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La leyenda de Chespirito seguirá vigente.

Chespirito: la muerte de un humorista

Chespirito: la muerte de un humorista

El periodista Daniel Samper Pizano repasa el fenómeno y el cariño que logró cosechar Roberto Gómez Bolaños.

La leyenda de Chespirito seguirá vigente.
La leyenda de Chespirito seguirá vigente.

Por Daniel Samper Pizano*

En el momento en que murió, muchos canales de televisión y estaciones de radio suspendieron sus emisiones regulares y se dedicaron a elogiar su vida y su obra; la noticia ocupó lugar en las primeras páginas de cientos de diarios; varios gobiernos de América Latina lamentaron oficialmente su desaparición; en el Perú, el Congreso decretó un minuto de silencio en su memoria; en Bogotá, uno de los rascacielos se iluminó de arriba abajo con un mensaje para recordarlo; en el Estadio Azteca de Ciudad de México le rindieron homenaje miles de espectadores y los jugadores del clásico América-Pumas; en la Feria del Libro de Guadalajara, una mesa redonda a la que asistían académicos de la lengua de tres países se inició con una evocación de su trayectoria; escritores, estrellas del cine y la televisión, deportistas como Maradona y Neymar, columnistas de prensa, políticos y personas del común lamentaron su fallecimiento.

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El féretro que contiene sus restos viajó casi 1.500 kilómetros entre Cancún y el Distrito Federal de México, buena parte de ellos entre una doble fila de gente que lo lloraba, lo vitoreaba y le lanzaba flores.

¿Y quién es él? ¿Quién es ese personaje cuya muerte ha suscitado una catarsis de cariño y nostalgia que alcanza a varios millones de personas? ¿Un cantante? ¿Un estadista? ¿Un deportista? ¿Un santo? ¿Un poeta, como ocurrió cuando los despojos de Amado Nervo flotaron por un río de lágrimas entre Uruguay y México hace 95 años?

No. Solamente un humorista. Es decir, nada menos que un humorista. Se llamaba Roberto Gómez Bolaños, falleció de un infarto en la costa caribe de México el viernes pasado, lo apodaban ‘Chespirito’ "versión macarrónica de “el pequeño Shakespeare”--, tenía 85 años y sus comedias, grabadas en México pero emitidas en decenas de países, crearon un universo de personajes entrelazados por el humor blanco e inofensivo que él mismo escribía, actuaba y dirigía.

A nadie debe extrañar que un hombre dedicado a hacer reír a los demás recoja la simpatía popular que se le negaría a grandes científicos o filósofos sesudos. La capacidad del humor para sintetizar situaciones y transmitir emociones es incomparable. Su mensaje llega soterradamente a laberintos del hombre que otras artes no penetran. La literatura y la pintura son capaces de atravesar las barreras de la razón y sacudir las tripas de quien las capta, pero solo cierto tipo de humor alcanza y despierta esa semilla infantil que duerme aun en los más viejos.

De hecho, ya no era un jovencito Roberto Gómez Bolaños cuando empezó a crear e interpretar sus personajes. Tenía 42 años, y siempre vez señaló que la fuerza que lo motivaba era “la búsqueda del niño que fui”.

Muchos tratados se han escrito sobre la cultura popular latinoamericana de los últimos cuarenta años, pero el testimonio más fiel y extendido de la época hay que buscarlo en otros rincones: los rincones del humor. Básicamente, en los personajes de ‘Chespirito’ y en Mafalda, la inquietante historieta de Quino.

Ha sido siempre así, especialmente desde que Miguel de Cervantes Saavedra encargó a dos personajes dulces e improbables --un caballero desquiciado y un campesino basto--, la misión de contar los sueños, alegrías y penurias del ser humano. La pluma del humorista trazó los perfiles de Don Quijote y Sancho y nos dejó entre sonrisas la preocupante incongruencia de la realidad frente a los ideales.

Gómez Bolaños, como muchos otros comediantes en los últimos cuatro siglos, es heredero de Cervantes. También lo es, por la vía de personajes como el Chómpiras, adorable ratero ocasional, del clásico pícaro de la cultura hispánica, el que entronizaron el Lazarillo de Tormes y El Buscón de don Francisco Quevedo.

‘Chespirito’ reconocía influencias más cercanas. Había declarado públicamente su admiración por Chaplin, cuyo Charlot demuestra más allá de toda duda que el humor y la ternura son dos materias primas que se entremezclan. A menudo los personajes de Gómez Bolaños, tanto los que él encarnaba (el Chavo del Ocho, el Chapulín Colorado, el Chómpiras, el Doctor Chapatín, Chaparrón Bonaparte y varios más) como los que interpretaban otros actores, hacen recordar el arquetipo del payaso triste capaz de hacer reír o hacer llorar.

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También fue admirador del Gordo y el Flaco (Laurel y Hardy), impávidas víctimas del humor de golpe y porrazo (slapstick) que ha refinado al máximo, y a veces agotado hasta la náusea, la cultura anglosajona.

Y, por supuesto, ¿cómo podría no ser discípulo de Cantinflas, uno de los más admirables inventos de la cultura popular latinoamericana? Cantinflas ya reunía al pícaro bueno, al payaso triste y al rebuscador de clase baja que no rehuye ocasión de agenciarse unos pesos, una novia o un plato de sopa, por difícil que sea el reto o peligrosa la tarea. La genialidad de Mario Moreno, compatriota de ‘Chespirito’, consistió en dotar a su personaje de una facilidad de expresión enredadora y liante solo vista en algunos concejales de nuestros meridianos: “¡Pelaos estos!”

‘Chespirito’ supo, como sabía Moreno y como han sabido desde siempre muchos grandes humoristas, que el lenguaje es un elemento químico de generosa nobleza y formidable poder detonante. Por eso trabajó con esmero los chistes verbales en sus comedias y, anticipándose en varios lustros a los Twitter, logró inyectar en el léxico de la calle un buen número de frases que no superan los 140 caracteres, al estilo de “No contaban con mi astucia”, “Fue sin querer queriendo”, “Lo sospeché desde un principio” y “Tómalo por el lado amable”.

(A propósito, sé que los escritos de Gómez Bolaños se han traducido a otros idiomas, y me pregunto cómo serán las versiones de algunas de estas sentencias. Por ejemplo, aquel “Pá que te digo que no, si sí” ¿se dirá en inglés “What I tell for that it’s not if it’s yes”? Que venga Cantinflas y lo aclare.)

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Gómez Bolaños pintó con una sonrisa al antihéroe, al habitante de la clase popular, a la pandilla de escolares del barrio… Renunció a otras fuentes de humor, como la escatología, el sexo o la sátira política. Era conservador en sus ideas y tradicional en sus costumbres, y así lo refleja el mundo que creó. Fue un maestro del humor blanco " no confundirlo con el humor blando"y nunca pretendió otra cosa. En este sentido no puede compararse con la acidez ética de Mafalda, ni con los humoristas brasileños que socavaron la dictadura militar utilizando sus columnas y dibujos, ni con un Woody Allen, que desde su atribulada trinchera cosmopolita le ha declarado la guerra a la mismísima existencia.

Pero ‘Chespirito’ fue fiel a una de las características del humor que es, sobre todo, asunto de perdedores. Perdían, aunque algunas veces ganaran, Don Quijote y Sancho, el buscón llamado don Pablos, Charlot, Cantinflas, Mafalda y el personaje de Woody Allen. También pierden, aunque ganen, el pobre Chapulín Colorado y el avasallado Chavo del Ocho.

Confieso que me he preguntado más de una vez si hace falta ser de baja estatura para interpretar a un personaje cómico. Gómez Bolaños medía 1,62 metros, seis centímetros menos que Napoleón (iba a decir Chaparrón) Bonaparte, y no han sido altos Chaplin (1,65), Cantinflas (1,73), Woody Allen (1,65) ni el gran comediante francés Louis de Funès, que alzaba apenas dos centímetros más que Chespirito. A lo mejor la talla escasa sí es una medida que ayuda: ¿usted le creería a un John Wayne de 1,93 metros si aparece dando saltos con el traje del Chapulín Colorado y un chipote chillón?

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Durante más de setenta años la cultura popular mexicana ejerció profunda influencia en América Latina "y algo en España"a través del disco, el cine y la televisión. El macho, el borracho, el mujeriego, la mujer echada pa’lante son estereotipos que circularon en las figuras de Jorge Negrete, Pedro Infante, María Félix, Verónica Castro y las rancheras de José Alfredo Jiménez, los boleros de Agustín Lara, las roncas invocaciones de Chavela Vargas.

Quizás Roberto Gómez Bolaños haya sido el último artista mexicano cuyas creaciones asumió como suyas el pueblo de América Latina. “Me hizo pasar muchos ratos sabrosos cuando era niña”, comentó una caraqueña entrevistada por la televisión. “No dejo de sonreír al recordar al Chapulín y al Chavo del Ocho”, respondió un señor bigotudo de República Dominicana. “Se nos va el hombre que más nos hacía reír”, opinó una señora mexicana.

Roberto Gómez Bolaños ha muerto, damas y caballeros: que viva el humor.

* Daniel Samper Pizano es periodista y escritor colombiano, colaborador de varios medios de comunicación y libretista de series de televisión. Ha sido editor, columnista, autor de más de veinticinco libros, guionista de televisión y cine, profesor universitario y conferencista internacional.

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