LOS ÁNGELES, California.- Cada cierto tiempo, Baudelia Mendoza llega al Jardín Comunitario de Pacoima cargando agua. No lo hace porque sea su trabajo. Lo hace porque, desde hace siete años, decidió convertirse en una de las personas que mantienen vivo este espacio comunitario.
Llevan agua en envases plásticos para mantener vivo un jardín comunitario en Pacoima
Lo que comenzó como un espacio afectado por el abandono y la basura se convirtió en un jardín comunitario que hoy alimenta y conecta a vecinos de Pacoima. Para mantenerlo vivo, voluntarios como Baudelia Mendoza llevan agua y dedican su tiempo a cuidar cada planta.
“Somos voluntarios y la palabra voluntaria es 'free'”, dice Baudelia, dejando claro que su recompensa no es económica. Es el bienestar de saber que hizo algo por su comunidad.
De un espacio abandonado a un jardín que alimenta a la comunidad
Jardín Pacoima nació para responder a una necesidad: tener acceso a alimentos frescos y saludables en el vecindario, de acuerdo a pacoimabeautiful.org.
El lugar, que alguna vez estuvo afectado por basura y abandono, fue transformado en un jardín comestible ubicado a lo largo de la acera. Hoy ofrece frutas, verduras y hierbas que los miembros de la comunidad pueden tomar gratuitamente cuando las necesitan.
“Cuando se inició, fueron 200 personas que trabajamos ese día, y los ingenieros nos indicaban dónde poner los naranjos y plantas”, recuerda.
Para ella, la transformación también tiene un significado visual y emocional: “La función de este jardín es quitar lo feo que estaba y ponerlo bonito, para que la gente pase y vea bonito y se disfrute de los árboles frutales”, explica.
El agua que llega de casa
Mantener vivo un jardín en medio del vecindario requiere algo tan básico como agua y cuando no hay una fuente directa disponible, como pasa en este jardín, los voluntarios encuentran la manera de llevarla.
Parte del agua que utilizan proviene de sus propias casas y las llevan en envases plásticos: “Esta que está aquí es agua reciclada de los trastes que lavé ayer. Nosotros los voluntarios hacemos eso”.
Pero para Baudelia, el esfuerzo podría ser mucho menor si el jardín tuviera acceso directo al agua: “Me gustaría que tuviéramos agua directa, que llegue. Si hay agua es mejor… no se nos mueren las plantas”, dice.
“Yo siento que están enfermas, como si fuera yo”
Para Baudelia, las plantas no son simplemente parte del paisaje. Cuando comienza a ver que alguna está perdiendo fuerza o está a punto de secarse, dice que siente algo parecido a cuando una persona está enferma.
“Yo siento que están enfermas, como si fuera yo”, cuenta. Por eso regarlas se convierte en una tarea personal.
Cada primer viernes del mes, voluntarios se reúnen para cuidar el jardín, regar las plantas y limpiar el espacio que comparten con la comunidad.
Una recompensa que no se puede medir en dinero
“Ser voluntaria es algo muy esencial, porque toda persona que se pone de voluntaria y que ayuda y que toma su tiempo... es de las personas más felices, que menos se enferman”, dice.
Después de pasar tiempo cuidando el jardín, asegura que sale diferente a como llegó: “Yo me voy de aquí feliz y relajada. Me duele todo y se me olvidó todo de estar aquí”.
Y antes de irse, tiene una frase que resume lo que significa para ella regresar una y otra vez: “Yo vengo de aquí y me voy de aquí diciendo: misión cumplida”.
























