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La verdad, no entiendo por qué mi hermana confía tanto en usted. Porque usted no se merece la confianza de mi hermana.
José ángel: no diga eso, señorita, por favor. Yo doy mi vida por la señora victoria.
Adriana: qué bonita frase. Está muy bonita la frase, pero la realidad es muy distinta.
Si usted le fuera leal a mi hermana, le diría que esa falsa maestra de piano es la amante de mi padre. José ángel: ¿pero quién soy yo para decirle algo así?
¿qué no se da cuenta? Yo soy su guardaespaldas, un simple empleado, nada más.
Esto es algo muy delicado. Es cosas de familia.
Yo no tengo por qué decirle nada. No me puedo meter en eso.
Es más, usted le hizo de chivo los tamales. ¿sabe por qué?
Porque cuando vio a la señora esa, lo único que hizo fue saludarla como si no la conociera. Adriana: bueno, para mí tampoco es fácil.
José ángel: ¿entonces? Adriana: no es fácil.
He tratado poco a paula pero me he dado cuenta que no es una mala mujer como yo creía. Aunque no callé por ella, no callé por paula.
Callé por mi hermana porque no le quiero causar un gran dolor. José ángel: ¿se da cuenta?
Usted y yo estamos peleando por la misma razón. Por no ver sufrir a su hermana.
Y si usted que es la hermana, no se lo puede decir, menos yo, que soy su empleado. Adriana: no creo que mi hermana le guste saber que usted le guarda un secreto tan grave.
José ángel: mire, pues ahí está. Lo mismo, pero revolcado.
Usted es la hermana y usted se lo tiene que decir. Adriana: yo no quiero que mi hermana se entere de todo esto.
No, porque se va a llevar una fuerte impresión.