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Grandes expediciones científicas: el primer descenso tripulado al Abismo Challenger

Publicado 16 Oct 2013 – 11:35 AM EDT | Actualizado 2 Abr 2018 – 09:15 AM EDT
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Entre las innumerables aventuras acometidas por la humanidad con el objetivo de desvelar los grandes y numerosos enigmas de nuestro planeta, está sin dudas una que ha trascendido el tiempo y ha marcado un hito en la historia de la investigación científica y la tecnología. Me refiero a la hazaña del batiscafo Trieste, el primer dispositivo tripulado en descender al punto más profundo de la Fosa de las Marianas, el Abismo Challenger. De esta gran expedición científica queremos hablarte hoy.

El batiscafo Trieste, un hito de la tecnología submarina

En el año 1952, el profesor suizo Auguste Piccard inició la construcción de este batiscafo contando con el apoyo financiero de varios colaboradores en la ciudad de Trieste, en Italia. Este artefacto, lanzado al mar por primera vez al año siguiente, constaba de dos partes, una esfera de aleación metálica con paredes de 10 cm de grosor y capacidad para dos personas, y un tanque superior con capacidad para 106 metros cúbicos de gasolina, carburante este que tenía una función de flotabilidad y no de combustible. Esta parte también tenía un lastre de bolitas de hierro de entre 9 y 16 toneladas, que eran expulsadas en las maniobras de ascenso.

El batiscafo Trieste realizó hasta 48 inmersiones hasta que en el año 1957, atraído por sus éxitos, fue adquirido por el Laboratorio de Electrónica Naval de los EE.UU. Esta institución llevó al batiscafo al límite de sus capacidades, y realizándole algunos cambios como el reemplazo de su esfera de presión, lo hizo la pieza fundamental del “Proyecto Nekton”, con el que llevó a cabo siete inmersiones profundas, incluida la proeza del 23 de enero de 1960.

Descenso al Abismo Challenger

Ese día, a unos 338 km de las islas Guam y capitaneado por Jacques Piccard, hijo de su diseñador, y el tripulante Don Walsh, el batiscafo Trieste se internó en las misteriosas aguas de la Fosa de las Marianas con el objetivo de llegar al desconocido Abismo Challenger, a casi 11 km de profundidad.

Los tripulantes sabían el riesgo al que se exponían, el más mínimo fallo, un pequeño rasguño en uno de los ojos de buey (el punto más débil del Trieste) o en cualquier otra estructura podría ser fatal, ya que a esas profundidades la presión de miles de toneladas podría acabar con sus vidas en pocos segundos.

Así, el batiscafo comenzó su descenso superando lentamente las zonas epipelágica y mesopelágica del océano, donde incide la luz solar y se desarrolla la mayor parte de la vida, aproximadamente hasta los 200 metros de profundidad. A partir de ahí cada vez la oscuridad era más notable, en lo que se adentraban en la región batipelágica y luego en la abisopelágica, ya a unos 6000 metros bajo el nivel del mar.

Durante este trayecto ocurrieron la mayoría de los encuentros cara a cara con las criaturas más extrañas que el hombre había contemplado, seres con grandes bocas, bioluminiscentes, de morfologías únicas, etc. La zona hadopelágica, la más profunda y oscura del océano, los acompañó los próximos cuatro kilómetros, hasta alcanzar el histórico punto de los 10 991,84 metros de profundidad en el Abismo Challenger, donde permanecieron unos 30 minutos luego de un arriesgado descenso que duró alrededor de 4 horas.

Durante toda la inmersión se realizaron anotaciones y mediciones pioneras para las ciencias biológicas y la tecnología submarina, abriendo puertas hacia el conocimiento que permitieron en el futuro dar pasos agigantados hacia la exploración de estas regiones, probablemente las más hostiles al hombre sobre la Tierra.

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