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Menores no acompañados: los migrantes que llenan los refugios y las calles de Melilla (fotos)

Melilla se convirtió en hogar de más de 1,000 menores extranjeros no acompañados durante 2017, casi un 20% del total que llegó a España ese año. Al cumplir los 18 años, los menores acogidos por el estado son expulsados y entran en un limbo migratorio que les impide continuar a Europa continental y quedan expuestos a la deportación. En este momento hay más de cien menores extranjeros no acompañados que viven en las calles del enclave español.
27 Ago 2018 – 11:20 AM EDT
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Ahmed tiene 17 años. Hace un año que llegó a Melilla desde Fes tras cruzar por uno de los pasos fronterizos como parte de una estampida. Hoy, él es uno de los casi 1,000 menores extranjeros no acompañados que se encuentran en Melilla. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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“Yo vine a buscarme la vida. A trabajar, a ayudar a mi familia, a buscar un futuro mejor”, cuenta Ahmed, quien duerme todas las noches bajo las rocas de un rompeolas, entre la basura y junto a los ferries. En uno de ellos cree que algún día llegará a Europa continental. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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El flujo de menores extranjeros no acompañados a Melilla ha estado sucediendo desde finales de los años 90. Varias generaciones han migrado a Europa usando a Melilla como punto de llegada a territorio europeo. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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Sólo entre enero y abril de este año han llegado más menores extranjeros no acompañados que en todo 2017 a territorio español. La mayoría de ellos provienen del país vecino, Marruecos, y también de otras naciones africanas como Argelia, Costa de Marfil, Guinea, Nigeria y Camerún. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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Muchos de estos menores entran como una estampida por Beni Ensar, el principal puesto fronterizo entre Melilla y Marruecos. Otros lo hacen escondidos en dobles fondos dentro de automóviles, nadando, o con documentación falsa. Unos pocos entran trepando la valla limítrofe. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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La Purísima, un antiguo fuerte militar que hoy es el centro más grande de acogida de menores de Melilla, hoy tiene 600 internos. Al cumplir los 18 años, los jóvenes son expulsados a la calle sin proveerles ningún tipo de protección o seguimiento. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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Al cumplir la mayoría de edad, muchos salen de lugares como La Purísima con sus permisos de residencia ya vencido o cercano a expirar, con órdenes de deportación y en un limbo migratorio. El centro ha sido denunciado por hacinamiento, abusos físicos y maltratos sicológicos. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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La legislación española contempla que todo inmigrante menor no acompañado debe contar con un permiso de residencia. Esto no sucede de forma regular en Melilla. Cuando los jóvenes no pueden tramitar la documentación se perpetúan en un círculo de exclusión al no poder trabajar o seguir a Europa. Se quedan atrapados en la ciudad, muchas veces en situación de calle. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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“Para los melillenses, estos menores son indeseables. Son los que roban. Son la delincuencia. Son los que ‘violan a nuestras hijas’. Son los que ‘no me dejan andar tranquilamente por mi ciudad, porque tengo miedo y me van a matar’”, dice Jaime Pons, del Servicio Jesuita a Migrantes. Adriana Loureiro Fernandez
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“Son la población excluida allá en Marruecos. Y así se perpetúa en Melilla, en España, al no haber mecanismos adecuados de protección", continuó Pons. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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Las condiciones de lugares como La Purísima y la dificultad que tienen los menores para poder recibir su permiso de residencia hacen que, finalmente, decidan vivir en la calle. En Melilla, hay entre 100 y 150 que eligieron escapar de su centro de acogida y vivir cerca del puerto. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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Ante la imposibilidad de llegar a España por la vía administrativa, estos niños y adolescente practican, casi de forma diaria, lo que se conoce como risky: intentar esconderse dentro de los barcos que unen a la ciudad con las costas europeas de España para continuar con su sueño migratorio. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez
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