SANTA ANA; California.- A pesar de no tener cerca a su familia, de estar en silla de ruedas y de sufrir diabetes, esta madre hispana de la tercera edad lucha para sobrevivir, aunque sea tejiendo prendas con los dedos.
La historia de Miriam Bermúdez, la mujer de la tercera edad que teje con los dedos para ganarse la vida
Miriam sufre de diabetes y luego de un accidente, la enfermedad le arrebató una de sus piernas, pero no le quitó las ganas de crear.
Miriam Bermúdez es uno de los ejemplos de resiliencia en tiempos en que la economía aprieta y la salud pone a prueba a muchos.

“Ya se me está haciendo chueco este dedo, mira. Yo solamente, si tengo un problema, me lo echo en la espalda y digo ‘tengo que salir adelante’”, dice la mujer residente de Santa Ana.
Miriam sufre de diabetes y luego de un accidente, la enfermedad le arrebató una de sus piernas, pero no le quitó las ganas de crear.
“Cuando yo estaba en rehabilitación, le dije a una persona que me llevara hilos y empecé a hacer gorros”, dijo la mujer, quien no puede levantarse de su silla de ruedas.
Miriam Bermúdez hace magia con los dedos y crea prendas para sobrevivir
Con retazos de lana de todos los colores y una de las herramientas más valiosas que le dejó la vida: sus manos, hace lo que ella llama su ‘magia’.
“Yo sola, viendo, nomás ahí, cómo le hacían. Pero no, digo, esas personas usan ganchos. No, yo no, con los puros dedos”, explicó.
Todos los dedos de la mano se convirtieron en ganchos y agujas, y con con todos hace arte.
Pero, su historia no se teje sola, ya que tiene hilos de dolor.
“Nadie me hablaba. Yo estaba en una rehabilitación, ahí no tenía familia, ni tenía nada”, dijo con los ojos llorosos.
"Mijos, cuando tengan tiempo, me hablan", pide Miriam a sus hijos
Miriam tiene 10 hijos, unos residen en Alaska y otros en California, pero ella vive sola y hace lo que puede, con lo que tiene.
“Yo les hablo, les dejo mensajes: ‘mijos, cuando tengan tiempo, me hablan’ y ni siquiera se acuerdan de esta mamá. Quiero decirles que los amo mucho y que los estoy esperando”, fue el mensaje que Miriam envió a sus hijos.
Con el alma rota, cada día Miriam reúne todas sus fuerzas para llegar a la esquina de Flower y McFadden, en Santa Ana. A veces está sola y en otras ocasiones, la espera su vecino.
“Él se ofreció. ‘Yo le voy a ayudar’, dice. ‘Le voy a ayudar porque usted no puede con su pie’, dice. Y bajarse de la silla aquí, pues, tampoco”, reconoció Miriam.
Cada gorro vendido le devuelve a Miriam algo invisible, pero profundo: el respeto de quienes la miran y el reconocimiento de quienes escuchan su historia.

















