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Adelante. Isabela: madame, le recuerdo que tengo un objetivo de ventas que quiero cumplir y que no me gusta perder el tiempo.
Madame: y yo te recuerdo que trabajas para mi, corazón, y que cada vez que yo te llame es importante, ¿entiendes? Isabela: si.
Madame: siéntate. Isabela: gracias.
Marizza, eh, tu vida no era nada, hoy trabajas para mi, para mi equipo de trabajo y en menos de 24 horas has logrado lo que ninguno de mis empleados había logrado. Isabela: no entiendo de qué habla, madame, no he vendido un sólo coche.
Madame: eres una mujer aguerrida, marizza, no tienes miedo a decir lo que piensas, hablas de frente y por eso te contraté. Isabela: gracias.
¿ahora sí confía en mi? Madame: sino no estarías en mi casa.
Ahora quiero que me digas cuál es el secreto, porqué te ves así a tus 38 años. Isabela: no tengo ningún secreto, madame.
Madame: tienes que hacer algo, o sea, no puede ser que no tengas ningún secreto. Isabela: las cosas normales, tomo mucha agua, me alimento sanamente, duermo ocho horas al día.
Madame: ¿sólo eso? Isabela: no.
Veo a mi dermatólogo con frecuencia-- madame: iah, yo sabía! Sabía, sabía, sabía que había algo más.
Claro, lo que te hace tu dermatólogo, ¿te inyecta la cara? ¿te hace algún procedimiento--?
Isabela: madame, ese es su secreto, pero usted también debe de tener el suyo porque se ve espectacular. Madame: no es suficiente, quiero más.
Leonor: buenas tardes. Isabela: buenas tardes.
Leonor: su café, señora. Madame: qué ironías de la vida, ¿no?
Nosotras tan afortunadas y leonor que ni con el mejor dermatólogo del mundo luciría bien.