Los Ángeles, CA.- Durante 11 años, María se ha dedicado a vender pupusas en Los Ángeles y dice ser testigo de cómo tras una década las cosas han cambiado en las calles de la ciudad.
Pupusas sin miedo: María mantiene su puesto en Los Ángeles y tiene un plan por si llega ICE
Durante 11 años, María ha vendido pupusas en una esquina de Los Ángeles. Hoy, además de preparar comida para sus clientes, trabaja pendiente de cualquier señal de que agentes migratorios estén cerca. Ella dice ser residente, pero sus familiares que trabajan con ella se mantienen preparados para alejarse si escuchan que ICE está en la zona.
Sus clientes ya la conocen. También los jornaleros que llegan a la zona. Para muchos, su puesto es una parada habitual para comer algo.
Pero en los últimos meses, hay algo que María no puede dejar de tener presente mientras trabaja: el miedo a que lleguen agentes de inmigración.
“Cuando yo llegue todo era muy diferente, ahora uno camina con miedo a cada rato de la migra, que a uno se lo llevan”
Ese miedo ha cambiado incluso la manera en que María organiza su jornada.
Una camioneta siempre lista
Frente a su puesto hay un carro rojo que, para cualquier persona que pase por la calle, podría parecer simplemente otro vehículo estacionado.
Para María significa mucho más: “Ese carro que está ahí no puede faltar ahí. Ese carro es mío, porque tengo miedo que llegue la migra.”
La camioneta es parte del plan que dice ella tener junto a sus trabajadores, que son sus familiares también.
Cuando escuchan que agentes migratorios están cerca, s us empleados se suben al carro para irse. María, en cambio, permanece en el puesto.
“Yo me quedo, ellos se van por seguridad. Yo soy residente, pero me quedo temblando”, cuenta María.
A pesar de ese temor, María continúa llegando todos los días. Y asegura que, hasta ahora, cuando agentes migratorios han llegado a su puesto, nunca le han pedido sus documentos: “Nunca me han preguntado nada”.
11 años detrás de las pupusas
Con el paso del tiempo, Maria ha construido una clientela que ya la reconoce y que sabe dónde encontrarla.
“Todos los días estoy aquí.. ya todos me conocen. Los jornaleros que vienen acá ya me conocen", cuenta María.
Cuando termina el día y todavía quedan pupusas, María prefiere regalarlas antes que desperdiciarlas: “Cuando termino el día, si quedan aún pupusas, en vez de tirarlas, voy a donde están los jornaleros, los busco y se las regalo".
Son los pequeños gestos de sus clientes que le recuerdan por qué sigue ahí a pesar de vivir entre el miedo y la incertidumbre.
Y para María, muchas veces, lo más importante no es cuánto vende, sino el cariño que recibe, ya que confiesa que las ventas han bajado mucho.
“Lo más bonito: es cuando llegan mis clientes y me preguntan cómo estoy, cuando vienen a buscar su comida", confiesa.









