Cómo las mujeres lograron el voto en Estados Unidos y actualmente está bajo amenaza

El derecho al voto de las mujeres en Estados Unidos, resultado de un largo proceso histórico, ha vuelto a colocarse en el centro del debate político ante nuevas propuestas en el sistema electoral y grupos conservadores.

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El derecho al voto femenino en Estados Unidos fue el resultado de una de las luchas políticas más largas del país. Durante más de 70 años, mujeres organizadas presionaron al Congreso, a los estados y a la opinión pública para ser incluidas en el sistema democrático, en un contexto donde el sufragio era considerado un derecho exclusivamente masculino.

Uno de los primeros momentos clave ocurrió en 1848 con la Convención de Seneca Falls, donde se articuló por primera vez de forma organizada la demanda de igualdad política. A partir de ahí, el movimiento sufragista creció con figuras como Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony, quienes impulsaron campañas de peticiones, discursos públicos y presión directa al Congreso.

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Durante décadas, el debate avanzó lentamente en Washington. Mientras el país aprobaba enmiendas tras la Guerra Civil, como la 14.ª y la 15.ª, que ampliaban derechos a personas afroamericanas, las mujeres quedaron fuera de esas garantías constitucionales. Incluso cuando se discutía la idea de ciudadanía y representación, muchos legisladores defendían que el rol de la mujer debía permanecer en el ámbito doméstico.

A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento tomó fuerza con nuevas estrategias: marchas, protestas públicas, campañas organizadas y cabildeo constante en el Senado. En distintos estados, algunas mujeres comenzaron a obtener derechos parciales o locales, pero el objetivo de una enmienda constitucional nacional seguía sin concretarse.

La 19.ª Enmienda y una igualdad incompleta

El punto decisivo llegó en 1919, cuando el Congreso aprobó la 19.ª Enmienda, ratificada el 18 de agosto de 1920. La enmienda estableció que el derecho al voto no podía negarse ni limitarse por razón de sexo, convirtiéndose en una de las reformas más importantes en la historia de la democracia estadounidense.

Sin embargo, la aprobación no significó una igualdad inmediata en la práctica. Aunque las mujeres blancas pudieron votar en la mayoría del país, millones de mujeres no blancas continuaron enfrentando barreras estructurales. En el sur, por ejemplo, se utilizaron mecanismos como impuestos electorales, pruebas de alfabetización y leyes de segregación para restringir el acceso al voto de mujeres afroamericanas.

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Las mujeres nativas americanas tampoco pudieron beneficiarse plenamente de la enmienda en un inicio, ya que no todas eran reconocidas como ciudadanas. En el caso de las mujeres asiático-americanas, las restricciones migratorias y de naturalización limitaron su participación política durante décadas. Para las mujeres latinas, especialmente en el suroeste del país, las barreras lingüísticas y la discriminación también dificultaron el ejercicio del voto.

Aunque la 19.ª Enmienda representó un avance histórico, el sufragio femenino en Estados Unidos no se consolidó como un derecho verdaderamente universal de forma inmediata.

Fue hasta la aprobación de la Ley de Derechos al Voto de 1965 cuando se comenzaron a desmontar muchas de las barreras legales que impedían la participación electoral plena de comunidades históricamente excluidas.

Después de años de lucha, el voto femenino está bajo ameanza

Después de 50 años, el debate sobre el acceso al voto ha resurgido en Estados Unidos bajo nuevas formas.

En espacios digitales, podcasts y círculos ultraconservadores ha comenzado a circular el movimiento conocido como “Repeal the 19”, surgido en 2016, que plantea derogar la 19.ª Enmienda o replantear el voto femenino bajo esquemas como el “voto por hogar”, donde solo el hombre de la familia tendría derecho a sufragar.

Este movimiento ha sido impulsado por figuras del nacionalismo cristiano y la derecha ultraconservadora, incluyendo activistas como Nick Fuentes, el pastor Doug Wilson y otros líderes religiosos que sostienen visiones de “restaurar” un orden social tradicional en el que la autoridad política recaiga en los hombres dentro del hogar.

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Estas ideas han sido amplificadas en redes sociales y espacios religiosos bajo el argumento de que el voto femenino sería “más emocional” o incluso una amenaza para la estabilidad política y la seguridad nacional. Sus promotores también lo conectan con críticas más amplias a la participación de las mujeres en la vida pública y en las instituciones de gobierno.

En paralelo, legislaciones como la propuesta conocida como SAVE Act han reabierto discusiones sobre requisitos más estrictos para registrarse y votar, incluyendo la obligación de presentar documentación de ciudadanía en persona.

Organizaciones de derechos civiles han advertido que estas medidas podrían afectar de manera desproporcionada a mujeres casadas que han cambiado su apellido, así como a jóvenes, personas de bajos ingresos y comunidades racializadas, debido a la falta de documentos actualizados o accesibles.

Expertos señalan que estas nuevas reglas no afectan a todos por igual: millones de mujeres podrían enfrentar obstáculos adicionales simplemente por haber cambiado su nombre legal tras el matrimonio, lo que complica la coincidencia entre registros oficiales y documentos de identidad.

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