Unos jóvenes mixtecos intentan cambiar su mundo, una taza de chocolate a la vez

Es la búsqueda de una posibilidad —una sola— donde el éxito no signifique tener que irse de casa para ser alguien, sino quedarse para ser quien ya se es; hay algunos que se aferran a su tierra y encuentran la riqueza semilla por semilla

Video Chocolate casero

Hay una neblina en la Cañada Sur de Putla que no parece tanto un fenómeno meteorológico como una decisión ontológica del paisaje: una blancura espesa que insiste en que no veas lo que tienes delante hasta que estás lo suficientemente cerca como para que te importe. Para llegar a la huerta de Iván García en Guadalupe Nuevo Tenochtitlán, uno tiene que negociar con una carretera que se siente menos como una vía de transporte y más como un espacio incierto de asfalto y terracería, lleno de curvas que desafían las leyes de la inercia y la paciencia del sistema vestibular.

Iván García tiene 36 años y la precisión terminológica de alguien que ha decidido que las palabras son tan valiosas como las semillas. Es ingeniero agroindustrial, pero antes de eso fue un migrante (término que en estas tierras carga con el peso de una tradición casi genética, una inercia que empuja a los jóvenes hacia el norte con la misma fuerza que la gravedad empuja el agua cerro abajo). Durante años, Iván se dedicó a la jardinería en Maryland y Delaware, una ironía que no se le escapa a nadie con un mínimo sentido del humor negro: cuidar el césped de extraños en un idioma ajeno mientras las 15 plantas de cacao de su abuelo morían de inanición y olvido en el patio trasero de su infancia.

Una tarde de mayo, Iván García descansaba en un sofá; estaba de visita en su pueblo y escuchó por la radio que un joven paisano de la Mixteca estaba iniciando un proyecto para vender chocolate artesanal. Iván se acordó de las 15 plantas de cacao que sobrevivían en la huerta trasera de la casa de sus padres en el pueblo de Guadalupe Nuevo Tenochtitlán, una población enclavada en la región de la Mixteca oaxaqueña.

Años atrás su abuelo había llegado a tener 100 plantas de cacao, que poco a poco fueron abandonadas y, al pasar el tiempo, murió la mayoría; ahora solo sobrevivían unas pocas.

Néstor García Ortiz, agricultor mexicano productor de cacao, nos muestra su modesta finca y nos guía a través de una jornada de trabajo en la comunidad de Guadalupe Nuevo Tenochtitlán.
Néstor García Ortiz, agricultor mexicano productor de cacao, nos muestra su modesta finca y nos guía a través de una jornada de trabajo en la comunidad de Guadalupe Nuevo Tenochtitlán.
Imagen <i>Cortesía Oaxacanita </i>

También recordó que el abuelo trabajaba en su huerta y ponía las mazorcas de cacao en la mesa familiar y ellos, de niños, chupaban la pulpa y después la tiraban. Nunca supieron qué uso darle al cacao o cómo hacer de esa huerta un negocio familiar. Por eso, Iván, lo único que cuenta de aquellos días en Estados Unidos es que siempre tuvo claro que iba a volver a la Mixteca, que podía hacer su vida y mantener a su familia sin tener que abandonar su tierra. Para su suerte, no era el único que pensaba lo mismo.

Con todos esos recuerdos, Iván regresó a Estados Unidos, pero una idea le daba vueltas. No podía sacarse de la mente la entrevista en la radio a Germán Santillan, el paisano al que había escuchado que quería vender chocolate mixteco. Al mismo tiempo, pensaba en la posibilidad de que él pudiera ser uno de esos proveedores de cacao de los que hablaba aquel joven empresario en la radio. Iván llamó a su padre y le contó sobre su idea de hacerse cacaocultures. En un principio, la idea le sonó disparatada; ellos no sabían nada sobre esos procesos y las plantas estaban casi muertas. Pero había un interés genuino y en su padre Iván encontró a su gran aliado y al mejor socio que podría tener. De inmediato se pusieron a trabajar en el tema: Iván va al estudio y don Néstor, su padre, va a trabajar en la huerta.

El primer contacto con Germán lo tuvieron en mayo de 2015, cuando le escribió por Facebook, contándole sus intenciones de ser productor de cacao. Para cuando finalmente se reunieron en persona, en noviembre de 2017. Iván y su padre tenían ya una huerta trabajada, limpia y con una variedad de plantas de cacao. Querían demostrarle a Germán que iban en serio y no eran solo mensajes de redes sociales. Pero tampoco le quería engañar; no sabía nada o casi nada del caco. Aun así, Germán vio su compromiso y su potencial y decidió apoyarlo con capacitaciones. Poco a poco comenzaron a llegar los expertos en todo tipo de problemas y soluciones, en plagas, en climas, en sabores, en colores. Gente de Ciudad de México, de Oaxaca, de Colombia, y el propio Iván iba a Tabasco, a la Universidad del Estado, a recibir más capacitaciones y más conocimientos; sus aprendizajes no solo eran técnicos, también eran culturales.

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La carretera hacia Guadalupe Nuevo Tenochtitlán es angosta. Al cruzar un delgado puente, uno se sale del camino y continúa unos kilómetros más por una brecha que le lleva directo a la huerta de Iván García y su familia. Al entrar, el cielo está completamente pintado de un azul intenso; al centro del jardín, una mesa tiene café recién hecho y pan recién horneado. Hay un frío abrazador en el ambiente y la luz de los primeros rayos del sol atraviesa la neblina. Un pequeño foco ilumina la cocina de leña desde donde comienzan a humear las primeras tortillas del día. La escena parece sacada de un folleto de turismo, pero es el amanecer de siempre en la casa de los García en la Mixteca oaxaqueña.

Diez años después de aquel día, cuando Iván escuchó por radio a su paisano hablar de chocolate. Sus 15 plantas se hicieron 300, su huerta se rehabilitó y está preparando una nueva zona con sus conocimientos de renovación agroforestal; ha montado un vivero con plantas de ornato y una escuela para impartir formación sobre cultivos a las nuevas generaciones. Su finca lleva el nombre de OttoBely y, hoy, es conocida en toda la Mixteca.

El nombre Iván lo trazó en honor a sus padres. El camino no ha sido fácil; les ha pasado de todo. Plagas, sequía, mala cosecha. Se acuerda de la vez que tuvo que destruir 400 plantas por un error reticular en la siembra; su falta de conocimiento le hizo perder todas las plantas y un año de trabajo. Fue uno de los momentos en que pensó en abandonar, pero se enfocó en lo aprendido y siguió. Hoy OttoBely vende su chocolate por kilos, y está cuidando tanto la calidad que maestros expertos en chocolate le piden sus mazorcas para degustaciones y exposiciones. Su plan a siete años es estar vendiendo chocolate por toneladas.

Al hacer memoria sobre ese camino, Iván es muy cuidadoso con sus palabras. Las dice pausado y reflexiona cada una antes de soltarla; repite la frase “No quiero decir algo que no sepa expresar”. Lo dice varias veces. Como si el relato fuera más un examen y no su historia personal. También, varias veces, repite que la Mixteca tiene “áreas de oportunidad”; en todo momento habla con un cierto entusiasmo y respeto por su comunidad, algo que rompe con las estadísticas y las noticias que llegan siempre de esa región. Iván ha logrado pasar por alto los márgenes de pobreza, migración y abandono.

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Él sigue viendo en la Mixteca una tierra prometida. Dice que la clave está en los jóvenes, que se les tiene que decir que se mentalicen, que pueden salir adelante sin tenerse que ir, pero que es una carrera de resistencia. Sabe y está consciente de que eso es todo un reto en una región en donde la mayoría de los jóvenes crecen sin su padre.

Por eso, hace unos meses que recibió en su huerta a un joven del programa social “Jóvenes construyendo el futuro”; le dijo que sería un aprendiz, no un trabajador. Ahora, con orgullo, cuenta cómo ese joven llevó a su hermano para aprender y comenzaron en su propio terreno a sembrar cacao. Cada día algún vecino llega a su puerta a pedirle consejos sobre cómo sembrar. Iván lo tiene clarísimo: “Un día vamos a volver a pintar el mapa de cacao de la Mixteca”.

Las plantas que volvieron a crecer

Llegar a la Mixteca oaxaqueña siempre es una travesía; no importa desde qué punto se llegue, el camino es largo y se pierde en el horizonte entre valles verdes y brechas arenosas. Una zona de neblina, frío e interminables tradiciones. De extrema pobreza y una completa ausencia de Estado. Es la tierra de la actriz Yalitza Aparicio, del artista plástico Sergio Hernández y de tantos otros mexicanos. Por años ha sido una zona olvidada por los gobiernos, que pocas veces acuden a la zona. Eso ha permitido que las comunidades mixtecas se organicen y salgan adelante por sus propios medios, haciendo comunidad y preservando intactas algunas de sus tradiciones milenarias. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate todas las mañanas. Pero la Mixteca también tiene tradiciones no escritas. La de migrar a Estados Unidos para ganarse la vida es una de ellas. Se pasa de generación en generación. Y por momentos parecería que el futuro de los jóvenes ya está escrito: es migrar, no hay más. Si se pregunta a un joven mixteco sobre la ciudad de Monterrey o Guanajuato, ese joven no sería capaz de ubicarlas en un mapa. Pero podría explicar perfectamente cómo llegar al estado de Illinois, California o Carolina del Norte.

German Santillany Nestor Garcia.
German Santillany Nestor Garcia.
Imagen <i>Cortesía Oaxacanita</i>

Las estadísticas de esta región siempre son desfavorables. Si buscamos la frialdad de los números, vemos que el pueblo de Santos Reyes Yucuná es el municipio más pobre de México. Si nos olvidamos del absurdo de los números y visitamos las escuelas de la Mixteca, vamos a saber que no hay suficientes maestros. Que muy probablemente los niños mixtecos tengan solo 110 días de clase al año o que un maestro que habla mixteco tenga que dividirse entre tres o cuatro escuelas. Por eso el nivel promedio de educación es el básico. Quizá algo de lo que más golpea a las comunidades mixtecas son las pocas vías de acceso. Ir al médico o a Elektra a cobrar las remesas se vuelve un viaje de horas en una camioneta comunitaria de rediles.

Cuando habla, Iván García es cauteloso. Dice frases como "áreas de oportunidad" y "carrera de resistencia". No quiere sonar presuntuoso. Se acuerda de cuando tuvo que destruir 400 plantas por un error técnico en la siembra. Perder un año de trabajo en la Mixteca no es como perder un archivo de Excel; es una tragedia física, una herida en la tierra que te mira fijamente. Pero no se fue. Se quedó para fundar OttoBely (nombre en honor a sus padres), una finca que ahora es una escuela para jóvenes que, en lugar de mirar hacia la frontera, miran hacia la tierra.

Hoy, la Hacienda Concepción del Progreso —un lugar construido en 1715 que simbolizó el despojo de los caciques que prohibieron el cacao para plantar caña— ha llamado a Iván para pedirle asesoría. El círculo se cierra con una ironía deliciosa: el descendiente de los que fueron obligados a la clandestinidad es ahora el maestro de la antigua finca señorial.

Iván visitó la hacienda para comenzar el proceso. Casi 300 años después, la hacienda va a volver a cultivar cacao.

Hace poco, Germán le preguntó a Iván si no se sentía feliz de ser parte del regreso del cacao a esta zona y que él tuviera que ver en eso. Pero Iván no se lo cree demasiado, no se lo toma muy en serio, prefiere tomarlo con humor y habla del “nuevo cultivo milenario” en una región que por cientos de años ha sido olvidada.

De esa región es de la que Germán Santillan se enamoró cuando era niño. Germán nació y creció en Ciudad de México, pero cada tanto iba al pueblo de sus padres y abuelos, Villa de Tamazulapan, Oaxaca. De a poco se fue enamorando de ese lugar, de las fiestas, de la gente, de la vida en la Mixteca. Tanto fue el cariño que, cuando creció, Germán se fue a vivir por completo al pueblo. Contrario a la consigna que dicta que hay que emigrar en busca de una vida mejor, Germán regresó al pueblo de sus abuelos a estudiar en la Universidad Tecnológica de la Mixteca la licenciatura en Ciencias Empresariales. Desde niño había visto a su abuela en la cocina haciendo chocolate; ese recuerdo lo lleva en su mente hasta el día de hoy.

Una taza a la vez

La historia de Germán es, en sí misma, una anomalía estadística. En lugar de huir, regresó.

Y lo hizo con una idea que logró seducir a comités en Washington y a los algoritmos de Silicon Valley.

Al final de sus estudios, a Germán lo mandaron a hacer prácticas a la Cámara de Comercio México-China. Ahí acudió a una conferencia Jorge Eugenio Guajardo González, el entonces embajador de México en Pekín. El funcionario les habló de los acuerdos comerciales. Posterior a la charla, el embajador se presentó con los estudiantes y contó maravillas del Estado de Oaxaca, su belleza, su comida, su gente. A Germán se le ocurrió que, si a ese embajador le gustaba tanto su Estado, sería buena idea exportar chocolate a China. Sin embargo, el camino no iba a ser fácil. Germán sabía muy poco o casi nada sobre el negocio del chocolate; solo tenía claro que quería apoyar a su comunidad y poner al chocolate oaxaqueño en el mapa mundial.

Comenzó a investigar, a capacitarse, a recorrer los pueblos y a conocer la historia de las plantas de cacao en la Mixteca. Se dio cuenta de que faltaba mucha información y aprendizaje; descubrió que algunas plantas sobreviven al interior de las casas, porque años atrás los hacendados quisieron deshacerse de las plantas de cacao y dar paso a otros monocultivos. Los mixtecos entonces tuvieron que sembrar el caco en la clandestinidad. Y fue por eso que la cultura de la siembra y cosecha de las plantas se fue perdiendo. Por eso abuelos, como el de Iván García, dejaron morir sus plantas para dar paso a cafetales y otros cultivos como la caña de azúcar. Germán, no sabía por dónde comenzar, pero avanzaba; estaba en la ruta. Conociendo gente, preguntando, aprendiendo. Un día escuchó que doña Migdalia, una mujer que había sido amiga de su familia por años, contaba que al final de su jornada laboral, haciendo la limpieza de una casa; los patrones decidieron pagarle con un plato de restos de comida. Una escena difícil de entender en nuestros días, pero que en las zonas rurales de México es más común de lo que se piensa. A Germán eso le pareció una llamada. Aquella mujer tenía mucho conocimiento sobre el chocolate, sabía tostar el cacao, molerlo, hacer chocolate con leche y con agua. Germán pensó en todas las mujeres como Migdalia que están en una situación similar. Entonces entendió que había encontrado a las cocineras ancestrales. Mujeres que toda su vida han tostado, molido y batido chocolate serían y se convertirían en sus aliadas en el proyecto que estaba por nacer. Aún no tenía forma y Germán no sabía hacia dónde se dirigía, pero sabía que algo como el cacao se estaba tostando a fuego lento.

Oaxacanita

Finalmente, Germán había encontrado a sus cómplices, artesanos, mujeres, cocineras y productores de cacao en la región mixteca. Ahora solo faltaba su parte, comenzar a vender el chocolate para que toda esa cadena productiva cobrara vida. Nació su proyecto llamado oaxacanita. Comenzó a tocar puertas, a ir a muestras artesanales, a visitar Ciudad de México, Guadalajara, Puebla. Comenzó a escuchar todo tipo de voces que le decían que su idea era absurda; Oaxaca ya tenía grandes empresas de chocolate y por algo no estaban en la Mixteca. Que él tenía la oportunidad de irse, que no la desaprovechara, y sobre todo le preguntaban que para qué había estudiado y si iba a terminar haciendo una locura; Oaxaca no necesitaba otra marca de chocolate. Pero entre tantas voces negativas, surgió la de una amiga suya, que le comentó que había visto que Barack Obama, entonces presidente de Estados Unidos, había lanzado la primera edición de la Young Leader of the Americas Initiative, (la iniciativa de jóvenes líderes de las Américas). A Germán en un principio le pareció una nueva locura. Pero al mismo tiempo acepto el reto. Hoy sonríe y con un poco de nostalgia lo relata: “Yo me acuerdo de que fue una semana en la que estuve haciendo el papeleo, estuve explicándoles por qué era importante. Fue el primer reto que realmente tuve, porque además yo me preguntaba: ¿cómo le voy a explicar a un estadounidense qué es la Mixteca y por qué el chocolate es tan relevante para nosotros? Todo el mundo ve al chocolate como una golosina, pero nosotros lo vemos como una bebida ritual. ¿Cómo le voy a hacer entender al comité norteamericano que es un ritual?”

Néstor García muestra el interior de los granos de cacao.
Néstor García muestra el interior de los granos de cacao.
Imagen <i>Cortesía Oaxacanita</i>

Lo hizo en inglés; sabía que el primer reto que tenía cuando estuviera frente al comité era darse a entender en su idioma. Se documentó perfectamente sobre qué palabras usar y cómo se debía nombrar en inglés al cacaocultor, al chocolate ancestral, a la historia que lo rodea. Pero quizá la mejor forma de expresarlo para Germán es cuando les cuenta que el caco incluso llegó a ser una moneda de cambio. Tanto así vale para los mexicanos, que nuestros ancestros pagaban con cacao. O quizá suena mejor la historia de cómo sacaban el cacao de las vainas y las rellenaban con arena, para estafar al que las recibía. Germán ríe al contar la historia y remata diciendo: “Parece que el tráfico de bienes siempre ha existido en nuestra historia”. Pero si eso no ha logrado dejar en claro la importancia del cacao en la historia y cultura mexicana, Germán muestra la imagen del códice mixteco Zouche-Nuttall.

Un lienzo de más de 900 años que permanece en el Museo Británico. En él se muestra la imagen de una boda de la realeza entre el cacique Ocho Venado-Garra de Jaguar y Trece Serpiente, y lo que simboliza y sella la unión entre ambos es precisamente una taza de chocolate. Es decir, Germán les explicó que cuando un mixteco toma chocolate, en realidad está tomando una bebida con más de 900 años de historia social en su comunidad. No sabía si eso lo iban a entender, pero él se los iba a explicar.

Y al parecer sí lo logró, porque de entre los 4,000 participantes de esa primera edición, oaxacanita pasó todas las etapas. Germán tuvo que ir a explicar su proyecto a Dallas, Indiana, Chicago y finalmente a Washington D. C. Ahí conoció a mucha gente con la que tejió redes y le ayudaron a abrirse camino en diferentes mercados. Una de esas personas fue Camila Borges Costa, una mujer emprendedora de Brasil, que le avisó que existía una iniciativa de Mark Zuckerberg llamada Facebook Community Summit. Germán aplicó y nuevamente llegó a la final. Incluso fue recibido en las instalaciones de Facebook en California por el propio Zuckerberg. Fue la primera vez que su esposa subió a un avión para ir a Estados Unidos. Ya en el evento recibieron un trato especial. Oaxacanita, no logró los beneficios finales, pero recibió el apoyo del emporio ahora conocido como Meta. El comité pidió que se realizara un video especial sobre el proyecto y le enviaron un equipo de producción a su casa en la Mixteca; después, ese video fue promocionado e impulsado en las redes propias de Facebook. Hasta hace poco contaba con más de 8 millones de visualizaciones y su historia quedó plasmada en un libro de colección que recopila las mejores comunidades de Facebook hasta ese entonces. Meses después, se comunicaron de las oficinas de Facebook México y le pidieron cientos de bolsas de chocolates, pues querían que fueran sus regalos navideños.

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Once años después de que Germán tuviera la idea de vender chocolate, ha viajado por casi todo Estados Unidos y Europa, explicando su proyecto y su iniciativa en distintas cumbres, comités empresariales, foros económicos; incluso se ha tenido que parar en un escenario de las famosas charlas inspiracionales TED Talks. Y la Westerwelle Foundation consideró hace tres años a oaxacanita como una de las mejores innovaciones sociales del mundo.

Un día recibió la llamada de la exembajadora de Estados Unidos en México, Roberta S. Jacobson. Le propuso hacer juntos un pódcast llamado The Mexican Dream. El pódcast va en su cuarta temporada y lo conducen Jacobson y Germán con diferentes invitados; han tenido a congresistas, empresarios y estudiantes de ambos países.

Durante la pandemia por la COVID-19. Germán vio morir a su hermano a consecuencia del virus. Por eso no le gusta hablar de planes futuros, no le gusta especular ni ponerse metas altas. Prefiere hablar de su esposa Ruth Valladares, quien es parte fundamental del proyecto. Y una mujer con historia que podría caber en un libro de relatos de la cultura mixteca. Germán y Ruth se conocieron en un pequeño bar de Huajuapan de León, por invitación de un amigo en común; a las pocas horas descubrieron que tenían en común algo que el amigo que los había presentado. Una de las cosas era su amor por la cultura mixteca y por los pueblos de sus abuelos.

Ruth había crecido con su abuela, que le había enseñado todo sobre la gastronomía de su pueblo; su madre fue una de las primeras maestras de educación básica en la región. Una profesora que debía caminar más de cuatro horas para impartir sus clases. Ruth siguió sus pasos en la docencia, pero sobre todo en la preservación de las tradiciones de la mixteca. Al pasar un poco el tiempo, la distancia entre las comunidades de Germán y Ruth se impuso; eran más de cuatro horas para verse. Germán propuso abandonar su proyecto y trasladarse a vivir al pueblo de Ruth, pero ella le hizo una contraoferta: sumarse ella a oaxacanita.

Hoy es la encargada de que toda la cadena de producción funcione y tenga sentido. Al igual que Germán, ha recorrido distintos países impartiendo conferencias y talleres, al igual que Germán, explicándole al mundo lo que significa para un mixteco tomar chocolate y por qué es que se toma en los funerales, bodas y bautizos, los ritos más importantes para una comunidad.

No hay que pensar en el éxito

Germán puede pasar horas conversando sobre las anécdotas de sus abuelos. Y prefiero eso que estar pensando en hasta dónde lo ha llevado su proyecto. Hoy prefiere vivir el momento. Si medimos el éxito en números, Oaxacanita tiene una base de 30 familias trabajando permanentemente. Pero hace unos meses empleó a más de 100 familias mixtecas cuando recibió un pedido de 1800 paquetes por parte de una gran empresa farmacéutica internacional que quería dar los chocolates como regalos corporativos.

Tomar una taza de este chocolate en el amanecer de la Mixteca, mientras el humo de la leña se mezcla con la neblina y el frío te abraza con una intensidad casi violenta, es entender que la resistencia no siempre tiene forma de barricada. A veces, tiene forma de semilla, de molienda y de una decisión muy específica de no subirse a un autobús con destino a Delaware.