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Mariano Rajoy

Ignacio Escolar: España y la crisis de los cuarenta

Ignacio Escolar: España y la crisis de los cuarenta

Para el periodista Ignacio Escolar, gane quien gane las elecciones de este domingo en España, "hay muchas cosas que van a cambiar para siempre".

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy


Por Ignacio Escolar @iescolar *

La pregunta que más me repiten estos días es bastante obvia: “¿Quién crees que va a ser el próximo presidente del Gobierno español?” Soy periodista, fundador y director de eldiario.es, uno de los periódicos digitales más leídos en España. Participo habitualmente como analista político en radio y televisión. Hablo a diario con los candidatos, con sus asesores, con los ‘spin doctors' de los partidos… También con la media docena de sociólogos que, hasta el último minuto, están realizando encuestas, unos datos secretos porque en España la ley prohíbe publicar estos sondeos durante la ultima semana de campaña.

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Creo que tengo bastante información, tanta como tienen las mejores fuentes periodísticas con las que hoy en España se puede hablar. Pero cuando me preguntan quién va a ganar este domingo, mi primera respuesta es que no lo sé: no sé quién será el próximo presidente de mi país. Lo que sí tengo claro que, pase lo que pase en las urnas, gobierne quien gobierne, hay muchas cosas que van a cambiar para siempre.

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Las elecciones de este domingo en España no van a ser otra votación más. Por primera vez en casi cuatro décadas de democracia, no se resolverán entre dos partidos: uno conservador y otro progresista, el PP y el PSOE; los equivalentes españoles al Partido Republicano y el Partido Demócrata.

¿Qué votan en España? /Medio Tiempo


En el Parlamento español siempre ha habido otros partidos pequeños, pero los dos grandes se solían llevar el 80% de los votos y, gracias a la ley electoral, un porcentaje de escaños aún mayor. Esta vez no será así: dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, van a romper esta situación.

Podemos es el equivalente español a la Syriza griega de Alexis Tsipras: un partido de izquierda, crítico con los socialdemócratas europeos a los que acusa de ceder frente al poder económico, que se inspira en la izquierda latinoamericana revolucionaria de Venezuela, Bolivia o Ecuador.

Ciudadanos, por su parte, es un partido liberal que nació en Cataluña como una alternativa centralista al nacionalismo catalán y que en el último año ha dado el salto al resto de España como un “Podemos de derechas”, como la reforma sin ruptura.

Pablo Iglesias, el líder de Podemos, rodeado de parte de su equipo.
Pablo Iglesias, el líder de Podemos, rodeado de parte de su equipo.


Ambos partidos entrarán con fuerza en el Parlamento y sin duda serán claves para decidir quién será el próximo presidente porque el sistema político español es parlamentario, no presidencialista. Es el Congreso quien elige al presidente y ningún partido conseguirá la mayoría suficiente como para investir a su candidato en solitario. Tendrán que pactar.

El domingo, cuando termine el recuento, lo más probable es que los españoles nos vayamos a la cama sin saber muy bien quién será el presidente para los próximos cuatro años. Será la primera vez que algo así suceda, y es posible que tardemos al menos un mes o dos en salir de dudas porque ni una sola de las muchas y contradictorias encuestas electorales que se han publicado dejan un ganador en solitario, que pueda llegar a la presidencia sin pasar por una compleja negociación donde lo viejo y lo nuevo tendrán que pactar.

Albert Rivera celebra con parte de su equipo de Ciudadanos en el cierre...
Albert Rivera celebra con parte de su equipo de Ciudadanos en el cierre de campaña.


Podemos y Ciudadanos son muy distintos pero tienen algunas cosas en común. Coinciden en la necesidad de reformas, en las durísimas críticas contra la corrupción política de los viejos partidos, en la defensa de una mayor transparencia y ejemplaridad en la vida política y también en la edad de sus votantes.

Los partidos nuevos arrasan en las grandes ciudades y entre los menores de 45 años. Los viejos partidos resisten en las pequeñas urbes y entre los mayores de 55 años. El PP, el partido hoy en el Gobierno y que es probable que siga siendo el más votado, solo es la primera fuerza política en las encuestas entre los que tienen más de 65 años. Más que una lucha de clases, es casi una lucha generacional.

Varias personas delante de un cartel de Pedro  Sánchez.
Varias personas delante de un cartel de Pedro Sánchez.


El domingo será una fecha difícil de olvidar. Al menos para mí, por más de un motivo: justo el día en el que se
celebran las elecciones cumplo cuarenta años. Nací el 20 de diciembre de 1975, un mes después de la muerte del dictador Franco. No tengo recuerdos de la transición desde la dictadura, ni tampoco del fallido golpe de Estado militar de 1981. Nunca viví ni con el miedo a que la democracia fuese otro paréntesis en la historia de España, ni bajo el pavor a otra guerra civil –tuvimos cuatro en solo un siglo–; unos fantasmas que marcaron a la generación de políticos y periodistas que protagonizaron esa transición.

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Aprendí a leer con El País –un periódico en papel que nació seis meses después que yo– y hace tres años fundé eldiario.es, un periódico digital que en apenas tres años, en mitad de la crisis, y con apenas recursos, ha logrado hacerse un hueco entre las principales cabeceras españolas por razones muy similares a las que explican por qué en España han nacido casi de la nada dos nuevos partidos que hoy aspiran a gobernar.

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Uno de las principales exclusivas periodísticas de eldiario.es es también uno de los casos de corrupción más simbólicos, que explica en gran medida el auge de las nuevos partidos: el escándalo de las tarjetas black. En eldiario.es descubrimos que Caja Madrid –una entidad financiera pública que después se fusionó con otras en Bankia, el banco que acabó quebrado y provocó el rescate español– había pagado durante años un sobresueldo ilegal a sus consejeros con una tarjeta de crédito “black”: una Visa que gastaban arbitrariamente y sin declarar impuestos.

El expresidente de Bankia Rodrigo Rato fue detenido varias horas por el...
El expresidente de Bankia Rodrigo Rato fue detenido varias horas por el caso de las tarjetas black.


Era un sobresueldo en dinero negro que disfrutaban políticos del PSOE, del PP, sindicalistas, la patronal… 78 consejeros en representación de todos los estamentos del viejo régimen que durante años se pusieron de acuerdo en algo: en guardar silencio sobre los pagos en negro de los que todos ellos disfrutaban.

Las tarjetas black malversaron apenas 15 millones de euros: muy poco, comparado con la quiebra de Bankia, que necesitó 30.000 millones de euros del dinero público y provocó el rescate financiero español. Pero el agujero que dejaron esas tarjetas black en la confianza de los españoles en las instituciones políticas es tan profundo que en euros es difícil de medir.

Estas elecciones van a ser las primeras donde tres de los cuatro principales candidatos –todos menos el actual presidente, Mariano Rajoy– forman parte de mi generación. Tienen entre 36 y 43 años. Como yo, crecieron en democracia, con España ya dentro de la Unión Europea. Los tres coinciden en que hay que cambiar la Constitución: una carta magna que apenas se ha modificado en casi cuatro décadas y que ha sido sacralizada por los políticos que hasta ahora han gobernado el país.

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Que dos nuevos partidos que ahora no están siquiera en el Congreso hoy peleen por la presidencia –y vayan a ser, incluso si pierden, determinantes en el futuro del país– es algo que hace muy poco nadie hubiese podido pronosticar. Es la consecuencia de unos años que en España han sido cualquier cosa menos predecibles.

Una niña con un cartel en un acto electoral.
Una niña con un cartel en un acto electoral.


La brutal crisis económica que empezó en todo el mundo en septiembre de 2008 –con la caída de Lehman Brothers, pero que en España, por la posterior crisis del euro, hace apenas un año que dejamos atrás– no solo nos dejó un espectacular aumento de la desigualdad, una tasa de paro que aún supera el 20% y un desempleo juvenil récord en el mundo occidental (casi el 50%; otro dato que explica por qué los jóvenes españoles no votan a los viejos partidos). También ha desembocado en una crisis política e institucional que aún está por resolver.

Los efectos de esa crisis están a la vista y son variados. El terremoto en el parlamento español que se vivirá el 20 de diciembre será solo una consecuencia más. Antes hemos visto las plazas llenarse de jóvenes que gritaban a los políticos que “no nos representan” durante el 15M, la primavera española de los indignados en 2011.

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O la abdicación del rey Juan Carlos I: el símbolo y uno de los principales protagonistas de la España de la Transición, que abandonó la jefatura del Estado en el peor momento de su imagen pública, arrinconado por sus errores políticos y los escándalos de corrupción que rodean a su propia familia. O la reciente llegada al gobierno municipal de las dos principales ciudades del país, Madrid y Barcelona, de dos alcaldesas respaldadas por Podemos y distintos movimientos sociales que hace apenas un año parecía impensable que pudiesen ganar. O el empuje del independentismo en Cataluña, que ha pasado de ser una opción minoritaria a estar respaldado por cerca del 48% de los votantes y la mayoría de los diputados del parlamento catalán.

Figuras de arcilla de los cuatro principales candidatos.
Figuras de arcilla de los cuatro principales candidatos.


El domingo puede pasar cualquier cosa. También que el triunfador de la noche electoral acabe siendo Mariano Rajoy, el actual presidente; el único de todos los candidatos con casi 60 años y que apuesta porque nada cambie y que todo siga igual. Pero incluso si eso sucede, es dudoso que el inmovilismo pueda perdurar. No solo porque Rajoy, sin mayoría absoluta, tendría que pactar con otros partidos que le empujarían a hacer cambios, sino también porque hay ideas que hasta ahora estaban fuera de la muralla, fuera de los consensos que durante 40 años gobernaron España, pero que hoy empiezan a ser mayoritarias, incluso entre los votantes más conservadores que, por otros motivos, seguirán respaldando a Rajoy.

No va a seguir, no debería seguir, esa dominio casi absoluto de los principales partidos políticos sobre todas las instituciones: desde la manipulada televisión pública hasta el intervenido poder judicial.

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Tampoco va a ser tolerable que los políticos se nieguen a dar ruedas de prensa a los periodistas o a conceder entrevistas difíciles. O que utilicen los presupuestos públicos de publicidad de forma arbitraria para controlar a los medios de comunicación. O que el presidente del Gobierno –como sucedió en esta legislatura con Mariano Rajoy– comparezca ante los periodistas en la sala de prensa de su partido a través de una televisión de plasma: con un discurso en vídeo desde otra sala para no tener que someterse después a las preguntas sobre los escándalos de corrupción y pagos en dinero negro que le señalaban directamente a él. Un televisor de plasma que después la investigación judicial descubrió que había sido pagado por esa caja B que el presidente negaba.

Uno de los gritos más repetidos por los indignados del 15-M era “lo llaman democracia y no lo es”. Como muchas consignas políticas, la frase encierra al mismo tiempo una exageración y una verdad. Los primeros 40 años y un mes desde la muerte de Franco han dejado en España un balance claramente positivo; con todos sus defectos, ese modelo político transformó un país atrasado –que salía de una dictadura, de cuatro guerras civiles y de un siglo XIX para olvidar– en uno de los Estados más prósperos del mundo. Pero la durísima crisis económica de los últimos seis años ha sido como esa sequía que deseca un embalse y deja ver la basura que se escondía en el fondo, bajo el agua de la aparente tranquilidad.

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La corrupción siempre indigna, pero, cuando el desempleo deja a casi la mitad de los jóvenes sin posibilidades de trabajar y empuja a gran parte de ellos a salir del país, se convierte en algo intolerable. No es que sea la causa de los problemas del país, pero es fácil hacer la relación: mientras unos disfrutan de tarjetas black, otros están condenados al paro, a un empleo precario o a emigrar.

Las transformaciones que hoy piden la mayoría de los españoles, especialmente los de mi generación, no exigen otra cosa que una democracia mejor: más transparente, más justa, más solidaria, y más exigente con sus representantes públicos.

Soy optimista, tal vez porque este domingo votaré con mis 40 años recién cumplidos, ese momento vital que se asocia con la entrada definitiva en la madurez, pero también con la reivindicación –o la crisis– de la irresponsabilidad de la juventud. Son tiempos de incertidumbre. Pero, pase lo que pase en las urnas, hay errores que, a esta edad, espero que no volvamos a repetir.

* Ignacio Escolar es director de eldiario.es, analista político y escritor. Más en http://escolar.net/about

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