“¿Te digo la verdad? “A mí me cuesta mucho creer que alguien sea tan ingenuo e ignorante”, me dice Ángela vía mensaje de WhatsApp. Ángela es una mujer cubana de 45 años, es madre de familia y ha vivido en La Habana toda su vida. “Ángela” no es su verdadero nombre, es el que elegimos para referirnos a ella ante temores de represalias por parte del gobierno cubano por hablar con la prensa internacional.
“Están viniendo aquí a lavarle la cara a la dictadura”. Ciudadanos en La Habana reaccionan a flotilla de ayuda humanitaria
Esta semana llegó a Cuba la flotilla de barcos con ayuda humanitaria, pero algunos residentes de la isla tienen otra opinión sobre la actual crisis que están viviendo.
Ángela me contesta casi cinco horas después de mandarle un mensaje preguntándole cómo se sentía con la llegada de la flotilla de ayuda humanitaria a su país: “Perdona la demora en responderte, es que no tenía luz”, me dice disculpándose por una situación que ni siquiera está en sus manos, pero que ha sido su día a día durante al menos los últimos cinco años, aunque este 2026 estar a oscuras se ha vuelto tan frecuente que el paso de los días ya no se cuenta por mañana y noche, sino por las horas en que hay energía eléctrica o no.
En este momento que tengo luz, voy a llenar el tanquecito ese que tengo en el patio, limpiar el baño y, en fin, por eso me demoro en responderÁngela, ciudadana de Cuba.
El buque "Granma 2.0", que partió de Yucatán, México, el viernes 20 de marzo, arribó el martes 24 al puerto de La Habana, Cuba. Es parte del Convoy “Nuestra América”, un movimiento internacional que busca desafiar el embargo económico de Estados Unidos contra la isla que se ha extendido por más de seis décadas y recrudecido este 2026 por el cerco energético impuesto por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El primer buque de la flotilla de ayuda humanitaria que llegó a Cuba tomó el nombre “Granma” en honor al utilizado por Fidel Castro (1926-2016) en 1956 para llevar a la isla a la tropa con la que inició su revolución socialista, uno que también zarpó de México. El de este 2026, 70 años después, llegó cargado de medicamentos, suministros, bicicletas, alimentos y paneles solares con la intención de repartirlos a un pueblo asfixiado entre el bloqueo estadounidense y un gobierno local que trata de sostener ideales de una revolución que agoniza.
En el buque que partió de México llegaron al menos 30 activistas de distintos países, incluidos estadounidenses, europeos y latinoamericanos como el brasileño Thiago Ávila, quien en 2025 colaboró con la activista climática Greta Thunberg en la Flotilla de la Libertad que buscaba llevar ayuda a Gaza.
El “Granma 2.0” atracó al atardecer en el puerto de La Habana con tres días de retraso tras luchar contra intensos vientos durante su travesía. Los activistas internacionales llegaron por mar, ese mismo mar que “es barrote y cementerio para nosotros”, como sentencia la periodista cubana Yoani Sánchez al afirmar que el gobierno de Miguel Díaz-Canel no permite a sus propios ciudadanos “abordar una embarcación con motor y circunvalar sus propias costas”.
Por eso, cuando le pregunto a Ángela qué opina de la flotilla de ayuda internacional, me dice que hay cosas que no le hacen sentido.
“Esas cosas llevan conciencia… Son todos hipócritas, porque, además, se atreven a tratar de explicarte tu propia realidad”, advierte Ángela, que no ve más que descaro en la bandera de solidaridad que enarbolaron los integrantes de la flotilla al emprender la travesía hacia Cuba.
Están viniendo aquí a lavarle la cara a la dictadura, para seguir viviendo de una falsa solidaridadÁngela, ciudadana cubana
Las dos Habanas
“¿Has ido a Cuba? Es como viajar al pasado”, es una frase que se escucha con frecuencia como consejo para los que nunca han ido a la isla. Pero creo que ir a Cuba es más bien reconocer que el privilegio que uno carga como extranjero será evidente e incómodo, pero también un recordatorio necesario de que nunca, viniendo de fuera, uno entenderá lo que significa ser cubano.
En Migración te reciben con gusto al saber que vienes de México y sonríen, la historia les ha enseñado que es un país amigo y solidario. De inmediato preguntan si traes dulces “de esos picantes” para regalarles.
El viento sopla fuerte en esa Habana de imponentes edificios que aún conservan sus tonos pastel —incluido el verde menta— típicos de la arquitectura residencial de Latinoamérica y el Caribe. Sus fachadas le dan batalla al sol que pega fuerte al mediodía en la isla que con su modelo económico ha desafiado por más de seis décadas al mundo.
Muchos edificios en el Centro Histórico y La Habana Vieja muestran derrumbes parciales, evidenciando que las condiciones meteorológicas del Caribe y el abandono por falta de mantenimiento afectan a todas las estructuras.
El cubano es amable: procura atender al extranjero, ofrecerle reservaciones en los paladares donde podrá comer “lo típico cubano: pollo, carne, cordero, langosta…”, y no escatima en elogios; quizá porque sabe que el turismo es preciado, uno de los últimos motores que aún funciona en la isla pese a la escasez de combustible, aunque el cerco energético estadounidense que la asfixia este año también lo está apagando. Y de nuevo, el privilegio que incomoda pero también recuerda, vuelve: ¿Cuándo habrá sido la última vez que él comió pollo, carne, cordero o langosta?
Y así, Cuba empieza a revelar su rostro, el de esa Cuba de la que todos hablan y pocos entienden; la Cuba asediada por Estados Unidos y al mismo tiempo oprimida. por su propio gobierno; la Cuba que es tanto para los extranjeros y tan poquito para los cubanos; la Cuba de esa gente de a pie que está lejos de la discusión de los macropoderes, pero cuya vida diaria está impregnada de política.
Llegar a Cuba y ver las esquinas llenas de basura no es una imagen ajena —lamentablemente— para ningún latino o centroamericano, tampoco ver a la gente hurgando en la basura —doblemente lamentable—. Lo que sí es nuevo es que eso suceda aquí en el país de la Revolución Socialista, pues en Cuba las diferencias entre quienes tienen y quienes no son cada vez más evidentes ahora.
Al caer la tarde, esta ciudad tan iluminada y que sigue de pie pese a todo pronóstico, se apaga porque no hay día que no falte la electricidad, pero mientras en el barrio reina la oscuridad, en los hoteles el privilegio ilumina y, de nuevo, incomoda.
“Los vi paseando por el Prado”
Ángela me cuenta que el día que llegó el primer buque del Convoy “Nuestra América” con ayuda humanitaria a Cuba, ella fue a La Habana Vieja porque, a pesar de todo, aún cree en el arte y participó de una peña cultural. Tomó un auto que le cobró 500 pesos cubanos, un monto muy alto para alguien con un salario de entre tres mil y cuatro mil pesos cubanos, pero reconoce que hoy en día quien tiene combustible puede cobrar lo que quiera a quien no lo tiene.
Dice que le tocó ver a los activistas caminando por el Prado, uno de los bulevares más emblemáticos de La Habana, “literalmente paseando por el Prado, que es una expresión que tenemos aquí en Cuba para cuando la gente anda muy despreocupada por la vida”, pero que había algo que arruinaba su paseo: “Estaban quejándose de los vendedores que les ofrecían cualquier cosa por nada y los asediaban. Estaban realmente molestos.”
En Cuba, mucha gente en la calle intentará venderte lo que tenga en las manos para sumar a esa economía paralela al control gubernamental que han construido y que les permite tener un poco más para lo cotidiano de lo que el Estado provee, y así te pueden ofrecer como turista, desde una colección de billetes antiguos con la imagen del Ché Guevara hasta la edición del día del “Granma”, el periódico oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.
Aunque a Ángela le molesta la actitud de los activistas, que califica de “inescrupulosos” reconoce que hay una gran dificultad en experimentar y explicar Cuba desde los ojos ajenos a la vida dentro de la isla: “No tienes idea, por más que te lo explique no podrías entenderlo, ni tú ni nadie de fuera”, y advierte que de esa dificultad se aprovecha la dictadura para seguir medrando.
Me despido de Ángela, le digo que seguramente le volveré a escribir porque acá afuera de la isla se sigue hablando mucho de lo que pasa dentro y cada vez hay más interés por entender aquello que ella misma anticipa: “No podré entender a menos que lo viva”.
El sábado 28 de marzo llegaron a Cuba las otras dos embarcaciones de ayuda humanitaria que conforman el convoy “Nuestra América” en dos veleros tipo catamarán que también partieron el 20 de marzo, pero desde Isla Mujeres.
Llegaron tras días de incertidumbre porque se hablaba de que estaban perdidos, fueron encontrados por la Armada mexicana a unas 80 millas náuticas al noroeste de La Habana horas antes de atracar en el puerto.
Fueron recibidos con beneplácito por el presidente Miguel Díaz-Canel, que en sus redes sociales dijo:
“Al fin en Cuba, con su carga solidaria de recursos necesarios, pero, sobre todo, con su carga de amor en defensa de las causas justas”.
Esta semana también llegó a Cuba un nuevo cargamento de ayuda humanitaria con más de 96 toneladas de suministros enviado por el gobierno de México en un buque de la Armada. Es el cuarto envío en lo que va del año, con lo que suma un total de 3 mil 125 toneladas de ayuda entregada por México a Cuba.










