo hacer”, dice la niña.

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