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Los refugiados guatemaltecos que se esconden en una iglesia de Austin pa...

Hilda Ramírez y su hijo.

Los refugiados guatemaltecos que se esconden en una iglesia de Austin para no ser deportados

Los refugiados guatemaltecos que se esconden en una iglesia de Austin para no ser deportados

Hilda Ramírez y su hijo de 10 años llevan meses durmiendo en un aula de la Iglesia Presbiteriana de St. Andrews.

Hilda Ramírez y su hijo.
Hilda Ramírez y su hijo.

Por Casey Tolan, Fusion

AUSTIN, Texas.- Hilda Ramírez pasa todo el día, día tras día, dentro de la Iglesia Presbiteriana de St. Andrews. Camina por sus pasillos de azulejos de linóleo, lee y arma rompecabezas, y asiste al servicio dominical que se celebra en un idioma que no entiende.

Si se aventura a dar un paso más allá de estas paredes, podría ser detenida y deportada.

Durante los últimos tres meses, Ramírez y su hijo de 10 años de edad, Iván, refugiados guatemaltecos, han estado viviendo en una habitación en la iglesia para evitar la deportación. Son parte de un movimiento más amplio que abarca todo el país y que ayuda a los refugiados centroamericanos y a los inmigrantes indocumentados a refugiarse en iglesias, donde usualmente no van los funcionarios de la Agencia de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés).

Madre e hijo salieron de San Marcos, Guatemala, hace dos años, huyendo de la violencia doméstica. Después de cruzar hacia Estados Unidos, pasaron 11 meses en un centro de detención en el sur de Texas antes de que se les concediera la liberación supervisada. Se refugiaron en St. Andrews, una pequeña iglesia en el norte de Austin, después de que las autoridades empezaron a hacer redadas en los barrios de todo el país para deportar a los migrantes centroamericanos a principios de este año.

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Ambos viven en una antigua oficina y aula convertida en un pequeño dormitorio. Ramírez, una mujer de baja estatura con una sonrisa brillante, me dio un recorrido por su alojamiento hace un par de semanas. "Es un desastre", dijo riéndose, aunque en realidad estaba bastante limpio, aparte de un rompecabezas de un océano a medio resolver esparcido sobre una mesa. Hilda e Iván duermen en literas; él duerme en la parte superior con casi una docena de animales de peluche. En la pared hay un retrato rasgado de Iván—el único recuerdo que Ramírez aún conserva de Guatemala.

Hilda Ramírez.
Hilda Ramírez.


Como norma, ICE no suele detener a los inmigrantes en los lugares de culto y otros lugares "delicados", como escuelas y hospitales. Según un memorando publicado en 2011, los arrestos o registros sólo se permiten en lugares delicados si hay "necesidad inmediata de acciones coercitivas," como en el caso de un peligroso delincuente prófugo.

En los últimos dos años, las iglesias de todo el país han aprovechado esta política para albergar a los inmigrantes indocumentados y a los refugiados centroamericanos que enfrentan la deportación. El Movimiento Santuario, una red de grupos de defensa, ha organizado la acogida por parte de 13 iglesias de 16 inmigrantes desde mayo de 2014. Es una respuesta popular a las crecientes cifras de deportados durante la presidencia de Obama, quien ha deportado más inmigrantes que cualquier otro presidente.

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Hasta el momento, 13 de los inmigrantes que se han refugiado en iglesias ganaron sus casos y se les permitió permanecer en Estados Unidos. Además de Ramírez y su hijo, un inmigrante mexicano indocumentado se encuentra actualmente refugiado en una iglesia de Chicago. (Noel Anderson, reverendo y activista de la Red Santuario, dijo que también hay actualmente al menos uno o dos casos de refugiados que aún no salen a la luz pública, y que puede haber otros inmigrantes que hayan buscado refugio de forma ajena al movimiento.)

La idea de utilizar las iglesias como lugares de refugio se remonta a la Europa del siglo XI, cuando la llamada "Paz y Tregua de Dios" le dio a los criminales prófugos protección legal, siempre y cuando permanecieran en las iglesias. En la década de 1980, una primera oleada de refugiados centroamericanos también recibió refugio en las iglesias de Estados Unidos.

Hilda, de 28 años, e Iván huyeron de Guatemala hace dos años. Los padres de su marido la golpeaban brutalmente, dijo, y ella sufría de discriminación por ser una mujer indígena. "La vida en Guatemala es un poco triste para la gente como nosotros", dijo. "En mi ciudad, no había una ley para una mujer que ha sido maltratada o golpeada, y yo no podía decirle a nadie que me estaban golpeando."

Los dos llegaron a Estados Unidos en agosto de 2014, después de cruzar el Río Bravo en una balsa inflable, junto con 10 personas. Ella recuerda que casi inmediatamente los helicópteros comenzaron a sobrevolarlos. Madre e hijo fueron detenidos por las autoridades de inmigración y transferidos inmediatamente al centro de detención del condado de Karnes, al sureste de San Antonio.

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Los pusieron en celdas tan frías que "casi parecían refrigeradores," dijo. Las madres y sus hijos vivían juntos en un gran espacio, y, según Ramírez, nunca recibieron suficiente comida o atención médica.

"Pensé que me iban a ayudar a mí y a mi hijo", dijo. "Yo no soy una delincuente".

Iván a menudo se enfermaba, vomitaba y sufría de hemorragias nasales. "A veces, en la comida, en los frijoles, encontrábamos pequeños insectos que eran del mismo color que los frijoles," recordó él. "Teníamos mucha hambre."

La Iglesia Presbiteriana de St. Andrews.
La Iglesia Presbiteriana de St. Andrews.


Durante su detención, Ramírez solicitó asilo para ella y su hijo, alegando que enfrentaba violencia doméstica. Pero el idioma era una gran barrera. Ramírez, quien es miembro del grupo indígena mam y creció hablando mam, dijo que sus padres nunca le permitieron asistir a la escuela en Guatemala. Ni siquiera hablaba mucho español hasta que llegó a Estados Unidos, a pesar de que después de 11 meses de detención, lo habla casi con total fluidez.

Al principio, la audiencia sobre la solicitud de asilo de Ramírez se realizó en inglés con un intérprete de español, lo cual no le fue útil a ella en ese momento. Más tarde, los funcionarios le buscaron un intérprete de mam—pero hablaba la versión incorrecta del idioma, el cual tiene nueve dialectos diferentes.

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Finalmente, después de 11 meses, ICE les permitió salir bajo liberación supervisada. Un vocero de ICE dijo que la solicitud de asilo de Ramírez fue denegada y que una última apelación había sido desestimada el 30 de abril del año pasado, pero que había sido puesta en libertad en julio porque la apelación de su hijo sí estaba avanzando en los tribunales. Ella aún usa un monitor de tobillo, por lo tanto ICE sabe exactamente dónde está.

Después de que fueron puestos en libertad, la familia pasó varios meses en un refugio en Austin para inmigrantes sin hogar. Pero cuando los funcionarios de inmigración anunciaron a finales de diciembre que los migrantes centroamericanos que habían recibido la orden de abandonar el país por parte de un juez serían detenidos y deportados en una serie de redadas, Ramírez se preocupó. "Me dio mucho miedo de que la policía de inmigración viniera a tocar a la puerta y entrar, y llevarme", dijo. "Yo no quería irme."

Los activistas la ayudaron a ella y a su hijo refugiarse en St. Andrews, una iglesia de baja altura en los suburbios del norte de la ciudad con un pulcro campanario de azulejos. Su abogado le ha dicho que, si se mantiene dentro, estará a salvo de la deportación—pero ICE no siempre ha seguido su política de "lugares delicados". En febrero, los funcionarios consiguieron que un inmigrante indocumentado saliera de una iglesia de Chicago enviándole textos que decían ser de su primo.

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Jim Rigby, el pastor de St. Andrews, dijo que fue una decisión fácil para él albergar a Hilda e Iván. Aunque la mayor parte de su congregación no es latina o inmigrante, dijo que opinaba que las instituciones religiosas tenían la responsabilidad de luchar por la justicia social incluso más allá de sus comunidades aledañas.

"Yo espero que cualqiera que se considere una persona de fe se de cuenta de que tenemos una obligación que trasciende las leyes," dijo. "Si la religión no va más allá de las fronteras, entonces es inútil."

Después de un servicio hace unas semanas, la congregación tuvo una práctica de lo que harían si los agentes de ICE se presentaran en la iglesia. Los feligreses se acercaron y rodearon a Hilda e Iván, creando un masivo escudo humano. Otros trabaron sus brazos frente a las puertas delanteras. "Básicamente, toda la iglesia se ofreció," dijo Rigby.

Feligreses rodean a Ramírez y su hijo.
Feligreses rodean a Ramírez y su hijo.


La congregación hace la comida para sus huéspedes, apilando los envases tupperware en la habitación de Ramírez. También donan ropa, medicinas, y otros regalos, como una tableta que le regalaron a Iván en su décimo cumpleaños a principios del mes pasado. "Me gusta vivir aquí," dijo con una sonrisa mientras pasaba algunas aplicaciones.

Iván, que está en segundo grado, va a un colegio bilingüe, donde está aprendiendo inglés y español. (Un abogado les ha dicho que es seguro que él salga de la iglesia para ir a la escuela, pero que tiene que ir directamente hacia la escuela, y regresar directamente de ella—por lo tanto, no puede haber práctica de fútbol.)

Aunque Ramírez dice que su vida ahora es mucho mejor que durante el tiempo que pasó en el centro de detención, ella aún desea salir. El único lugar a donde puede salir con seguridad es un triste y olvidado sitio de juegos infantiles junto a la iglesia, rodeado por una valla de tela metálica. Los coches pasan velozmente por una amplia carretera cercana. "Yo estaba encerrada, y ahora estoy encerrada de nuevo", dijo. "Aunque es distinto, se siente igual."

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Ella espera que ICE le conceda la suspensión de la deportación. Hasta entonces, ella e Iván se mantendrán dentro de las paredes de la iglesia.

"Todo lo que queremos es un futuro mejor para nuestros hijos", dijo Ramírez sobre ella y sus compañeros migrantes centroamericanos. "No venimos aquí a hacerle daño a este país. No tienen que deportar a nadie."

Esta nota fue publicada originalmente en inglés en Fusion.

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