¿Cómo era Irán antes de la revolución islámica?

La Revolución Islámica de Irán marcó un antes y un después no solo para el país, sino para todo Medio Oriente y el equilibrio geopolítico global.

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Hasta 1979, Irán estuvo gobernado por el sha Mohammad Reza Pahlavi, quien asumió el poder en 1941 y consolidó su autoridad tras el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mossadegh. Durante casi cuatro décadas, el monarca impulsó un ambicioso programa de modernización.

Este plan incluía reformas agrarias, expansión de la educación pública, inversión en infraestructura, industrialización acelerada y ampliación de los derechos de las mujeres. El crecimiento económico fue significativo, especialmente gracias a los ingresos petroleros. Teherán se transformó en una capital moderna, con universidades, autopistas, centros culturales y una élite urbana que adoptaba estilos de vida occidentales.

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En política exterior, el Sha fortaleció la alianza con Estados Unidos y Europa occidental, posicionando a Irán como un actor estratégico en la región durante la Guerra Fría.

Mujeres, educación y cambio social

Uno de los cambios más visibles durante el reinado del Sha fue la transformación del rol de la mujer en la sociedad iraní. Las mujeres obtuvieron el derecho al voto en 1963, accedieron a la educación superior y comenzaron a ocupar cargos en la administración pública e incluso en el parlamento.

En las grandes ciudades, muchas vestían sin velo, trabajaban fuera del hogar y participaban activamente en la vida cultural. El régimen promovía una imagen de país moderno, secular y alineado con los valores occidentales.

Represión y desigualdad

Pese a los avances económicos y sociales, el sistema político era profundamente autoritario. El Sha gobernaba con amplios poderes y reprimía cualquier oposición. Su policía secreta, la SAVAK, vigilaba, encarcelaba, torturaba y eliminaba a disidentes políticos.

Además, el rápido crecimiento económico generó fuertes desigualdades. Mientras una élite cercana al poder acumulaba riqueza, gran parte de la población enfrentaba inflación, desempleo y precariedad. La percepción de corrupción y desconexión entre el gobierno y el pueblo alimentó el malestar social.

El ascenso de la oposición religiosa

En este contexto, emergió con fuerza la figura del clérigo chiita Ruhollah Jomenei. Desde el exilio, Jomeini criticó duramente al Sha por su autoritarismo, su cercanía con Occidente y lo que consideraba una amenaza a la identidad islámica de Irán.

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Los sectores religiosos y amplios sectores populares comenzaron a converger en un movimiento de oposición cada vez más amplio. Las protestas masivas de 1978 paralizaron el país.

En enero de 1979, el Sha abandonó Irán. En febrero, Jomeini regresó triunfante del exilio y, tras un referéndum, se proclamó la República Islámica.

Un legado que sigue vigente

Más de cuatro décadas después, las consecuencias de la Revolución Islámica continúan moldeando la vida política y social de Irán. El sistema combina elementos republicanos, como elecciones presidenciales y parlamentarias, con un fuerte control clerical.

La Revolución Islámica no fue solo un cambio de gobierno: fue una transformación profunda del modelo de Estado, de la relación entre religión y política, y del lugar de Irán en el mundo.

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