El tataratatarabuelo de Nicholas Natividad, Juan Velarde, nació en una tierra que, a lo largo de su vida, sería reclamada por cuatro naciones diferentes.
Cuando las fronteras traspasan la cultura, una historia de El Paso
Los residentes de la frontera, en El Paso, Texas, han sabido cómo moverse entre culturas, fronteras y países. Para ellos el pasado merece ser recordado y preservado
En lo que hoy es el desierto del Suroeste, Velarde nació entre los vestigios del imperio español y vivió bajo las banderas de México y Texas; brevemente, la de la Confederación, aunque su familia se oponía a ella; y finalmente, bajo las barras y estrellas de los Estados Unidos de América.
Mientras Estados Unidos celebra su 250 aniversario, el viaje de la frontera hasta su ubicación actual es la historia del nacimiento de una nación que absorbió a tribus nativas americanas, descendientes españoles y ciudadanos mexicanos en su insaciable apetito de crecimiento. También es la historia de un pueblo cuya resiliencia —y silenciosa resistencia— mantuvo vivos sus idiomas, ceremonias y tradiciones.
"Con cada cambio en la frontera ha venido un cambio en la conciencia", señaló Natividad, quien enseña justicia penal y estudios fronterizos en la Universidad Estatal de Nuevo México en Las Cruces. "La forma en que nos relacionamos con la comida, con las montañas, con el río, entre nosotros".
Seis generaciones después, Natividad todavía vive donde lo hicieron sus antepasados: en la región del Paso del Norte, un paisaje de montañas escarpadas rodeado por un valle desértico alto que se tiñe de verde por donde corre el Río Grande (Río Bravo). Habla español e inglés y se identifica como mexicoamericano.
Su árbol genealógico se ramifica sobre una región que ahora abarca el sur de Nuevo México, el oeste de Texas y México. La frontera cambió de manos y se movió aquí al menos cuatro veces en el siglo XIX y una quinta vez en el siglo XX, arrastrada hacia el sur por guerras y tratados, conversaciones de paz y compras de territorio.
La línea que ahora se conoce como la frontera entre EE. UU. y México atravesó el continente americano como un pionero obstinado. El tataratatarabuelo de Natividad se adaptó y también lo hicieron sus descendientes, resistiendo cada nuevo intento de borrar su idioma, cultura o tradiciones.
"El trauma por el que pasó", comentó Natividad, "siempre me pregunto si ese trauma está profundamente arraigado en nuestro ADN".
Mapeando la conquista
En el archivo del cuarto piso de la Biblioteca Branson de la Universidad Estatal de Nuevo México, Dennis Daily extrae un delicado mapa del siglo XIX de su funda de plástico.
Las colecciones especiales del archivo incluyen mapas de cartógrafos franceses, holandeses, españoles y americanos. Daily se inclina sobre un mapa en blanco y negro titulado en español: "Mapa de los Estados Unidos de Méjico", en referencia al país conocido entonces por ese nombre. Fue publicado en 1847 por el influyente cartógrafo neoyorquino John Disturnell. Sus mapas, que más tarde demostraron ser inexactos, sirvieron de base para el tratado que expandió el territorio estadounidense en 525,000 millas cuadradas en 1848.
Daily explicó que adquirió los mapas por las historias culturales y políticas que cuentan. La colección de mapas de los siglos XVII, XVIII y XIX de la universidad, añadió, "nos permite ver cómo han ocurrido estos cambios a lo largo del tiempo y ver a la gente que estuvo aquí antes que España, antes que México, antes que los Estados Unidos".
Durante 300 años, España reclamó para sí la vasta región que hoy comprende el México moderno, Texas, Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada, Colorado y California, hasta que México ganó su independencia en 1821 tras una guerra de 11 años. Los extensos territorios del norte que llegaban hasta las Montañas Rocosas y más allá pasaron al control mexicano.
Después, Texas luchó contra México por su independencia, y durante una década a partir de 1836, la República de Texas izó su propia bandera de la Estrella Solitaria en el Paso del Norte, reclamando El Paso y parte del sur de Nuevo México.
Una oleada de batallas y acuerdos justo antes de la Guerra Civil estadounidense volvió a transformar el país.
En 1845, Estados Unidos se anexionó Texas. Al año siguiente estalló la guerra entre Estados Unidos y México. Terminó en 1848 con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, el acuerdo mediante el cual EE. UU. negoció una asombrosa expansión de su territorio hasta el Océano Pacífico; o, visto desde el lado sur, organizó un asombroso despojo.
"A pesar de tener 250 años como nación, esta región no tiene la misma fecha de nacimiento que los Estados Unidos", afirmó Ruben Leyva, un académico fronterizo Gila Apache que también trabaja en la Universidad Estatal de Nuevo México. "No miramos tanto a 1776 como el punto de partida de la identidad moderna de EE. UU. Miramos hacia la Intervención Estadounidense en México en 1848".
Ese período convulsivo, cuando el Suroeste fue forzado a integrarse a los Estados Unidos, está grabado en las memorias familiares.
Patriotismo estadounidense; raíces nativas, españolas y mexicanas
Una tarde de domingo a principios de mayo, grupos de bailarines en San Elizario, Texas, convirtieron la plaza del pueblo en el escenario para una recreación de 500 años de historia de las tierras fronterizas. Una capilla de adobe blanca como una paloma, construida donde alguna vez estuvo un fuerte español, se erguía imponente sobre ellos.
Los bailarines tigua del Pueblo de Ysleta del Sur realizaron una ceremonia de oración tradicional que se hacía antes de una cacería. Los hombres llevaban tocados de búfalo y pieles de nutria alrededor del cuello; las mujeres vestían chales con estampados de flores. Siguió otro grupo, bailando al estilo de cada potencia subsecuente: flamenco español con largos vestidos negros; ballet folclórico mexicano con coloridas faldas ondeantes; y el "two-step" tejano con jeans y botas.
Como estadounidenses, "creo que somos muy patriotas, pero nos mantuvimos fieles a nuestras raíces mexicanas, como nuestras tradiciones, nuestras fiestas, nuestra vestimenta, nuestra comida, el idioma", dijo Lillian Trujillo, nacida cerca de allí y criada en San Elizario, hablando en inglés y español.
No se recreó el derramamiento de sangre que acompañó a cada transición, ni los esfuerzos más silenciosos por borrar la cultura. Hasta hace muy poco, los niños en las escuelas públicas del oeste de Texas eran castigados, incluso golpeados, por hablar español; hoy en día, la educación bilingüe está floreciendo.
"Podemos celebrar la fundación", señaló Leyva, "pero al mismo tiempo también tenemos que entender... que es una historia de violencia, expulsión, cautiverio, guerra y desposesión como parte de esa historia".
La gente de la frontera guarda esa historia y se aferra a su identidad "como un legado vivo", afirmó.
San Elizario existió bajo al menos tres banderas diferentes. Fue fundado como un presidio, o fuerte español, a finales del siglo XVIII. Cuando cayó el imperio español, pasó a formar parte de México. En 1830, una enorme inundación cambió el curso del Río Grande, dejando a San Elizario al norte, no al sur, del río. De este modo, pasó a formar parte de los Estados Unidos después de la guerra entre México y Estados Unidos.
Como presidenta de la Sociedad Histórica y Genealógica de San Elizario, Trujillo pasó 10 años organizando los registros históricos de la capilla católica, digitalizando cada bautizo, matrimonio y defunción: 20,000 actas en total.
Ella administra un archivo, resguardado en el museo de la plaza, de cada familia con raíces en San Elizario. Docenas de carpetas blancas están organizadas por apellido, de la Alarcón a la Zuñiga.
"Cualquier cosa que nos traigan, la colocamos aquí", dijo, pasando las hojas de una carpeta. Se detuvo en una fotografía familiar en tono sepia.
"Oh, ese era mi abuelo", dijo, señalando a un hombre con el uniforme del ejército de EE. UU. durante la Primera Guerra Mundial. "Como dije, muy patriotas".
Marcando la línea fronteriza, paso a paso
Al amanecer y al anochecer, las montañas fronterizas del Paso del Norte forman una línea escarpada de color púrpura profundo en el horizonte, como una pintura a la acuarela.
Estas montañas aparecen en fotografías en blanco y negro de la década de 1890, cuando la recién creada Comisión de Límites de EE. UU. buscaba documentar la todavía reciente línea fronteriza del desierto ante la preocupación de que nadie sabía con certeza dónde se encontraba.
La línea estaba marcada entonces, como ahora, por obelisks (monolitos), 276 de ellos hoy en día, colocados prácticamente a la vista unos de otros desde El Paso hacia el oeste hasta el Océano Pacífico; un intento temprano de endurecer la línea en la arena. Hacia el este, el Río Grande marca el límite en su camino hacia el Golfo de México.
Estados Unidos tomó forma; las colonias se convirtieron en estados y sus fronteras cambiaron. El territorio de Luisiana se dividió en 15 estados modernos diferentes. Maine se separó de Massachusetts en 1820. Virginia y Virginia Occidental se dividieron en 1863. Pero en ninguna otra parte de la nación una línea fronteriza ha seguido capturando la imaginación política moderna —o avivando los temores estadounidenses— tanto como la frontera entre EEUU y México.
La última vez que se movió en la región del Paso del Norte fue en la década de 1960. Una pequeña isla se formó en medio del Río Grande entre El Paso y Ciudad Juárez, provocando una disputa entre las dos naciones sobre a quién pertenecía. El Tratado del Chamizal de 1963 redibujó la línea fronteriza. El presidente de EE. UU., Lyndon B. Johnson, se reunió con el de México, Adolfo López Mateos, en El Paso un año después para oficializar el acuerdo.
La línea fronteriza ha sido, por momentos, ignorada hasta el punto de la pobreza; calumniada como "insegura"; y parapetada por monumentos, agentes fronterizos, bolardos de acero y alambre de púas.
En marzo, contratistas del gobierno de EE. UU. dinamitaron la ladera sur de una de las montañas retratadas en el estudio de la década de 1890, el Monte Cristo Rey, para abrir paso al muro fronterizo.
Preservando la tradición indígena
Rudy Cruz Jr., miembro del Pueblo de Ysleta del Sur y alcalde de Socorro, Texas, se sabe la historia de su pueblo de memoria. Cómo se rebelaron contra los españoles en 1680 y fueron capturados en el Pueblo de Isleta del norte, cerca de lo que hoy es Albuquerque. Cómo fueron obligados a marchar 400 millas hacia el sur.
Hoy en día, los tigua son una nación soberana en Socorro, un caserío rural entre El Paso y San Elizario.
"¿Hemos mantenido nuestras ceremonias, tradiciones y danzas? Sí", afirmó, "pero hay una fuerte influencia española".
Muchos tiguas son católicos, explicó, pero mantienen una estricta separación entre la iglesia y la tradición. El pueblo conserva un tambor ceremonial original que tiene siglos de antigüedad, añadió; vino con su gente durante su marcha forzada hacia el sur.
"El tambor nunca entrará a una iglesia", aseguró Cruz.
Su padre nació en la reserva, una tierra bordeada por el Río Grande y hoy en día por un muro de acero de 30 pies de altura. Su madre era hispana, residente de Socorro de tercera generación con raíces mexicanas y españolas. Su esposa es de México y su hijo aprendió la lengua materna, el t'aiki, en el jardín de niños; la familia habla español e inglés en casa.
"Somos orgullosos estadounidenses y orgullosos texanos", dijo, pero también: "La mezcla se ha vuelto más fuerte entre México y mi ser indio americano", comentó. Le dice a su hijo: "Ellos tienen sus tradiciones y ceremonias; nosotros tenemos nuestras tradiciones y ceremonias".
Celebran ambas.
Cruzando la frontera de un lado a otro
Natividad guarda en su computadora un retrato de su abuela, Esperanza Almeida López Ochoa, ciudadana estadounidense por matrimonio. En la foto se le ve joven y bella, con labios rojos y el cabello oscuro recogido en los peinados "victory rolls" típicos de la década de 1940.
En el Paso natal de Natividad, la calle Ochoa lleva el nombre de sus antepasados, quienes cruzaban las fronteras a medida que se mudaban. Al crecer, él cruzaba la frontera hacia Ciudad Juárez con su madre y su abuela. Caminaban por el puente del Paso del Norte, que une los centros históricos de ambas ciudades.
Lo que aún hoy lleva grabado en la memoria es cómo los guardias fronterizos de EE. UU. trataban a su abuela, una ciudadana estadounidense, "interrogándola intensamente porque tenía acento".
Recuerda la cabeza fría de ella y su propio enojo. "¡Ella es estadounidense!", recuerda haber soltado, indignado. Recuerda que su madre le dijo que se calmara.
Hoy, con el lenguaje de un estudioso de los asuntos fronterizos, se pregunta cómo su tataratatarabuelo lidió con las cambiantes expectativas que cada nueva potencia imponía, las normas culturales y lingüísticas que tuvo que aprender o desaprender. Cómo él, su madre y su difunta abuela lidiaron también con la frontera moderna. Se pregunta cómo el trauma del pasado influye en el presente.
Pero también, añadió con orgullo, los residentes de la frontera saben cómo moverse entre culturas y cómo preservarlas.
Natividad citó de memoria a la difunta autora chicana Gloria Anzaldúa, una texana que escribió desde las tierras fronterizas: "Caminante, no hay puentes, se construyen al andar".
"Ella da a entender que los residentes de la frontera son expertos en construir puentes", concluyó. "Porque vemos la frontera de manera diferente".
*Este contenido fue traducido al español por N+ Univision.







