La tragedia y el sufrimiento en la zona norte-central de Venezuela parecen no tener fin. Al paso de las horas, la devastación causada por los dos sismos del 24 de junio ha dejado una realidad que lastima y deja un recuerdo imborrable en cientos de personas que lo perdieron todo, incluyendo a familiares. La ausencia de información y de una estructura gubernamental capaz de reaccionar ante los temblores de 7.2 y 7.5 grados dio paso a escenas dantescas donde se percibe un hedor a muerte que se adhiere a la piel y a la conciencia en calles y avenidas.
El olor a muerte inunda las calles de La Guaira mientras la cal cubre a las víctimas
En La Guaira persiste una crisis sin tregua que, conforme transcurren los días, se profundiza con el colapso de las instalaciones funerarias, generando una situación que causa dolor profundo a miles de habitantes que no pueden despedir dignamente a sus difuntos
El estado de La Guaira, la zona más afectada, es en una fosa común al aire libre, un panteón ambulante donde la atmósfera está impregnada por la podredumbre. El hedor a carne en descomposición es inevitable en calles y avenidas; es un aroma pútrido, una náusea p ersistente que lastima la garganta y se pega a la ropa. Donde antes había vida, hoy solo hay desolación.
En Playa Grande, los cuerpos están en el asfalto, cubiertos con sábanas, plásticos o lonas, mientras familiares recorren la zona en busca de nombres, rostros y señales de vida. Otros cadáveres solo están cubiertos por las ropas que vestían antes de morir. Muchos fallecidos se encuentran en etapa enfisematosa, hinchados por los gases, bajo un tufo que invade todo el espacio y evidencia el abandono total. La escena se repite en calles y alrededores de edificios colapsados, donde los residentes se detienen ante cada cuerpo en espera de una respuesta que no llega.
Una morgue ambulante
En el conjunto Gran Misión Vivienda Venezuela o Torres OPPPE en Caraballeda, el ambiente es asfixiante. Los cuerpos están tendidos en el cemento en avanzado estado de putrefacción, impregnando el ambiente con una fetidez que aumenta con el calor. Los restos permanecen en el abandono mientras continúan las labores de revisión entre escombros. Los familiares llegan con fotografías, nombres escritos en papel y mensajes de teléfono tratando de confirmar identidades.
La búsqueda la realizan en una atmósfera insoportable por los olores. La misma situación se presenta en la ciudad de Catia La Mar. En residencias Maribel, el olor fétido es inevitable en los inmuebles derrumbados donde hay cuerpos en estado de descomposición dejados en la calle, en el olvido. Ante la ausencia de morgues y vehículos fúnebres, la ciudad se ha transformado en un panteón ambulante donde las camionetas de carga se convierten en carrozas improvisadas, trasladando los restos de un punto a otro sin destino claro.

Los reportes de testigos muestran a personas pidiendo pasar para reconocer a sus padres, hijos, hermanos, tíos, amigos. Pero en muchos casos se les impide el ingreso. Esa limitación aumenta la tensión entre quienes esperan noticias y la precariedad del sistema de gobierno rebasado por la tragedia. En un video difundido en redes, el usuario Ricardo Martínez mostró el cuerpo inerte de una persona cubierta por una sábana. "Luis José Figuera está en estado de descomposición", comentó Martínez al señalar cómo un carnet fue colocado en su pecho para identificarlo, mientras las moscas, atraídas por la pestilencia, se pegan a la tela que envuelve el cuerpo inerte.
Muchos cuerpos nunca serán identificados: les rocían cal
La precariedad es absoluta. Para intentar ocultar el hedor y prevenir focos de infección, la policía ha comenzado a cubrir los cadáveres con cal, una medida desesperada que, lejos de brindar dignidad a mujeres y hombres venezolanos, complica su identificación y entorpece la búsqueda incansable de los familiares. Esta capa blanca no logra disipar la fragancia de la degradación, pero sí impone una barrera física que tortura a los deudos. En las redes sociales, un video denuncia que al menos 15 cadáveres fueron rociados de esta manera en Playa Los Cocos.
La cal, al entrar en contacto con la descomposición, corroe los tejidos blandos, derrite las facciones y degrada la piel hasta volverla irreconocible, impidiendo además la extracción de muestras de ADN, condenando a la víctima a nunca ser reconocida.
En medio de este horror, los sobrevivientes se aferran a cualquier pista para recuperar lo poco que les queda. "Se fue Dios", dice una mujer que busca a su familiar entre los restos de una estructura. Otra persona exige acceso a un inmueble para identificar los cuerpos sin intermediarios; los llantos y súplicas al cielo son una escena que no tiene fin.

La calle se ha convertido en el único espacio de reconocimiento y espera. Donde antes había tránsito, hoy solo quedan cordones improvisados y grupos de vecinos que, en voz baja, comparten la angustia. La magnitud del desastre ha superado por completo la capacidad de respuesta de las autoridades.
Con más de 1,400 fallecidos y 50,000 desaparecidos según el recuento oficial hasta la tarde del 27 de junio, la búsqueda continúa bajo un sol inclemente, entre escombros y la pestilencia de una tragedia que el Estado ha abandonado a la intemperie y cargado a los habitantes. La Guaira es hoy un cementerio a cielo abierto, donde la ausencia de los fallecidos se vuelve visible en cada rincón, mientras la fetidez y el desfile constante de este panteón ambulante recuerdan, a cada segundo, el fracaso de un sistema de gobierno que siempre pregonó estar preparado para todo.
