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La increíble historia del Stradivarius de Joshua Bell logo-noticias.6bcb...

Joshua Bell posa con su violín Stradivarius para el fotógrafo Timothy White.

La increíble historia del Stradivarius de Joshua Bell

La increíble historia del Stradivarius de Joshua Bell

Se llama Gibson ex Huberman. Fue construido en 1713 y robado dos veces en su historia. Hoy está en manos del violinista.

Joshua Bell posa con su violín Stradivarius para el fotógrafo Timothy Wh...
Joshua Bell posa con su violín Stradivarius para el fotógrafo Timothy White.

“Hay un secreto”. “Tienen algo especial”. “Son obras de arte”. “Piezas únicas. Como la Mona Lisa”. Únicos, diferentes, magníficos, los Stradivarius son instrumentos musicales que han sabido llegar a la cumbre de las maravillas de la mano de un genio de la laudería. Valuados en millones de dólares son el sueño de miles de músicos. Uno de ellos, Joshua Bell. El fantástico violinista estadounidense es uno de los pocos en el mundo que ha podido darse el lujo de comprar un Stradivarius.

“Hay algo acerca de (el lutier Antonio) Stradivari o los grandes violines italianos hechos hace 250, 300 o 400 años. Hay un secreto, algo en la química de la madera, del barniz, en la artesanía que hace que estos violines tengan esta calidad de sonido, más especial y compleja y que no podamos recrearlos. Le da al violinista más oportunidades en sonidos, en colorido y una mejor expresión artística”, explica Joshua Bell, dueño del “Gibson ex Huberman” como se conoce a su violín por el que pagó unos 4 millones de dólares. Hoy, expertos en obras de arte calculan que podría valer hasta 15 millones.

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Esta verdadera obra de arte, que apenas mide 13.77 pulgadas (34.5 cm) de alto, es una de las piezas más preciadas que logró Stradivari, un lutier italiano que vivió entre 1644 y 1737.

Para Pablo Alfaro, un destacado lutier mexicano y violinista, son “piezas únicas. Como la Mona Lisa. Hay una cantidad limitada y por eso son tan valiosos y buscados. Hay como una moda también”, le dice a UnivisionNoticias.com.

El violín, construido en 1713, lleva en manos de Bell 13 años. El violinista lo vigila y lo cuida como si fuera su “bebé” ha dicho más de una vez. Es que esta pieza única tiene una historia de película.

“Ha habido momentos en los que enloquezco porque creo que lo he perdido”, reconoce Bell.

¿Qué los hace tan diferentes? “La mano del autor, el modo en que el instrumento fue tocado y la antigüedad de la madera es algo que no se puede reproducir”, explica Alfaro sobre porqué los músicos, como Julian Altman, deliran con estas piezas.

Una historia de película

Durante 50 años, Julian Altman se ganó la vida como violinista. A pesar de su empeño nunca logró brillar en Nueva York donde vivía. Entre 1930 y 1980 tocó para feligreses en iglesias, clubes y con orquestas menores, pero nunca para la crème de la crème. Tocaba con un viejo esmoquin y un violín teñido de negro que siempre olía a betún. Nunca lo había llevado a restauración ni a que lo afinaran. Nadie sabía dónde lo había comprado.

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Altman tocó con su violín hasta el final de sus días. En los 80 fue diagnosticado con cáncer de estómago. Internado en un hospital de Connecticut, este olvidado violinista se moría sin haber conocido la gloria. Llamó a su esposa, Marcelle Hall, y le pidió que buscara el violín que estaba en manos de un colega.

Marcelle lo recuperó y se lo llevó a su marido. Escondidos en el estuche, Altman guardaba como tesoros recortes de diarios de 1936 que reportaban el robo de un fabuloso Stradivarius. Marcelle no necesitó preguntarle nada a su esposo. El fantástico instrumento no era otro que el ennegrecido violín con el que había tocado por décadas el agonizante violinista.

Los recortes de periódicos del siglo pasado recordaban cómo Bronislaw Huberman, un eximio violinista polaco, había llegado desde Italia con un estuche doble y dos violines maravillosos en el siglo XVIII. Uno de ellos era el “Gibson”, llamado así -como muchos Stradivarius- en honor al primer dueño del instrumento, George Alfred Gibson, un destacado violinista Inglés.

El 28 de febrero de 1936, Huberman se presentó en el Carnegie Hall ante una audiencia encendida. Decidió tocar con un violín Guarnerius, otra verdadera obra de arte, y dejó su Stradivarius en su camerino sin imaginar jamás que esa sería la última vez que sabría de él.

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Altman logró escabullirse y meterse tras bastidores durante el concierto. Aconsejado por su madre, que había leído que Huberman viajaba siempre con sus famosos instrumentos, el violinista se convirtió en ladrón. Tomó el violín, lo escondió bajo su abrigo y salió sin que nadie lo notara.

Su madre estaba convencida de que Altman era un genio del violín y había intentado por años comprarle un instrumento que estuviera a la altura de su hijo, pero no lo había logrado. Cuando supo de la presentación de Huberman urdió el plan.

Por segunda vez, el Gibson era arrebatado de las manos de Huberman. Ya se lo habían sustraído de una habitación de un hotel en Viena en 1916, pero el instrumento había sido recuperado horas después.

Durante las casi cinco décadas que siguieron, Altman utilizó betún para camuflar al Gibson y que nadie notara que su violín era una de las piezas más buscadas de la historia. Huberman murió en 1947 y jamás supo qué pasó con su preciado instrumento.

Tras la muerte de Altman en 1985, Marcelle decidió presentarse ante las autoridades y contar lo que su esposo le había confesado. El instrumento era propiedad de la famosa aseguradora Lloyd de Londres, que había  indemnizado a Huberman con 30,000 dólares por su pérdida. A esa altura, el Stradivarius estaba valuado en 1.1 millones.

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Marcelle decidió devolver el violín a la aseguradora, que le pagó 263,000 dólares en concepto de comisión por haber hallado al “Strad”, como se los llama.

Renacimiento

J&A Beare, especialistas en restauración, tardaron nueve meses en retirarle el betún de zapatos con el que Altman había tratado de camuflar el violín, según cuenta David J. Krajicek en un artículo publicado en el New York Daily News. Un trabajo de hormiga para evitar que se saltara el barniz original.

Al final, el color rojizo del arce y los tonos del ébano, las maderas con que fue confeccionado, resurgieron y el violín recuperaba su esplendor. Norbert Brainin, un famoso violinista Inglés, adquirió el instrumento y el violín recuperó la gloria.

En 2001, Brainin puso en venta el Strad. Estaba a punto de terminar como pieza de museo cuando Joshua Bell se topó con él en una tienda especializada. En aquel entonces, el violinista de Indiana tenía en sus manos el “Tom Taylor”, otro fantástico Stradivarius de 1732. Lo vendió por dos millones de dólares y pidió el resto del dinero prestado para hacerse con el Gibson.  “Es un instrumento maravilloso y está siempre conmigo”, cuenta Bell.

Stradivari confeccionó poco más de mil instrumentos de cuerda hasta que murió en 1737. Unos 540 violines, 50 violonchelos y 12 violas lo han sobrevivido hasta hoy.  The Art Loss Register de Londres, la base de datos más grande de obras de arte robadas, tenía a comienzo de este año en sus registros unos 4,000 instrumentos desaparcidos. Se calcula que una veintena de ellos son Stradivarius.

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