“Por favor, déjenla morir”, fue la simple, pero fuerte petición que la hija de la actriz Mónica Spear hizo recientemente ante el bombardeo de imágenes y videos de su madre generados con inteligencia artificial.
'Revivir' a los famosos y a nuestros muertos con IA, ¿qué estamos perdiendo al 'resucitarlos'?
Usuarios de redes sociales no han dudado en recurrir a las apps para 'inmortalizar' a famosos y sus propios seres queridos con inteligencia artificial, pero, ¿qué implicaciones podría tener el no dejarlos partir?
“La IA no nos va a ayudar a superar una muerte que ya sucedió. Me recuerda a mí un tiempo doloroso; además, memorias que yo no tengo con mi familia, siento que puede hacer mucho daño, ¿verdad?, por quien soy yo, mi autoestima”, agregó, visiblemente afectada.
Maya, quien presenció el asesinato de sus padres en una carretera de Venezuela en 2014, sin duda puso el dedo en un problema que otros famosos y varios de nosotros probablemente compartimos: la imposibilidad de dejar ir a los seres queridos que hemos perdido cuando se hacen reconstrucciones digitales de ellos.
Lo que perdemos al ‘revivir’ a nuestros muertos con IA
El caso de la ‘resucitación’ digital de Mónica Spear no es el único en el mundo de la farándula. Es común ver contenidos de Selena Quintanilla, Jenni Rivera, Rubby Pérez y Julián Figueroa, entre muchos otros, que han sido compartidos por su propia familia, fans e incluso medios de comunicación en redes sociales.
Pero lo que afirmó la hija de Mónica Spear pone sobre la mesa algunas consideraciones que tal vez hemos dejado pasar ante nuestro profundo deseo de volver a ver y escuchar a nuestros muertos.
¿Nos estamos negando a aceptar la pérdida y la ausencia?
Lo que ocurrió con Maya me hizo recordar lo que la filósofa española, Raquel Ferrández, plantea en el libro ‘Inmortalidad Digital. Colonizar el planeta muerte’, donde cuestiona y critica la búsqueda de una supuesta inmortalidad a través de estrategias digitales.
Ferrández no solamente apunta que ningún avance de la IA puede resucitar a los muertos, sino que solo hace una recreación para “fingir que no ha muerto”. También reflexiona sobre lo que hay detrás de esta intención: nuestra relación con la muerte y el horror a la desaparición.
Es verdad que, al negarnos a aceptar la pérdida y el dolor, también estamos renunciando al enriquecimiento que trae consigo.
¿Acaso no se vive distinto después de que un ser muy querido o uno mismo transita entre la vida y la muerte? El rostro de tus seres queridos o el canto de los pájaros se dibujan más intensamente tras verse cara a cara con el fin.
Y esto es solo un ejemplo de lo que se gana al experimentar en carne propia la pérdida, pues, como me dijo alguien que me ha ayudado a atravesar momentos difíciles, también es transformador.
En un mundo donde hay una tendencia a alejarnos de lo que no es “positivo” o feliz, nos estamos olvidando que el dolor, además de ser imposible de evitar, es indispensable para poder crecer y disfrutar la vida con plenitud.
Como menciona Ferrández, “el vacío, el silencio y la ausencia cumplen un servicio fundamental de higiene al que cada uno de nosotros debería contribuir por generosidad y respeto a lo que está por venir”.
¿Honraremos a nuestros muertos con su recuerdo o a partir de réplicas?
Con nuestros intentos de regresar a nuestros muertos usando la inteligencia artificial también les estamos negando el derecho a partir y a que los recordemos por lo que fueron.
Al obligarlos a seguir ‘hablando’, ‘escuchando’ y ‘reapareciendo’, estamos haciendo a un lado su memoria para quedarnos con palabras que nunca dijeron, con gestos replicados que nunca existieron, como bien menciona la hija de Mónica Spear.
¿No será un acto más justo y amoroso, para ellos y para nosotros, honrarlos por los recuerdos y enseñanzas que nos dejaron y no por la producción basada en un algoritmo? Esa ausencia que a veces se siente insoportable se debe al carácter irremplazable, como menciona Ferrández, de quien perdimos: nunca nada podrá sustituirlo, y por eso es tan valioso.
“¿Recordaremos a nuestros muertos por lo que fueron y dijeron o por cómo los obligamos a ser y a decir ante la imposibilidad de dejarlos marchar? ¿Será el recuerdo de las réplicas digitales más fuerte que el recuerdo de los propios replicados?”, pregunta la filósofa.
Seguramente, más de uno coincidiremos en responder que no nos gustaría que las réplicas ocuparan el espacio que aquellas personas que amamos tienen dentro de nosotros.
Querer y perder, un riesgo al que vale la pena entregarse
Aunque intentemos prepararnos para la partida de nuestros seres queridos, nunca será fácil. Siempre terminaremos llorando inconsolables.
Se necesita mucha valentía y fuerza para aceptar que nuestros muertos no volverán, pues su ausencia llega para quedarse.
Pero, además de asumir el sufrimiento para crecer a partir de él, hay un cuestionamiento al que seguramente, por muy doloroso que sea, podremos contestar sin titubear: ¿Acaso no vale la pena enfrentar las pérdidas de los seres que amamos antes que no haber disfrutado de su presencia cuando existían?
Pienso que es el riesgo más maravilloso en que podemos caer.




