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Catalina Ruiz-Navarro
Opinión

Columnista semanal de El Espectador y El Heraldo en Colombia y de Sin Embargo en México. Coconductora de (e)stereotipas (Estereotipas.com). Estudió Artes Visuales y Filosofía y tiene una maestría en Literatura; ejerce estas disciplinas como periodista.

Yo también fui víctima de un Harvey Weinstein

Yo también fui víctima de un Harvey Weinstein

A raíz del escándalo de abusos sexuales del famosos productor de Hollywood Harvey Weinstein, nuestra columnista Catalina Ruiz-Navarro cuenta en primera persona una experiencia que le marcó la vida, cuando un profesor universitario trató de seducirla aprovechando su posición de poder.

Cuando tenía 19 años tuve un profesor que se interesó mucho por mi trabajo. Me decía que era muy buena pintora (yo estudiaba artes plásticas) y que era una gran mujer. Recuerdo que un día me dijo que me imaginaba como una chica increíble y exitosa cuando tuviera treinta, y esto me emocionó, entre que no estaba acostumbrada a una relación así y que tenía un novio que parecía dedicado a minar mi autoestima, me pareció que el tipo era como esa figura paterna que nunca tuve. De verdad le tenía muchísimo aprecio, le contaba mis problemas, confiaba en su criterio.

Un día me dijo que nos fuéramos de fiesta. A mí me encanta y me encantaba irme de fiesta y las oportunidades eran pocas porque al susodicho novio no le gustaba bailar. Además, en Artes era normal irse de fiesta con los profesores, de hecho, a mi me consideraban anticuada y aburrida por no socializar. El profesor tenía una novia, su exalumna, y yo me imaginé que eso de la fiesta era en grupo. Mi novio no quiso acompañarme porque “le dio pereza”.

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El tipo estaba en bata


Cuando llegué a la casa del profesor descubrí que la salida no era en grupo. El tipo estaba en bata, oyendo Orishas y tomando shots de ron. Yo me dije a mi misma “seguro está por cambiarse, muchas veces he recibido a amigos míos en mi casa en bata, mientras me arreglo, y no tiene nada de malo”. El tipo se cambió y nos fuimos a un bar de salsa en Bogotá, en el centro, que se llama o llamaba Quiebracanto. Un clásico. En el bar, después de pedir una cerveza, el profesor me dijo “ya conozco a la Catalina del día, quiero conocer a la Catalina de la noche”. Yo era muy joven y no sabía nada de la vida, sentí un sudor frío como un asco, recorriéndome el cuerpo. Pero a la vez era tan inocente que parecía Mister Magoo. Le dije, ¡pero si somos la misma! Sin embargo, el asco no se pasó y yo dije que me había torcido un pie y me fui a mi casa donde me esperaba el novio dormido. Al día siguiente, durante una grabación de una amiga que estudiaba audiovisual en donde yo hacía de extra, me eché a llorar inexplicablemente cuando un compañero hizo un comentario sobre mi perra, que estaba un poquito enferma. Yo no pude entender que en realidad lloraba porque había estado tan cerca del acoso. Y sentía una cosa horrible: su interés por mí nada tenía que ver con mi talento. Yo era carne fresca. Eso y nada más.

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Sobra decir que luego me tiré la materia. En el examen final los jurados dijeron que mi obra estaba “desbordada” (porque el profesor, que estaba en plan de caerme, nunca hizo su trabajo de delimitar) y é le dijo a esos jurados que era por “mi temperamento”. Ya ven, soy de esas yeguas que no hacen caso. A eso siguió una depresión que duró meses, terminar con el novio bueno para nada y seguir viviendo, eso sí, dedicándome a algo que no fueran las artes plásticas. Y así terminé en el periodismo.

Nótese que hoy, 15 años después, ni siquiera me atrevo a denunciar su nombre: no tengo pruebas, quién me va a creer, tomé otro camino, qué importa. Y eso que yo soy, hoy, la feminista, la empoderada.

Pero el recuerdo volvió a mí con toda vitalidad al leer todas las historias sobre los abusos de Harvey Weinstein. Y me duele profundamente porque entiendo a todas esas mujeres que se sintieron indefensas, que callaron por vergüenza, que sintieron que si no se lo daban al man no podrían tener trabajo y las borrarían profesionalmente de la faz de la tierra. No es lo mismo, pero también, siempre es lo mismo. Ahí están esos hombres con poder, ahí estamos nosotras indefensas pero ambiciosas, pensando que es nuestra culpa precisamente por ser ambiciosas, y querer una carrera, y dejar una huella en el mundo, y realizarnos profesionalmente y más. Los hombres, en cambio no tienen que vérselas con pagar esos precios.

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Rabia y culpa


Y me da mucha rabia, porque ocurre en todos los campos. Tengo historias incontables de líderes en derechos humanos que acosaron a sus pasantes de la oficina como si fuera un rito de pasaje. De periodistas que se me han insinuado. De un viejo verde amigo de un amigo de mi mamá que cuando yo tenía 14 años quiso darme “clases de teatro” y luego de decirme que había 6 emociones básicas concluyo que comenzaríamos la clase por “el beso”, porque las actrices debíamos dar “besos convincentes”.

Lo peor del cuento es que mientras más empoderada se cree uno más culpa siente. Pero ahí están, Gweneth Paltrow, Angelina Jolie, Mira Sorvino, unas viejas verracas, aspiracionales, hermosas, llenas de poder, en la misma situación que yo y tantas hemos estado tantas veces. Me duele porque sé que la mayoría de las historias se callan, y porque parece que a veces, solo por ser mujer, no te ven como una persona sino como un pedazo de carne. Me duele porque sé que el silencio se debe a que muchas no pueden hablar, por muy buenas razones, empezando por el miedo al desprestigio y al fracaso profesional. Imagínense, Bill Cosby necesito 50 testimonios de mujeres abusadas más su propia admisión de predador para que sus crímenes fueran tomados en serio.

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Quiero hacer con esta columna un pequeño pero poderoso compromiso: creerle a las mujeres que denuncian el abuso y la violencia. No puedo exigirles que hablen, pero comprometerle a creerles es una manera de ayudar a que no se queden calladas. Y así, quizás, con la fe de cada una de nosotras, se romperá el silencio cómplice de los hombres tanto agresores, como espectadores, como animadores al abuso, y podremos ser profesionales, antes que pedazos de carne ofrecidos para el mejor postor.

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Sigue a Catalina Ruiz Navarro en Twitter: @Catalinapordios

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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