ANALÍA LUACES DESDE SU INFANCIA EN URUGUAY HASTA SU VIDA ACTUAL EN FLORIDA DIALOGAN CON LA NATURALEZA

En la obra de Analía Luaces, mejor conocida como Ani Luaces, cada pintura parece contener más de una historia. A primera vista puede aparecer un oso, un león, una calavera o un tiburón, pero al acercarse, el espectador descubre montañas, flores, ríos, aves, fuego, árboles y pequeños mundos escondidos entre los colores.


Esa manera de construir imágenes no nace únicamente de una búsqueda estética. Tiene raíces profundas en la infancia de la artista, en el campo uruguayo donde creció rodeada de naturaleza, animales, agua, tierra y libertad. Luaces nació y pasó su niñez en Pueblo Esperanza, en el departamento de Paysandú, Uruguay. Allí, lejos de las grandes ciudades, la naturaleza no era un paisaje excepcional, sino parte de la vida cotidiana.

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“Pasaba horas recorriendo el campo con mis hermanos, pescando con mi papá, cocinando con mi mamá, trepándome a los árboles o inventando juegos con cualquier cosa que encontraba”, recuerda. Hoy, esas experiencias aparecen constantemente en su pintura, muchas veces de manera inconsciente. Los colores intensos, los animales, el agua, las flores y los atardeceres son ecos de una infancia marcada por la exploración y la libertad.

Antes de nombrarlo arte, Ani Luaces ya creaba. Construía objetos con materiales encontrados en el campo o con piezas que su padre le daba desde su taller. “Nunca me preguntaba qué estaba haciendo, simplemente confiaba en mi imaginación”, cuenta. Su madre también tuvo una influencia decisiva: fue quien la acercó a las clases de pintura cuando era niña y quien continúa emocionándose con cada nueva obra. Mirando hacia atrás, la artista reconoce que no hubo un momento exacto en el que decidió ser creativa. “Solamente crecí en una familia donde crear era algo natural”, afirma.

El agua, la tierra, el fuego y los espacios abiertos forman parte de su lenguaje visual. En sus lienzos aparecen una y otra vez ríos, montañas, flores, animales y paisajes que se entrelazan dentro de una misma figura. “Me gusta crear pequeños mundos dentro de cada obra. Que alguien vea primero un león, un tiburón o un corazón y, al acercarse, descubra paisajes, aves, árboles, ríos y muchísimos detalles más”, explica. Esa invitación a mirar con calma es una de las características más reconocibles de su trabajo. Cada pintura propone una segunda lectura, una exploración lenta, casi como recorrer un territorio desconocido.

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Más que reproducir lugares exactos, Ani Luaces pinta lo que siente cuando recuerda. “No intento pintar un lugar exactamente como era, sino todo lo que me hacía sentir”, dice. En sus obras aparecen la libertad del campo, el olor de la lluvia, la contemplación del fuego, la impresión de encontrarse con un animal o la sensación de descender una montaña rodeada de pinos. Uno de los recuerdos más significativos de su infancia es un árbol ubicado en el campo familiar. Desde allí observaba a los animales, a su familia y al paisaje. Lo decoraba con pequeños tesoros encontrados en el entorno. “Ese árbol era muchísimo más que un árbol”, confiesa. El lugar es tan importante para ella que lleva tatuadas sus coordenadas exactas. “Creo que una parte de mí vuelve a sentarse ahí cada vez que empiezo una pintura”.

Actualmente radicada en Florida, Ani Luaces continúa encontrando en la naturaleza un refugio y una fuente de inspiración constante. Cuando necesita desconectarse, suele regresar al agua: al mar, a los Cayos, a las montañas o a los espacios abiertos. “Siempre vuelvo con la cabeza más liviana y, casi sin darme cuenta, también con nuevas ideas”, explica. Su hijo Canyon comparte ese vínculo con la exploración y juntos recorren paisajes, observan animales y descubren escenas que luego pueden transformarse en futuras obras.
A pesar de la evolución de su trayectoria, Ani Luaces siente que conserva intacta la curiosidad de aquella niña que corría libre por el campo uruguayo. “Nunca dejé de sorprenderme con las cosas simples”, afirma.

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El arte, dice, le enseñó que no perdió esa capacidad de asombro. Y quizás por eso sus pinturas conservan una sensación de aventura, de descubrimiento y de libertad. Si su obra pudiera contar su historia sin palabras, probablemente hablaría de una niña que creció entre animales, árboles, agua y horizontes abiertos; de una familia que alimentó su imaginación; y de una artista que transformó esos recuerdos en un universo visual lleno de color.

Algunas obras de Ani forman parte de colecciones privadas de reconocidas personalidades y de hogares únicos y especiales, por respeto a la privacidad de sus coleccionistas, la artista nunca revela sus identidades, y muchas de estas piezas permanecen fuera del ámbito público, para ella la confianza que sus clientes le depositan tiene un valor tan importante como cada una de sus obras