La historia de Minerva en Estados Unidos comenzó en 1992, cuando dejó Cocula, en el estado mexicano de Guerrero, para reunirse con su esposo en California. Aquel país lejano al que millones de mexicanos ven como la tierra en donde se cumplen las promesas de una vida mejor. Minerva llegó con dos de sus 11 hijos. Y comenzó a trabajar en lo que trabajan los inmigrantes. Haciendo de todo: “Lo que sea con tal de sacar a mis hijos”, suele repetir.
La historia de Samuel y Minerva: él se quitó la vida y ella enfrenta la deportación con un brazalete electrónico
El hijo de Minerva Terrones Domínguez se quitó la vida a los 21 años mientras ella permanecía encerrada en un centro de detención migratoria. Hoy, de regreso en su hogar, esta mujer mexicana de 54 años enfrenta una orden de deportación atada a un brazalete electrónico en el tobillo.
Minerva Terrones, hoy tiene 54 años, ha pasado toda su vida trabajando y sacó a todos sus hijos adelante. Hace unos años se separó de su esposo y ella siguió. Comenzó a vender tamales en los estacionamientos de Home Depot y a colaborar con las agencias de empleo que te buscan un trabajo temporal.

En mayo, a Samuel González Terrones, su hijo varón de 21 años, fue diagnosticado con depresión y esquizofrenia. Minerva tuvo que bajar su ritmo de trabajo para estar con él y cuidarle. Las hermanas y hermanos de Samuel entonces comenzaron a meter tiempo extra en sus trabajos o buscarse un segundo empleo. La ecuación simple de una familia de clase trabajadora: todos para uno y uno para todos.
El 29 de junio todo cambió para Minerva. Al bajarse del autobús en una parada de San Bernardino, un auto le cerró el paso y no la dejó avanzar. De ahí se bajó un agente federal que se acercó a ella y le preguntó con un precario español si conocía a una persona, al tiempo que le mostraba la fotografía de una mujer.
Minerva le respondió que no sabía nada e intentó seguir su paso. Pero el hombre insistió si no era ella. Minerva respondió que no y el agente ahora le cortaba el camino y le pedía que la acompañara a su camioneta y, mientras verificaba unos datos en su teléfono, lanzó la sentencia: “Tú estás ilegal aquí”.
Lo que vino después fue que la esposaron y la llevaron a una oficina a la que Minerva solo recuerda como “el congelador”; la describe como un cuarto helado en el que pasó horas hasta que por la noche la llevaron al Centro de Procesamiento de ICE de Adelanto, California. Su hija Sari González recibió la llamada del agente de ICE que le informó que tenía 45 minutos para recoger las cosas de su madre antes de ser trasladada. Fue como la familia se enteró de que su madre había sido arrestada.
Con la asesoría del abogado de inmigración Arturo Burga, la familia trazó una estrategia de defensa urgente: argumentar ante un juez federal que Samuel, en calidad de ciudadano estadounidense con una condición psiquiátrica severa, requería de la presencia e itinerario de cuidado de su madre.
Pero la depresión que padecía Samuel no sabía de estrategias legales y tiempos de corte. El 12 de agosto, la policía de San Bernardino encontró al joven en una vía ferroviaria a la que se había arrojado; fue declarado muerto en el lugar.
No se puede culpar a nadie de las decisiones que una persona toma sobre su propia humanidad. Pero la carta póstuma que Samuel dejó a sus hermanos, en la que dedica unas líneas al agente de ICE que detuvo a su madre, deja ver a través de las costuras la batalla que Samuel perdió en su interior.
Al agente de ICE que se llevó a mi madre: espero que haya valido la pena. No puedo soportar más injusticias en este mundo y eso es lo que me llevó finalmente a acabar con mi vida.Samuel González Terrones

N+ Univision ha solicitado a ICE una serie de comentarios sobre este caso, pero hasta el momento no hemos obtenido una respuesta.
En el centro de Adelanto, Minerva recibió la noticia de parte de su hija y su hermana. Ambas se miraban una a la otra sin encontrar el camino para contar lo que tenían por decir. Cuando finalmente encontraron las palabras, Minerva comenzó a llorar y un agente les impidió que la abrazaran; solo la podía mirar de frente a unos pocos centímetros desmoronarse sin hacer nada.
Pasó poco más de dos meses detenida hasta que su abogado, Arturo Burga, solicitó un habeas corpus que le otorgó la posibilidad de continuar su proceso en libertad. Pero la petición por razones humanitarias no fue solo una estrategia legal de rutina, fue más un grito de justicia. El juez le ordenó que llevara su proceso en libertad y, aunque la orden no especifica que deba llevar un brazalete electrónico, la agencia se lo colocó y hoy Minerva tiene que llevarlo en lo que su abogado pide una revisión y que le sea retirado.
Los detalles de sus días en Adelanto los pasa por alto. Son los que se escuchan desde hace meses, la mala comida, las malas condiciones, los tratos degradantes. El centro ha enfrentado una serie de denuncias y demandas colectivas por parte de defensores, internos y familiares. A Minerva ya le da igual lo que vivió ahí.
N+ Univision conversó con Minerva Terrones
Minerva nació en Cocula, Guerrero. El mismo sitio en donde hace 12 años el crimen organizado desapareció a 43 estudiantes normalistas. Una zona azotada por la violencia.
Minerva recuerda poco del pueblo; hace 34 años Minerva se marchó para no volver. Por lo tanto, la sola idea de tener que volver la descoloca por completo: “No recuerdo ni cómo es, no tengo familia ni casa, allá no tengo nada, mi vida está aquí”, dice con un tono de pregunta en su voz.

Las conversaciones sobre Samuel se interrumpen constantemente por el llanto. Recordar a su hijo implica evocar su carácter festivo y los códigos privados entre ambos. “Yo le decía: ‘Tú no eres hijo de mis entrañas, eres hijo de mis pestañas’, y él rompía en risas y me abrazaba”, recuerdo con la voz cerrada.
El horizonte legal de Minerva es incierto. Un juez le ha otorgado una audiencia para resolver su deportación para el año 2029. El problema que sus abogados ven en eso es que para ese entonces todos sus hijos, que son ciudadanos estadounidenses, serán mayores de edad y legalmente no necesitarán a su madre. Ante esa perspectiva, su hija Sari evalúa enlistarse en las Fuerzas Armadas estadounidenses, una de las pocas vías legales que permitiría ajustar el estatus migratorio de su madre por la vía militar.
Pues aunque la ley sentencie que los hijos de Minerva no necesitan a su madre. Ellos opinan diferente, y no entienden con qué parámetros los jueces miden el cariño y la protección que una madre puede brindar a una familia más allá de su nacionalidad.
Minerva nunca fue arrestada, no tiene ningún récord criminal, ni ningún tipo de antecedentes. Por eso, cuando habla de todo esto, le cuesta entender cuándo fue que un gobierno decidió perseguirla hasta aquella parada de autobús en San Bernardino, si ella solo se dedicaba a cuidar a sus hijos.
Hoy, en vez de estar preocupada por el futuro, pasa sus días hablándole a Samuel, diciéndole que “le dé fuerzas para seguir”, y cada tarde, cuando va a tomarse sus pastillas —porque al salir de Adelanto, le diagnosticaron diabetes e hipertensión— recuerda que Samuel le preguntaba: “¿Verdad que soy tu bebé?” Ella lo miraba y se reían juntos.
Entonces lanza una petición que va a un poder más alto que el de una corte federal de California; le pide a Dios “que me dejen aquí para poder seguir con mis hijos”.
NOTA DEL EDITOR: Este artículo trata sobre el suicidio. Si usted o alguien que conoce necesita ayuda, puede comunicarse con la línea nacional de ayuda para el suicidio y las crisis en Estados Unidos llamando o enviando un mensaje de texto al 988. Las imágenes que se han utilizado en esta pieza han sido otorgadas por el equipo legal de la familia.










