¿Quién estará allí cada mañana con los huevos de Solange French en el desayuno, y quién estará listo con la sopa o el pescado en el almuerzo? Cuando la mujer de 91 años necesite ayuda en la ducha, ¿quién correrá a su lado, y cuando sea el momento de una cita médica, quién la llevará? ¿Quién lavará la ropa, comprará los víveres o limpiará la casa?
El fin del TPS no solo afecta a los haitianos: ¿Qué pasa con los ancianos que dependen de ellos?
En todo Estados Unidos, las residencias de ancianos y las agencias de atención médica en el hogar se están preparando para la pérdida de trabajadores con Estatus de Protección Temporal, aun cuando continúan sufriendo por otros cambios en la política migratoria que han reducido una plantilla de personal de por sí escasa
Hasta ahora, la respuesta ha sido una abnegada asistente de salud en el hogar proveniente de Haití llamada Martha Nelson. Pero con la Corte Suprema respaldando la mano dura migratoria de la Casa Blanca, el permiso de Nelson para permanecer en el país parece estar a punto de ser retirado en cuestión de días, dejando a French preocupada.
“Ella está conmigo todo el tiempo”, dice French. “La vida sería imposible”.

A medida que la administración Trump desmantela años de protecciones para cientos de miles de personas de Haití, dos poblaciones vulnerables se encuentran en la mira: los cuidadores en empleos a los que esos inmigrantes han acudido en masa, y los adultos mayores y personas con discapacidad que dependen de ellos.
En todo Estados Unidos, las residencias de ancianos y las agencias de atención médica en el hogar se están preparando para la pérdida de trabajadores con TPS (siglas en inglés del Estatus de Protección Temporal), aun cuando continúan sufriendo por otros cambios en la política migratoria que han reducido una plantilla de personal de por sí escasa.
Para las empresas, es una encrucijada que podría perjudicar los ingresos netos y sobrecargar al resto de los trabajadores. Para sus clientes, amenaza con trastocar cada aspecto de sus vidas.
“Se han convertido en parte de la familia”, dice Katy Sanchez, quien vive en un hogar comunitario para personas con discapacidad en Nanuet, Nueva York, dirigido por The Arc Rockland, entidad que corre el riesgo de perder a 19 cuidadores con TPS, además de otros 20 que perdió tras los cambios migratorios del año pasado. “Si los obligan a irse, sería devastador”.
El fallo de la Corte Suprema allanó el camino
La Corte Suprema falló a favor de la administración Trump el mes pasado, afirmando que podía poner fin al estatus de protección temporal. El fallo atañe específicamente a 350,000 haitianos y 6,000 sirios, pero defensores de los inmigrantes y analistas legales dicen que podría aplicarse a un grupo más amplio de 1.3 millones de personas de 17 países.
La medida de los magistrados ha estado acompañada de semanas de confusión. Posteriormente, las autoridades de inmigración concedieron varias prórrogas a los beneficiarios del TPS que se extendieron hasta el lunes. El Servicio de Ciudadanía e Inmigración de EEUU emitió un comunicado el miércoles confirmando que el TPS había terminado, aunque algunos abogados y sindicatos han argumentado que la autorización de trabajo permanece intacta hasta que los tribunales inferiores levanten una orden judicial.
El Departamento de Seguridad Nacional restó importancia al vencimiento del TPS, haciendo referencia a la letra de una canción de éxito de 1998: “Es la hora del cierre, lo que significa que no tienes que irte a casa, pero no puedes quedarte aquí”.
Temerosos de estar infringiendo la ley, algunos empleadores han comenzado a despedir a los beneficiarios de TPS, para consternación de sus clientes.
Anna Fischbein se acostumbró a recibir visitas en su casa en Sunny Isles, Florida, de la misma amable asistente de salud haitiana cada semana durante los últimos 10 años. Pero Jewish Community Services of South Florida despidió a la asistente junto con otras 17 personas cuando su TPS caducó.

“No solo perdí a una señora que trabajaba para mí”, dice la sobreviviente del Holocausto de 87 años, con la voz quebrada por los sollozos. “Perdí a una amiga”.

Los centros luchan por conseguir trabajadores de reemplazo
Alrededor de 1 de cada 5 trabajadores en los EE. UU. es nacido en el extranjero, según la Oficina de Estadísticas Laborales, pero los inmigrantes están sobrerrepresentados en las labores de cuidado. Entre las asistentes de salud en el hogar, por ejemplo, un tercio son inmigrantes, según PHI, una organización sin fines de lucro enfocada en el personal de asistencia social.
En vidas trastocadas por la edad o la discapacidad, un cuidador apreciado es un salvavidas. Para alguien que vive en su propio hogar, puede ser la última línea de defensa antes de la institucionalización. Para quienes están en un centro de atención, pueden ser su defensor más firme, alguien que nota cambios sutiles antes que nadie, garantiza pequeños confortes como libros de sopas de letras de la tienda de a dólar, y aporta un sentido de humanidad ante la humillación de la incontinencia.
“Son las primeras personas que ven cuando se despiertan por la mañana y las últimas que ven antes de irse a la cama”, dice Simone Smith, vicepresidenta de recursos humanos en Cabrini of Westchester, un centro de enfermería en Dobbs Ferry, Nueva York, donde ocho haitianos con TPS esperan noticias sobre su futuro.
Al igual que instalaciones similares en todo el país, Cabrini está preparada para hacer lo imposible con el fin de conseguir personal de reemplazo a través de agencias de enfermería y rogar al personal restante que haga turnos extra. La plantilla laboral de Cabrini es aproximadamente 75% inmigrante. Entre los que tienen TPS, Smith percibe “casi una desesperanza”.
Un haitiano que pierde el TPS se enfrenta a una elección insoportable: intentar quedarse en EE. UU. y buscar trabajo no regulado, caminando de puntillas por la vida con el temor de que las autoridades eventualmente los encuentren y los deporten. O regresar a un país tan azotado por la violencia de las pandillas y la pobreza que muchos creen que equivaldría a una sentencia de muerte.
“Tengo miedo todo el tiempo”, dice un hombre haitiano que trabaja en un hogar de ancianos de Brooklyn y que pidió el anonimato por preocupación por su seguridad y la de su familia. “Pago impuestos al país. Soy una buena persona. ... Lo único que quiero es trabajar. Cuando trabajas, eres una persona”.
Las familias se preguntan qué harán
A las afueras de una modesta casa de ladrillo en Queens, Nelson permanece atenta mientras French cruza la puerta. En el pórtico, se podría confundir a las dos con viejas amigas; su vínculo es tanto una muestra de lo que está en juego como de lo mucho que han cambiado las cosas.
Las dos mujeres hicieron el mismo viaje, de Puerto Príncipe a Nueva York, con cuatro décadas de diferencia.
French llegó atraída en 1970 por las oportunidades potenciales que veía. Creó negocios como peluquera y costurera. Su difunto esposo se abrió paso como electricista y contratista. Compraron su casa. Sus hijos recibieron una buena educación. Creían haber alcanzado el sueño americano.
Nelson llegó después de que un terremoto destruyera Haití en 2010. En su país tenía una carnicería, pero al llegar a Nueva York encontró trabajo en labores de cuidado. Comenzó a trabajar para French hace unos tres años, después de que French se cayera y se rompiera la cadera. Nelson, que ahora tiene 69 años, ha estado con ella casi todos los días laborables desde entonces.
Ambas mujeres se sintieron bienvenidas por EEUU cuando llegaron. Pero a French le entristece ver cómo han evolucionado las opiniones sobre los inmigrantes.
“Estados Unidos es un buen país”, dice French, “pero ha cambiado”.
Algo más que solo compañía
Nelson le lleva sobras de comida, se encarga de las tareas domésticas de French y es una fuente de compañía. Ven las noticias juntas y conversan en criollo haitiano sobre sus familias. Los fines de semana, Nelson llama para asegurarse de que French se haya levantado de la cama y le insiste para que coma.
“En mis días libres, pienso en ella”, dice Nelson.
French expresa que Nelson se ha convertido en parte de su familia. Nelson coincide, diciendo que ve a French como si fuera su propia madre, una muestra de afecto que es origen de su única discusión continua.
“No eres como mi hija”, protesta French. “Eres como mi hermana”.
Por ahora, las dos continúan con su rutina, sabiendo que cada turno podría ser el último de Nelson. Ella guarda una copia de su autorización de trabajo en una bolsa de tela negra con cremallera que lleva a todas partes, por si la detienen. Cada domingo se arrodilla en la iglesia, rezando por una respuesta. Se preocupa por ella misma y por French.
“Me hace sentir deprimida”, dice Nelson. “Sería difícil para ella sin mí”.








