Durante siglos, el Gran Bazar de Estambul ha sido más que un mercado. Detrás de sus concurridos pasadizos, generaciones de artesanos han fabricado, reparado y restaurado los objetos que finalmente salen a la venta.

En los talleres y en las estrechas calles que rodean el bazar, los fundidores moldean el metal sobre el fuego. Los grabadores añaden detalles. Los pulidores dan brillo a las piezas terminadas. Un solo objeto puede pasar por varios especialistas antes de llegar al mostrador de un comerciante.

Gran parte de ese trabajo ocurre fuera de la vista de la gente, en habitaciones abarrotadas de herramientas y maquinaria, y oscurecidas por años de polvo, humo y calor.